Privilegio e ignorancia para el pueblo

Hugo Alfredo Hinojosa

I. En los diarios de George Orwell, y en toda su obra si la estudiamos a conciencia luego de abandonar el romanticismo juvenil de "Rebelión en la granja" y "1984", el autor plantea una idea inmisericorde hacia nuestro proceder que lastimaría a las mejores mentes propagandistas de la generosidad, presentes en éste y todos los pueblos, sobre todo en los artistas, políticos, intelectuales, la sociedad civil et al. “El poder de enfrentarse a hechos (acciones) desagradables”, es una frase retórica en todo su sentido, profunda y devastadora, claro está si somos nosotros los protagonistas-ejecutantes de los “hechos” o “acciones” desagradables que no estaríamos en condiciones de aceptar porque la paja siempre está en el ojo ajeno.

En distintos momentos he abordado el tema de la corrupción eliminando el significado puro que la atañe al crimen, pues es más que eso, y la ligo de manera directa con el instinto primigenio de supervivencia una vez que entendemos nuestro paso por este mundo. Pero ¿qué hay del privilegio? En principio, podemos hacer una apología del privilegio ganado, ese que se obtiene empezando desde abajo, propio de mujeres y hombres que pican piedra, sin romanticismo, y se colocan por encima de las circunstancias adversas en determinado momento, se tragan las humillaciones, forjan carácter y triunfan.

También están los otros privilegiados, quizá herederos de los ya mencionados, que llegan al mundo con preceptos ingenuos donde el merecer es innato. Estos, en la gran mayoría de los casos, son un tanto miserables pues, al creer que todo les pertenece por su condición dinástica y autoengaño de mérito forjado en solitario, pisotean a otros que luchan como lo hicieron sus padres por lograr la subsistencia; peor aún, no reconocen sus acciones, la disculpa es una palabra desconocida. Se victimizarán para justificar sus procederes continuos y lastimeros ante los de su clase, quienes los exculparán, apelando al discurso del “sentir”, del “vibrar” por encima del “deber”, de la “civilidad” de confrontar su errores. Oh, mediocridad. Oh, cultura.

¿Es corrupción el privilegio? Digamos que es un excelente motor para generar caos en las entrañas del pueblo. Sus significados están entramados de manera sutil y debatible. Unas de las acepciones de la corrupción, según la Real Academia Española, se limita a definirla como “la práctica consistente en la utilización de los medios (en provecho y a favor) económicos o de otra índole por parte de los gestores”, mientras que el privilegio es por definición “la ventaja exclusiva o especial que goza alguien por concesión de un superior o no, o por determinada circunstancia propia”. La frontera es tan delgada que las interpretaciones son interminables, por eso mejor acudir a la neutralidad del diccionario.

De los privilegiados, Martin Luther King Jr., comenta que jamás renunciarán voluntariamente a su condición y a ejercer su derecho a sobrevivir a pesar de todos; incurrirán tarde o temprano en actos consecuentes de corrupción. Retomo entonces a Orwell: ¿Acaso estamos preparados para confrontar nuestros procederes desde nuestro privilegio?

No lo estamos porque no creemos ser privilegiados de facto. Es un concepto tan complejo que vivimos de manera grata en una mentira que disculpa el escarnio de nuestro bienestar a costa de los demás. ¿Son nuestros objetivos y deseos más importantes que los sueños del otro, que los privilegios del otro? Es una pregunta válida que debemos hacernos cuando el duende de la corrección política, el activismo, la ejecución artística y empresarial, toque a nuestra puerta y nos pida ser honestos eliminando las bohemias y el lenguaje inclusivo. El privilegio equipara su accionar con una antropofagia social curiosa pues la frase “el hombre es un lobo para el hombre” define de lo que se trata ser humano a pesar de los demás. Pero no debe existir la culpa… ése es el acertijo.

II. Abandonando la postura moral del primer apartado, me interesa ahondar en el juego de las palabras que construyen ídolos, generan privilegios sobre personajes áridos, dan poder a los bufones vueltos mesías. Quienes hayan padecido por las dinámicas de confrontarse con seres mejor posicionados en el mundo, aquellos que hacen del privilegio su carta de presentación y razón de ser, entenderán que el engaño es una de las herramientas fundamentales para eliminar todo rastro aparente del juego de jerarquías desde el privilegio.

Vivimos en un instante de repeticiones históricas, algo que llamo obviedad del pensamiento. No hay hilos nuevos que tirar, nuevas vanguardias o posturas políticas, inclusive el avance tecnológico, aunque notable, ronda las ideas de antaño renombradas. Tan sólo a un siglo de distancia, tomamos como destino una ruta determinada y ya conocida hacia el caos, guerras y armisticios. En Europa, la extrema derecha y el populismo ejercen un poder sutil que se cristaliza a partir del empuje de la clase obrera (de nuevo la clase obrera como herramienta política), que tiene en Marine Le Pen a una posible candidata para vencer a Emmanuel Macron en 2022. No obstante, la lucha interna y familiar por el poder entre Marine y su sobrina Marion Maréchal es trágica, pues la segunda quiere recoger bajo su ala a los huérfanos radicales y racistas que habrían congeniado de mejor manera con el patriarca de la familia, Jean-Marie Le Pen. Privilegios sociales hechos política en juego.

Alemania, país bajo el mando de Angela Merkel, es envidiado por el resto de la Unión Europea por sus sólidas bases industriales y económicas que le permitieron controlar hasta cierto punto la pandemia coronavírica mejor que otros países de la región. No obstante, deben convivir con el movimiento esotérico de ultraderecha Reichsbürger (Ciudadanos del Imperio), que no reconoce la legitimidad y existencia del estado Alemán, además de sentirse víctimas de la Segunda Guerra y reafirmar que sólo enferman de Covid-19 aquellos que no están en armonía con su cuerpo. Por tanto, desean romper con los tratados de paz con Rusia y Estados Unidos, y tienen en Donald Trump una figura de liderazgo, pues su herencia alemana lo valida debido a que el nacionalismo del mandatario, potenciado en su momento por Steve Bannon, es lo que Alemania necesita para lograr la supremacía.

En ambos ejemplos, el privilegio de masa que ostentan los detractores frente a los aparatos del poder es el que les brinda la capacidad para dominar o engañar, según sea el caso, para lograr sus cometidos a pesar del Estado.

Hace apenas unas semanas, se dio a conocer que Donald Trump aceptó frente al veterano periodista Bob Woodward, responsable de haber dado a conocer el escándalo de Watergate que derivó en la renuncia de Richard Nixon a la presidencia, que mintió acerca de la gravedad del Covid-19 para no alarmar al pueblo estadounidense. Esto puede leerse en el libro Rage de Woodward. Días más tarde, se hizo pública una entrevista del periódico La Jornada, del 14 de septiembre, en la cual Hugo López-Gatell, Subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud, admitía en su retórica que los hospitales no recibieron a los pacientes por falta de capacidad y que el gabinete, a pesar de las recomendaciones, optó por no ordenar la cuarentena obligada a lo largo y ancho del país. De nuevo, en ambos casos, el engaño a partir del privilegio de los personajes que, desde la cúpula del poder, manipulan la verdad para subordinarla debidamente a su discurso; que dicho al pueblo, brinda una recompensa inmediata y un falso bienestar como una droga incesante. El pueblo tiene un vacío que debe llenar con las promesas de los que considera privilegiados y moralmente superiores.

III. Previo a las elecciones de 2018, recuerdo una conversación bastante animada de una partidaria de Andrés Manuel López Obrador que intentaba defender su voto. Argumentaba que, cuando el ahora presidente fue Jefe de Gobierno de la Ciudad de México, les había prometido trabajar más por la cultura y otorgar más presupuesto al gremio artístico; sin embargo, concluyó, no cumplió su promesa. Pero aún así, continuó, le daré mi voto. Ese personaje ahora se lamenta de nuevo porque las promesas quedaron suspendidas en el aire y, peor aún, el aparato cultural ha quedado por completo en el olvido. Los presupuestos para cultura se redujeron y las Bellas Artes no tienen cabida en el interés del nuevo régimen.

Lo que me importa de esta anécdota se reduce a pensar en nosotros como un producto maleable, mentes sin descanso para la clase política que utiliza su privilegio como los herederos que mencioné al inicio de esta exposición. Es interesante observar de qué manera, durante los últimos dos años, la ciudadanía se ha modificado de manera imperceptible de tal forma que la polarización en las entrañas del pueblo comienza a tener repercusiones cada vez más fuertes. Por supuesto, quienes pregonan mayor inteligencia, dirán: no me creo las mentiras; sin embargo, señores, no sirve de nada no creerlas si vivimos en ellas y sobre ellas se finca nuestra casa.

Toni Morrison, Premio Nobel de Literatura en 1993, declaró en alguna ocasión que “si solo podemos ser altos porque los demás están de rodillas, tenemos un serio problema”. Me apena bastante pensar en la idea de estar arrodillado, no por convicción, sino por obligación a un gobierno, la Cuarta Transformación, que propone la sumisión como parte medular del amor al Estado; uno que lucra con el presente y destruye el futuro ideal y económico. El privilegio de la clase política es extraño porque reúne tanto las características del esfuerzo como las del vástago que definí al inicio. En el caso del presidente mexicano, es siniestro ver cómo llegó, según su propio discurso, desde las bases de la sociedad donde se conserva el viejo dicho heredado de la madre patria: “trabajo de sol a sol es trabajo de español”. Es pues, el hombre, dice, que llegó por fuerza propia a la cúpula del poder y, una vez instalado en esa posición, ha vendido certidumbres a medias, esto es, aprendió a predecir las reacciones de cierto sector del pueblo, aquel que se subyuga desde la pobreza al capricho del privilegiado.

Ya en el poder, comete el pecado de comportarse como un ser que, desde su postura como gobernante, hijo y heredero del poder, pasa por encima de los sueños y necesidades de aquellos que lo encumbraron: es su derecho, su sentir, su objetivo, exculpado por su clase política.

La hipocresía del privilegiado, nuestra hipocresía, en todo caso, como la corrupción, ayuda a generar monstruos, a tolerar y promover el agravio hacia los sueños de los demás. En esta ocasión tenemos la desventaja de tener un espejo gigantesco frente a nosotros que refleja lo peor del pueblo que somos y habitamos en un solo individuo que predica ignorancia. Valdría la pena salir a la calle con nuestro espejo en mano, vernos ahí y desde ahí decidir si pasaremos por encima de los demás o no… ser juez y verdugo es un buen ejercicio… ese es un privilegio que no debemos olvidar. Sobre todo tú…
 

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