Hubo una época en la que tener teléfono en casa era casi como sacar palco en el Estadio Azteca para una final del Mundial. No recuerdo si fue a finales de los 70 o principios de los 80, pero sí recuerdo el orgullo de mi papá cuando llegó con el contrato para una línea telefónica. En una casa humilde aquello equivalía a estrenar automóvil pues era un símbolo de progreso.

La felicidad alcanzó otro nivel cuando apareció el directorio telefónico con su nombre, dirección y número impresos para que cualquiera pudiera encontrarlos. Nadie organizó una marcha para defender sus datos personales ni acusó a la empresa telefónica de espiar a la familia. Al contrario, presumíamos aparecer en ese libro gordo que servía para localizar parientes, amigos y, por supuesto, el teléfono de la niña que me robaba el sueño.

Después llegaron los identificadores de llamadas y la tecnología nos regaló el placer de descubrir quién hacía bromas de madrugada o quién amenazaba con mentadas de madre anónimas. Si el asunto se ponía serio, bastaba una llamada a la telefónica para pedir ayuda. La privacidad ya peleaba con la comodidad mucho antes de que existieran las redes sociales.

Hoy el escándalo gira alrededor de vincular el número telefónico con la CURP. Algunos aseguran que el gobierno quiere tener a todos bien vigilados y quiere saber hasta qué desayunan, como si no hubieran entregado voluntariamente su vida completa a corporaciones privadas extranjeras como Google, Apple o cualquier aplicación que promete convertir una foto en caricatura. Esas plataformas conocen dónde viven, qué compran, cuánto gastan, con quién hablan y hasta cuánto tiempo pasan viendo videos de gatitos y gatitas. ¿Eso no les da miedo?

Lo más curioso es que los datos no los almacenará una oficina gubernamental, sino la propia operadora telefónica, igual que durante décadas administró la información de millones de usuarios. Si un ciberdelincuente logra vulnerar esa base de datos, la responsabilidad recaerá en la empresa que la resguarda, no en la teoría conspirativa que circula por WhatsApp.

Mientras tanto, millones de personas siguen conversando frente a un smartphone sobre el coche que quieren comprar o el viaje que sueñan hacer, para descubrir minutos después una lluvia de anuncios relacionados. Pero el verdadero peligro, dicen, es una CURP vinculada a un número telefónico. Compruébalo hablando cerca de tu smartphone diciendo “quiero comprar”.

A estas alturas, con casi 70 millones de líneas registradas, la pregunta ya no es quién quiere tus datos. Las verdaderas incógnitas son ¿Por qué algunos creen que todavía son un objetivo para que el gobierno los vigile? ¿Realmente se sienten el MVP del partido? ¿A qué le temen? ¿Por qué se resisten? ¿Quién les hizo tanto daño?

MVP o Prime

Si los boletos del Mundial se vendieran en una plataforma de comercio electrónico, seguro aparecerían varios con precios muy atractivos. Al final, el algoritmo terminaría repartiendo más emociones que un árbitro revisando el VAR. Pero mientras eso no ocurre, millones de mexicanos tienen otra cancha donde salir a cazar ofertas.

Durante años nos enseñaron que el mejor descuento estaba en la tienda de confianza, esa donde el vendedor juraba que el precio era "especial para usted". Resulta que la economía digital llegó para arruinar ese discurso. Ahora basta un par de clics para comparar precios y descubrir que el televisor ideal para ver el Mundial cuesta menos que una ronda de cervezas en el hospitality del Azteca.

Este año el Prime Day decidió jugar tiempo extra. En México arrancó el 23 de junio y se extenderá hasta el 29, convirtiéndose en la edición más larga del mundo. La estrategia coincide con la fiebre mundialista y apunta directamente a un consumidor que quiere cambiar la pantalla de la sala, comprar un proyector o presumir camiseta nueva antes del siguiente partido.

Las rebajas prometen llegar hasta 65%, acompañadas de financiamientos de 24 meses sin intereses y bonificaciones bancarias que hacen pensar que eres Messi, Cristiano o Mbapé juntos. Pero la competencia ya no consiste en meter un gol, sino en lograr que el usuario no abandone la transacción a mitad del proceso.

Pero detrás del desfile de descuentos hay un dato que merece más atención que cualquier influencer recomendando gadgets. El 99% de los más de 27 mil vendedores nacionales que participan en la plataforma son pequeñas y medianas empresas. Son negocios que generan más de 52 mil empleos y que, según la propia compañía, crecen en promedio 92% después de tres años vendiendo en línea. Incluso más de 3 mil ya utilizan esa vitrina digital para exportar productos mexicanos.

La otra estrella del torneo es la logística. El centro MEX6 de Amazon opera sobre 45 mil metros cuadrados, una superficie equivalente a seis canchas profesionales, almacena hasta 12 millones de productos y procesa cerca de la mitad de los pedidos de Amazon en México. Más de 340 mil artículos pueden entregarse en tres horas o menos, existen envíos el mismo día en 14 ciudades, al día siguiente en más de 80 y hasta un servicio que promete llevar productos frescos en apenas 15 minutos.

Quizá el verdadero lujo ya no sea comprar más barato ni tener el televisor más grande, sino tener el producto más valioso en la actualidad: el tiempo. Y si nueve de cada diez compradores mexicanos dicen sentirse más tranquilos cuando un paquete llega rápido, entonces el comercio electrónico descubrió algo que ni el futbol ha podido resolver, la mejor jugada es la que evita esperar hasta el minuto 90. ¿qué será mejor ser el MVP o ser Prime?

Columnista y comentarista

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