En un diamante...

Irma Vela

El momento en que nos transforma la vida, en un diamante…

Muchas veces, es a través de los golpes y cada golpe es para darle forma a nuestro carácter, para sacar lo mejor de nosotros y  para moldearnos.

Quizás no lo vemos en el momento, porque nos enfrentamos con años, lustros y décadas de costumbres, patrones de conducta, comportamientos aprendidos y heredados de generación en generación, que son necesarios sanar.

La Biblia menciona que, cuando Dios sacó al pueblo elegido y los llevó al desierto, muchos se perdieron, crearon ídolos y no estaban agradecidos por dejar de ser esclavos.

Entonces, comprendí que el desierto, no es un rato, no es un momento, son tiempos, que ocupan gran parte de nuestras vidas, en donde nos enfrentamos a la soledad.

Y es en esos momentos, en los que estamos solos, cuando nos damos cuenta,

¿Con quiénes contamos?

¿Cómo podemos hacernos más fuertes?

¿Qué nos da la energía?

Para los momentos difíciles, contar con fuerza para caminar, trabajar, resolver, aquellos asuntos que no habíamos sabido, enfrentar en nuestras vidas.

Caminar en el desierto es cansado, a veces te hundes en la arena, a veces te tropiezas, por la sed, el calor y la falta de visión.
Son extensiones de arena muy grandes y reflejan el andar diario de nuestras vidas, al momento en que nos sentimos desolados.
En el desierto no hay tiempo. 

Siempre es lo mismo, voltees a donde voltees, nada cambia, sólo la arena y el cielo, nada más...

En la noche, las estrellas, dan la impresión, de que las puedes tocar, cuentas con el descanso y la luz para reflexionar, para pensar, a dónde dirigirte, de que estrella te puedes guiar.

Y es cuando nos damos cuenta, que no estamos solos...

Que hay muchos mundos allá afuera, a millones y millones de años luz, quizás la luz que esté llegando a reflejarse a la Tierra, es el reflejo de una estrella, que hace millones de años luz ya murió, dejando la luz como viajera, surcando el cielo, hasta llegar a nosotros.

¡De esa luz debemos de agarrarnos!

Desde la antigüedad, el ser humano ha dejado el legado de sus obras.

En las cuevas de Altamira, existen dibujos pintados por nuestros ancestros, donde muestran su cacería, los animales, las figuras humanas, incluso sus manos...

Las manos, en un libro de Carlos Castaneda, antropólogo autor de Viaje a ixtlán, menciona, que si quieres tener el control de tus sueños, antes de dormir, te concentres en buscar tus manos.

Es un acto de consciencia, el ver las manos, es estar conscientes de quienes somos y hacia donde vamos.

Y cuando estamos conscientes de eso, 

Entonces, ya no hay regreso...

Y es entonces, cuando todo se acomoda y salimos del desierto.

Dando un sentido a todo...

Incluso al dolor y te das cuenta, que el desierto fue necesario para cambiar, para valorar, para ser humilde, para avanzar, conforme el tiempo pasa, das gracias a la vida, por haberte permitido, regalarte esos momentos, que sin ellos, no fueras quien eres.

Y cuando ves al espejo, observas, que la paz y la tranquilidad, se notan en tu mirada.

Se llama serenidad.

Porque sabes, que no estás solo.

Y sólo nos queda…

Comenzar de nuevo…

Y como comenzar de nuevo,

¿Cuándo traemos una historia a cuestas?

Soltando…

Desde lo más profundo del alma.

Dejando atrás, incluso los recuerdos.

Partiendo desde cero.

Comenzando a fluir, siendo fiel a uno mismo.

Con un corazón nuevo.

Honrando nuestro propósito de vida.

Creando oportunidades, desde un cambio de visión, enfocando la vista, en la virtud de lo bueno.

Es un privilegio, ver lo mejor de nosotros mismos.

Gracias.

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