Una dedicatoria también puede cifrar misterios e indicios. Gabriel García Márquez recordaba que hacia 1965, cuando escribía Cien años de soledad en la casa que rentaba cerca de los antiguos estudios cinematográficos San Ángel Inn, “los mejores amigos se turnaban en grupos para visitarnos cada noche”. Entre ellos, “María Luisa Elío, con sus vértigos clarividentes, y Jomi García Ascot, su esposo, paralizado por su estupor poético, escuchaban mis relatos improvisados como señales cifradas de la Divina Providencia. Así que nunca tuve dudas, desde sus primeras visitas, para dedicarles el libro”.
Años antes, en 1961, Jomi García Ascot había dirigido el film En el balcón vacío, que procedía de escritos de María Luisa Elío; algunos publicados en la Revista de la Universidad y en México en la Cultura, que escribieron el guión con Emilio García Riera, para el que compraron una cámara Pathé-Webbo de 16 milímetros, con la que José María Torre consumó la imprescindible fotografía, y que se rodó en los domingos de casi un año. José de la Colina consideraba que se “se trata de una de esas raras obras cinematográficas que revelan una particular visión del mundo. La argumentista y el realizador han logrado su propósito: comunicarnos una experiencia íntima, transferirnos, además de ‘contarnos una historia’, una gama de sentimientos al parecer intransferibles”.
María Luisa Elío nació hace 100 años en Pamplona y, como muchos republicanos, tuvo que transterrarse en México en su huída de la Falange. Estudió actuación con Seki Sano y había interpretado al mensajero en La hija de Rappaccini, escrita por Octavio Paz a partir de un cuento de Nathaniel Hawthorne, que procedía de un viejo relato popular y dirigida por Héctor Mendoza en el segundo programa de Poesía en Voz Alta en el Teatro del Caballito, en lo que era el Distrito Federal, que se estrenó el 31 de julio de 1956. Quizá como el personaje que encarnaba, María Luisa Elío hubiera podido decir: “Lo que ya pasó está pasando aún”.
Como puede advertirse en un retrato al óleo de Juan Soriano, en En el balcón vacío, en fotografías, María Luisa Elío era una mujer de una belleza peculiar; tenía una mirada de ojos verdes inexorablemente atenta no sólo a lo que ocurría; como de iluminada. En una frase común podía deparar una revelación. Eliseo Alberto descubrió que importaba un oráculo hospitalario. Algo de ello puede advertirse en Cuaderno de apuntes, que publicó Ediciones del Equilibrista y el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes en 1995, que revela sus atisbos en estado puro y que conforman también esbozos inquietantes con un sentido del humor subrepticio, en el que se pregunta: “¿qué recuerdo que me hace recordar que no recuerdo?”
En 1988, Ediciones del Equilibrista publicó Tiempo de llorar, que Salvador Elizondo consideraba “la culminación y la conmemoración de un impulso obsesivo que con ser dominante en la personalidad de su autora es también uno de los temas reiterados de la literatura de occidente desde Homero hasta Joyce y no es por azar que estos dos nombres terminales se conjunten en el de un mismo héroe: Ulises que retorna”.
La Universidad Nacional Autónoma de México reeditó en 2022, en su colección Vindictas, Tiempo de llorar y otros relatos, que incluye un texto en el que se entrecruzan la historia íntima, familiar y el devenir de circunstancias que se consideran “históricas”: Voz de nadie. Sospecho que María Luisa Elío ha mantenido una ascendencia prodigiosa no sólo entre quienes la conocimos.
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