“Os habéis fijado en cómo las artes de hoy se mezclan con la ciencia y están en posibilidades de ser más actuales, más palpitantes y menos duraderas”, escribió Salvador Novo en “Radioconferencia sobre el radio” en 1925. “Tenéis la prueba en el cine y la fotografía. ¡Cuánto mejor llenan estas actividades el fin del arte, que no es otro que reproducir la naturaleza, cuánto mejor que una tardada escritura griega o egipcia o que un Giotto, un Piero della Francesca o una Monna Lisa! El arte de hoy se gasta con el uso porque tiene aplicaciones prácticas y ello produce la ventaja de su renovación constante, la abolición de los museos y de las investigaciones arqueológicas. Nos falta hoy tiempo. Nadie lo tiene para emprender pirámides en Egipto o en Teotihuacan. Y cuando al salir de la oficina nos viene el deseo de ver algo grandioso, entramos en el cine y la linterna mágica nos presenta palmeras y esfinges más razonables y en mejor estado que las genuinas. Allí, en el cine, se dan la mano el cooperativismo (los novios), el arte y la ciencia”.
Más de 10 años después, en 1938, advertía que en el radio imperaba “ya no la palabra, sino la voz” cuando “el radioescucha es un espectador auditivo a quien, en el acto de entender y escuchar su radio, podemos concebir como ciego y mudo. No puede entablar diálogos con el anunciador”. Infiere que “un ciego sólo tiene del mundo las imágenes que le confiere su oído. Y en ellas la palabra, hecha para describir lo visible, tiene mucho menor importancia que el simple sonido, que la voz o que el ruido, que la música. Si frente a él se menciona la palabra ‘iglesia’, el ciego no puede identificarla por sus torres o sus altares. Las notas de un órgano, el tañido dulce de unas campanas, servirán mejor a la evocación, en su espíritu, de lo que quiere describírsele. El ciego se halla en un estado de aguzada percepción auditiva, lista a vibrar ante el menor estímulo sin necesidad de palabras. Y el radioescucha es un ciego voluntario”.
En una de sus Charlas, Gilbert Keith Chesterton consideraba “un disparate” de la radiodifusión “transmitir espectáculos que, evidentemente, son creados para la vista y no para el oído. Cuando se anuncia: ‘se escuchará la botadura de un buque’, se me ocurre que lo mismo pudiera hablarse sobre la fragancia que exhala una famosa estatua, o acerca de comerse una sinfonía, o examinar un silencio con un microscopio”.
Ignoro los propósitos de los inventores del radio y no puedo adivinar si sospechaban el devenir de su invención, que no ha dejado de propiciar géneros como los anuncios, que deploraba Salvador Novo, aunque paradójicamente terminó ideando algunos de ellos, convertidos en musiquita, como las radionovelas melodramáticas y las historias infinitas de Porfirio Cadena, el Ojo de Vidrio. En una de sus evocaciones radiofónicas, Walter Benjamin se propuso mostrar las imágenes de marquetería de un armario antiguo “a través de la palabra”. Octavio Paz ensayó en Radio UNAM una antología de poesía francesa que acaba de ser publicada por El Equilibrista y la Universidad Veracruzana. Entre las mitologías de Juan Rulfo puede hallarse un programa de radio. Hay también una dramaturgia radiofónica como la de Cartas a mamá de Harold Pinter, que tradujo David Olguín y convirtió en teatro Rodrigo Johnson. Acaso semejante al cabaret alemán, en la emisora CYL, que cambió sus siglas a XEYZ, patrocinada por EL UNIVERSAL, El Guasón del Teclado jugaba con canciones sarcásticas acerca de la actualidad; se trataba de Francisco Gabilondo Soler antes de emprender esa creación radiofónica perdurable que es Cri-Cri, El Grillito Cantor. También Glenn Gould imaginó obras propiciadas y destinadas al radio...
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