La paz

Javier García-Galiano

Jünger sabía que “tienen un destino propio tanto las balas como los libros. Al parecer se considera paradójico que un guerrero hable de la paz”

Hacia 1944, entre algunos oficiales del Estado Mayor del ejército alemán destacado en París, circulaba clandestinamente un mecanuscrito sobre un asunto perturbador: la paz.

Lo había escrito el soldado alemán más condecorado en la Gran Guerra, que había estado en la Legión Extranjera francesa y había escrito libros acerca de sus experiencias como legionario y en aquella que todavía se considera la primera Guerra Mundial; entre otros, sus remembranzas como soldado en las trincheras: Tempestades de acero y reflexiones agudas y peculiarmente reveladoras sobre la guerra: La movilización total, Fuego y movimiento, Sobre el dolor. Su nombre: Ernst Jünger.

Según le confesó a Julien Hervier, La paz es un libro que concibió para él. Sin embargo, era adjunto del coronel Speidel, jefe del Estado Mayor en París, y se lo enseñó. A Speidel le interesó y le envió una copia a Rommel con un motociclista a La Roche-Guyon. Rommel lo leyó en una noche y dijo: “Es un texto con el que se puede trabajar”. Jünger creía que Rommel era el único que podría haber terminado la guerra. “La bala certera que lo alcanzó el 17 de julio de 1944 en la carretera de Livaroth privó al plan de los únicos hombros a que cabía confiar el temible peso de la guerra exterior y de la guerra civil –del único hombre que poseía ingenuidad suficiente para dar la réplica a la temible simplicidad de los que iban a ser atacados”.

Todavía hay quien asevera que ese “llamamiento es fruto de la derrota”. Sin embargo, ese escrito empezó a bosquejarse en 1941, por lo que “coincide con la máxima extensión del frente alemán”.

Jünger sabía que “tienen un destino propio tanto las balas como los libros. Al parecer se considera paradójico que un guerrero hable de la paz”. Quizá por la experiencia como legionario y soldado advierte que nunca antes le había sido impuesta a una generación humana una responsabilidad tan grande como en aquel momento en que la guerra se inclinaba hacia su final. “Esta guerra”, escribió, “ha sido la primera obra común de toda la humanidad. La paz que le ponga término habrá de ser la segunda”. No dudaba en considerar esa guerra como una “guerra civil mundial”, que había exigido más víctimas y sacrificios que ninguna otra, por lo que debería de propiciar “el advenimiento de un orden nuevo, de una unidad nueva”, que el fruto de esa simiente debería ser la paz, que “no podrá ser una paz por compromiso. Pero tampoco debería ser una paz impuesta por la violencia. En la paz no deberían infiltrarse, en ella no deberían perpetuarse las leyes y las reglas de la guerra”. Todos debían ganar esa guerra, lo que significaba que nadie debería perderla.

La paz está dedicada a su hijo Ernstel, que había salido de la cárcel, adonde había sido condenado por criticar a Hitler, y había “caído como voluntario en las cercanías de Carrara. Su muerte estuvo ligada para mí a la misma amargura que sentía frente a mi autoría”, escribió en el prólogo de Radiaciones. “Había previsto bien que descenderíamos a estratos donde ya no subsiste ningún mérito y donde sólo el dolor conserva peso y valor. Pero el dolor nos eleva a otras regiones, a la patria verdadera. Allí no nos perjudicará el haber resistido aquí en una situación sin salida y en una posición perdida”. 

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