Placebo para el pueblo criminal de México

Hugo Alfredo Hinojosa

¿Contra el crimen? Por supuesto. Debemos participar de la idea de poner un alto al crimen y la violencia sin importar su representación, inclusive cultural. Creo que estamos de acuerdo en que nuestros ideales, como piezas móviles del pueblo que habitamos, nos guían de forma expedita y obligada a la desaparición del crimen mediante su combate total, frontal y salvaje (entiendo si mi postura no es popular, pero no me retracto); sin embargo, las “buenas conciencias” combativas, en su cosmopolitismo progresista, se oponen a luchar contra la criminalidad, ejercida por la gente del pueblo, con tácticas agresivas. Después de todo, seguimos a la espera de participar en el escenario internacional dentro del refinado canon del primer mundo y el salvajismo no es bien visto en las tertulias políticas de los derechos humanos. Pero ¿qué crímenes se deben combatir y cómo? En todo caso ¿qué es un crimen? Tarea personal.

Sin entrar en detalles, pues es tema trillado y conocido, a lo largo de la última década se han confrontado hasta el cansancio, con marchas y diatribas intelectuales un tanto oportunistas, la sociedad civil contra la idea de la “Guerra contra el narcotráfico”, conceptos y acción de choque acuñados en 2006 por el gobierno de Felipe Calderón Hinojosa. De esos catorce años posteriores a la declaración de “guerra”, se contabilizan 121 mil 35 muertes violentas durante el mandato de Calderón Hinojosa y 150 mil 992 ejecutados en la presidencia de Enrique Peña Nieto. En la actualidad, bajo el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, el conteo de muertes derivadas del crimen rondan las 56 mil 603, según datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (https://bit.ly/2F1Zssc).

Esa es la realidad del México contemporáneo, a viva voz, aunque la violencia del crimen organizado a lo largo y ancho del país lleva décadas instaurado en la médula de las familias que conforman a la sociedad.

Cuando hablo del oportunismo cultural e intelectual me refiero a que, desde el inicio del mandato de Felipe Calderón Hinojosa, el narcotráfico tomó un auge sin precedentes por su apertura hacia la masa en las entrañas del país.
Pronto, desde intelectuales, escritores, poetas, actores, músicos, y otros tantos programas televisivos, cedieron al fenómeno, llamémoslo así, del auge presente de facto de la violencia de México. El narco en su acepción latina de héroe. Se repartieron premios y reconocimientos a escritores y académicos del centro de la nación que hablaban desde el romanticismo en su exposición de una problemática que podía resumirse en todas sus tesis como “el narcotráfico y el crimen (organizado o no) muestra la decadencia del Estado”. Vaya descubrimiento, cuando en los estados del norte y centro occidente del país la problemática enraizada en la realidad de las familias no generaba mayor novedad, con o sin guerra contra el narcotráfico. La violencia y el crimen se convirtieron en productos culturales de consumo masivo y aplaudido.

El oportunismo de las buenas conciencias es un tanto divertido en su exposición. Las marchas, los conciertos, las diatribas de intelectuales que repudiaban las acciones políticas anticrimen de los presidentes, se enfocaban en reprochar la estrategia de choque. En efecto, en retrospectiva, la estrategia no fue la adecuada (aunque hasta la fecha no conozco una sola estrategia efectiva contra el crimen; quizá habría bastado la inteligencia financiera, pero no). Sin embargo, fue una acción desesperada por parte del gobierno por controlar la seguridad de un país, cuyo gobierno sigue desesperado y ahora el pueblo junto con él. A pesar de lo descarnadas que pueden ser las bases intelectuales, así como el resto de la ciudadanía (matizo y no generalizo) estas forman parte del problema de la violencia en el país tal vez de forma ignorante, no obstante activa, y de manera tácita aceptada.

En su “Segundo tratado sobre el gobierno civil”, John Locke explora la idea del crimen como las acciones que violan la ley y desvían de su cauce la norma de la razón, por lo que el hombre, en la medida de su fechoría, causa daño a una persona que es perjudicada por el crimen cometido. Tomando como punto de partida esta disertación de Locke, ¿en qué estadio de la criminalidad se ubican las masas de la sociedad civil, artística e incluso política del país? En semanas anteriores dejé clara la idea, por lo menos para estos ejercicios, del concepto de la Corrupción como un laberinto unívoco que no deberíamos definir sólo a partir del delito, sino que su concepción y arraigo en nuestra casta o cultura inicia con nuestras acciones de supervivencia.

Durante las marchas, mítines masivos en las explanadas a nivel nacional que se daban como protesta contra el despertar intempestivo de la violencia en México por la estrategia Calderón Hinojosa, llamaba mi atención que la misma avanzada artística, intelectual y civil que pedía (y pide hasta la fecha) el cambio de estrategia para luchar contra el crimen forma parte, en su mayoría, de las bases económicas que dan vida al crimen organizado.

Entro al ámbito moral/ético en este sentido: ¿Acaso las drogas, la cocaína, la mariguana, el cristal, los psicotrópicos et. al. utilizados/consumidos en la tertulia bohemia donde se compone y redirecciona el mundo desde el idealismo (democrático, humano, artístico, zapatista, feminista, anárquico), crecen libremente en los árboles de las ciudades que husmean los perros? Más allá del alcohol, toda droga está prohibida en el país. Así pues, ¿a qué juega el pueblo cuando pide la eliminación del crimen organizado, pero sigue manteniendo sus actividades lúdicas, que rayan en la criminalidad y soportan el entramado contra el que protestan? No veo la lógica ni un ápice de verdad... es un terreno pantanoso. En varias ocasiones, al plantear esta idea, la respuesta es: ¿cómo puede afectar a la sociedad que compre un gramo de coca?

No apelo, por supuesto, a una cultura atávica, no me importa en lo absoluto. Siempre será más divertido Baco y, como lo he dicho en otras ocasiones, no podría lanzar la primera piedra. No obstante, pienso que si, como pueblo, estamos entrando de lleno al ejercicio de la democracia que llevó al poder al gobierno de López Obrador, debemos ser, pues, coherentes con nuestros procederes y aceptar de frente qué rol jugamos en el utópico existir de la
“sociedad”. Siendo cristianos como el presidente: consumir para luego protestar es mentir. Apelaría en este momento a la legalización por encima de la criminalización de las drogas; no obstante, la realidad es otra.

El experto en estudios de terrorismo Peter R. Neumann publicó en la revista Foreign Affairs el artículo Dont follow the money (https://fam.ag/35kOl8u), el cual nos ayuda a comprender cómo grupos terroristas como el Estado Islámico, entre otros, al ver fiscalizadas sus cuentas de lavado de dinero optan por la venta de narcóticos que reditúan aún más que la venta clandestina de obras de arte, la comercialización de combustibles y el simple robo o la falsificación de ropa, calzado, entre otros. Tanto en Estados Unidos como en Europa y Asia existen ya campañas de publicidad que atacan directamente el consumo de las drogas como plataforma económica del terrorismo.

En México, el aumento de la violencia ha tomado tintes inimaginables. Los autos blindados que circulan por las carreteras del país, las armas que anidan en el seno mexicano y que surgieron por generación espontánea nos dejan claro que, aunque los narcóticos fueron y son una base del financiamiento de la criminalidad, el crimen en sí mismo ha optado por otros ejercicios del poder en los cuales se suman los nombres de políticos, como el del ahora también manchado Andrés Manuel López Obrador; por la duda que sembró en la conciencia del pueblo la liberación del hijo de Joaquín Guzmán Loera, Ovidio Guzmán López. Frente a esta postura del ejecutivo, cualquiera que haya sido el motivo de la liberación del vástago del narco, además de hacer una profunda meditación respecto a nuestro proceder como “ciudadanos”, es válido preguntarnos si es necesario manifestarse contra el crimen organizado y la violencia en el país. Aclaro: en este ejercicio no incluyo la reflexión en torno al feminicidio y los crímenes de odio, así como tampoco minimizo el dolor de las familias que han perdido a sus hijos inocentes en medio de este caos. Para ellos todos mis respetos.

Las marchas, las declaraciones de los intelectuales mexicanos o políticos, los videos en blanco y negro por causas “justas”, los lamentos públicos de los líderes de opinión o protagonistas de la sociedad mexicana sin importar su estadio de proyección, que forman parte de la polis renegada e idealista que financia al crimen con su consumo, forman parte del placebo cultural que necesita del lamento para sentirse útiles, necesarios, empáticos y exculpar así sus procederes con la sociedad.

En su exégesis, placebo se define como andar, caminar… errores más, errores menos, pues las versiones de la traducción latina son varias, pero todas surgen del versículo noveno del salmo 114 que dice: Placebo Domino in regione vivorum, que puede traducirse como Caminaré en presencia de Dios/Yahvé por la tierra de los vivos. Este era el versículo leído por las plañideras contratadas para llorar a los muertos ajenos. Así pues, el ejercicio artificial del llanto por el llanto fue llamado placebo… aquello que se cree verdadero en su juego artificial.

Para manifestarse y ser escuchado en el ejercicio pleno de la democracia, valdría la pena hacer una revisión como cultura, primero, de las problemáticas sobre las cuales nos manifestaremos con pleno uso de razón y causa. Ser plañideras, nosotros mismos placebos sociales autoadormecidos ante el sistema que pretendemos, no derrocar, sino hacer recapacitar en beneficio del pueblo, conlleva una fuerte dosis de catarsis y reconocimiento de nuestra verdad como seres humanos dentro del aparato político y social al que pertenecemos.

Al no reconocer la hipocresía de nuestros procederes sociales y morales, caemos en la trampa de la artificialidad cual plañideras, lloramos las causas de otros sin sentido alguno con el mero objetivo de jugar el rol de “buena gente”, pero formando parte del problema que pretendemos erradicar. Demasiadas buenas conciencias comprometidas con no comprometerse. Retomando a Locke respecto a su interpretación de las virtudes, este dice que “amar la verdad por la verdad es la parte principal de la perfección humana en este mundo, y el semillero de todas las demás virtudes”. No somos virtuosos como sociedad, nuestras verdades pueden significarse más en la mentira… El crimen y la corrupción forman parte de esta sociedad tan democrática y madura a la que pertenecemos. Antes de llorar valdría la pena pensar si verdaderamente duele eso por lo cual sufrimos, o si tan sólo jugamos a ser parte de la avanzada progresista que busca la notoriedad siempre vestidos de manta.
 

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