Lo sublime de ser vulnerable

Irma Vela

¿Cuántas veces construimos muros?

Ladrillo a ladrillo...

Quizás algunos más grandes, otros más pequeños, otros más pesados y otros más ligeros.

Pero al fin...

Muros...

Que nos separan,

Que nos insensibilizan,

Que nos alejan,

Y a su vez...

Nos mortifican...

Los muros que construimos, nos alejan de los demás, incluso de la perspectiva de la realidad, al grado, que nos alejan, incluso, de nosotros mismos.

Los construimos, día a día, golpe tras golpe, caída a caída y detrás de cada ilusión rota.

Y nos quedamos solos, apartados, sin permitir, entrar a los demás y sin permitir tampoco, salir a dar...

Llevando la vida a la entropía...

Cerrando...

Cubriendo...

Defendiendo...

Igual se aplica...

A las personas, a los países, a los pueblos, a las culturas y a las creencias...

Y entonces viene el juzgar, el señalar, el aventar y el empujar...

El hazte para allá...

Y por ser diferentes...

Viene el rechazar...

Y a su vez,

Vienen las guerras, las fronteras, los ataques y las derrotas.

Aquí nadie gana.

Si fuera un juego...

El final sería:

Todos pierden.

Ojalá y si fuéramos a construir, eligiéramos los puentes, para poder comunicarnos, los unos y los otros.

Pero en fin...

Cada día más artistas promueven la unión en vez del desamor...

El levantar la voz y decir:

¡Date cuenta!

Y en el fondo...

Como un susurro suave, la conciencia clama y dice ya es tiempo...

Acuérdate del viento...

Acuérdate...

Y nos invita a dejarnos llevar...

Y llegar a todas partes…

Sin embargo, el simple conjugar los verbos, nos mantiene en el tiempo correcto.

En el tiempo en que permanece la mente y el corazón…

El decir: Yo amo…

Nos ubica en el tiempo presente, en la bondad, el amor y la gratitud de estar vivos.

Y es a través del dolor, que podemos crear las más hermosas melodías y transformar, el lenguaje de las palabras, en los más sublimes escritos.

Además, existen situaciones y personas, que tienen la virtud de sacar lo mejor de nosotros o  simplemente lugares, cuya majestuosidad, nos confronta con nuestra pequeñez y nos dan la oportunidad de tener una introspección con nuestra alma.

Y conforme, tenemos pérdidas, la vida se convierte en un desafío, entre los recuerdos y las posibilidades infinitas, sólo nos queda, tumbar los muros, quedar expuestos y volvernos vulnerables.

Y el ser vulnerables, nos incrementa, nuestra capacidad de sentir, siendo receptivos al mundo que nos rodea.

Donde los aromas, los sabores, los sonidos y la luz, nos recuerdan a través de los sentidos, la belleza de la vida, que permanece inmutable.

Puedo decir, que el haber nacido en un puerto, me permitió crecer cerca del mar. El caminar a la orilla de la playa, sintiendo la arena, el agua y la espuma, en mis pies descalzos, al mismo tiempo, que observaba el sol ocultándose tras las copas de los árboles a lo lejos, guardó en  mi mente, las imágenes más bellas y conmovedoras de mi vida.

Y por lo tanto, la percepción de la vida, se transforma, en un número infinito de posibilidades, al momento en que nos permitimos ser vulnerables.

Es entonces, cuando se nos olvida el futuro y el momento presente, se convierte en una constante.

Y nos sentimos bien...

Más que nada…

Con nosotros mismos…

Y a su vez, con el mundo que nos rodea…

Y son esos momentos, en que la vida nos regala el gran placer, de estar vivos.

Ojalá y las grandes sacudidas y derrotas, nos conviertan en mejores seres humanos.

Donde el sentir, nos invite a ver, un mar de  infinitas posibilidades…

Como cada grano de arena…

Y como cada rayo de luz…

 Y volvemos a sentir  el amor y renacemos cada día a nuestro destino.

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