La Cruzada de Hugo López-Gatell

Hugo Alfredo Hinojosa

En febrero de 2013 el gobierno del entonces Primer Ministro, Tony Blair, resistió una sacudida que si bien no anuló su mandato, propició que tanto a él como a su gabinete se les recuerde como seres sin escrúpulos que llevaron a la muerte a miles de jóvenes soldados del Reino Unido que combatieron en la segunda guerra de Irak. La confrontación bélica hechiza por George Bush Jr., presidente de Estados Unidos, fue dirigida para fortalecer su gobierno como estratega defensor del mundo libre durante su persecución terrorista. Sadam Husein era el objetivo, derrocar al dictador que durante más de dos décadas fue la figura incómoda del mundo árabe para ese entonces inservible como pieza geopolítica.

Katharine Gun, una traductora del Centro de Comunicaciones del Gobierno (GCHQ por sus siglas en inglés), recibió el correo electrónico de un funcionario de la Agencia Nacional de Seguridad estadounidense solicitando espiar a las delegaciones de países como Chile y Camerún, que no formaban parte de la comisión permanente de seguridad de la ONU, para obligarlos a votar a favor de la guerra injustificada contra Irak que dio inicio el mes de mazo de 2003 y finalizó hasta diciembre de 2011.

Katharine filtró la información de inteligencia al periódico dominical “The Observer”, que generó frustración y enojo en la sociedad británica y, por supuesto, el gobierno de Blair negó todo acto de espionaje hasta que en 2010 se aceptó la colusión con Estados Unidos para declarar la guerra a Irak bajo el argumento perenne de querer asegurar las armas de destrucción masiva que poseía Husein. Además, se dio a conocer que el gobierno del Primer Ministro fue asesorado por el ahora ex fiscal general Peter Goldsmith para no participar en la guerra, aunque sus palabras fueron ignoradas y prevaleció el interés de Blair de potenciar el mercado de guerra que estrechó los lazos utópicos de hermandad entre el Reino Unido y Estados Unidos.

“El último rey de Escocia”, del escritor inglés Giles Foden, narra las atrocidades cometidas por el dictador de Uganda, Idi Amin Dada, durante el periodo de su gobierno en la década de los setenta del siglo pasado. La pasión del ugandés por el pueblo escoto lo lleva a declarar en su locura que “si la gente se lo pidiera, aceptaría ser rey de Escocia”, delirio de grandilocuencia y mesianismo presente en las figuras enfermas de poder. Atroz es el único adjetivo que nombro para definir la novela de Foden. Palabra a palabra nos adentra en un violento mundo-postal del populismo africano que nos ayuda a entender los vicios y controles idealistas que potencian las palabras adecuadas sobre la mente del pueblo.

África es un continente destinado al fracaso, estadio de esclavos, de trata, de violaciones, de conflictos religiosos que no atienden ni a Cristo ni a Mahoma ni a dioses primigenios. La avaricia plena que provoca, y provocó durante siglos, la piel como moneda de cambio mantiene al continente asediado, fuera de la esperanza y la paz. Además, el asistencialismo del primer mundo ampara en la miseria a las etnias negras que jamás escapan de la hambruna.

Idi Amin llega al poder gracias al hartazgo del pueblo por ser gobernados durante generaciones por líderes corruptos. Amin bailaba sobre templetes. Se dejaba adornar de flores, tomaba entre sus manos lanzas y escudos, gritaba diatribas contra los corruptos y aseveraba frente a la gente “yo soy ustedes”. La masa estallaba en risas y aceptaba la llegada del nuevo gobernante, “el deseado de todas las gentes”. Un payaso maquiavélico, como tantos en Latinoamérica, como uno en México.

Pronto en el poder, Amin, se torna un líder sin empatía por su gente que advierte en cada ciudadano a un contendiente en potencia, un enemigo que quiere su trono. Amin asesina a quien se anteponga a sus deseos. Cual piezas de ajedrez manipula a sus jefes de Estado a quienes asesina al sentirse burlado. Inicia obras de infraestructura, ministerios de salud, embajadas, universidades sin estudiantes. Obras que apoyan su locura. El genocidio de las etnias Acholi y Lango bajo su yugo se extiende por Uganda para lograr la pureza de la nación.

Lo que une a Idi Amin con la cultura inglesa es su formación como parte del cuerpo de Los Fusileros Africanos del Rey (KAR, por sus siglas en inglés), donde aprendió las tácticas de guerrilla que lo encumbraron. En 1977 rompe alianzas con el gobierno del Reino Unido, acto que presume como la derrota del Imperio Británico por sus propias manos. Su confrontación con los ingleses aceleró su caída en 1979. Los dioses del pueblo bueno dejaron de sonreírle. Murió exiliado, sin gloria, sin reino, sin Inglaterra. Sin ser rey.

Idi Amin Dada no formó parte de la realeza política británica. Del currículo que ostentaba jamás se borró su papel como fusilero, un nombramiento sofisticado para un súbdito y esclavo más de la corona. Tony Blair y George Bush Jr. no fueron mejores que el africano ante los deseos de ejercer su control geopolítico. Sacrificaron la vida de su gente en Irak, la sangre de su sangre si les otorgamos el título de padres patrióticos, la más alta traición.

De frente a la pandemia el Primer Ministro Británico actual, Boris Johnson, puso en peligro la vida de sus compatriotas por la tozudez de su accionar. Su inmunidad de rebaño lo llevó a estar hospitalizado por padecer Covid-19, habría sido absurda su muerte y no por eso menos cómica en su tragedia. El hombre necio aún reniega por no domar a la pandemia bajo sus propios términos, peca de populista cual ignorante que huye de la ciencia; y de esa cepa de mandatarios se desprende Hugo López-Gatell, el afamado subsecretario de Salud mexicano que dejó bajo llave el juramento a Hipócrates para ejercer de tribuno.

Desde el inicio de la pandemia en México, López-Gatell, se ha comportado como una cortesana al servicio del presidente mexicano a quien le endulza el oído frente a la masa. Seamos honestos, las declaraciones del doctor rayan en la zalamería con frases como “el presidente es una fuerza moral, no de contagio”. Al inicio de la pandemia el subsecretario se posicionó como una voz única en el gabinete de Andrés Manuel López Obrador, y su apariencia amigable le ganó seguidores por ser la única figura de la cuarta transformación que simulaba mayor empatía con la gente.

Las primeras mentiras que el doctor fue construyendo iniciaron con su soliloquio acerca de la estrategia del gobierno para contener la pandemia, que hoy intuimos apostó también por la inmunidad de rebaño como Boris Johnson. En marzo mencionaba que desde el mes de enero tenían una estrategia para atender el virus del SARS-CoV-2, lo cual era una falacia ya que los reportajes hechos por el suplemento cultural “Confabulario” acerca de la previsión del gobierno para contar con ventiladores para atender la pandemia (https://bit.ly/2YcrDuQ y https://bit.ly/3g5tZ4E), demostraron que no existió tal estrategia. Además, ni la Secretaría de Salud ni la Secretaría de Economía que dirige la doctora Graciela Márquez Colín, llevaron a cabo acuerdos con las compañías extranjeras en suelo mexicano, que podrían haber ayudado a paliar la pandemia con el suministro de ventiladores, entre otros insumos médicos.

Vale la pena mencionar que la compañía OMRON ubicada en la ciudad de Monterrey, fabricó ventiladores por completo en suelo mexicano que pudieron ayudar a salvar vidas, no obstante la maquiladora desistió de la fabricación porque las autoridades de salud de los diferentes niveles de gobierno les pidieron hasta el 35% de comisión para iniciar los trámites de compra. Así pues, OMRON optó por vender únicamente las diez unidades que manufacturaron como muestra y desistió debido a la corrupción del sistema de Salud mexicano.

Hasta el momento, el número de decesos por Covid-19 rebasa los 50 mil muertos de los 6 mil proyectados en el peor escenario por López-Gatell. Si atendemos las recomendaciones del matemático Raúl Rojas y hacemos las multiplicaciones con su modelo propuesto, estamos rondando probablemente las 240 mil muertes hasta la fecha. No obstante vamos entrando a una normalidad descuidada que nos afectará profundamente. La negativa del gobierno a no tomar medidas cuasi marciales para detener los contagios jugarán en su contra a la larga, y se perjudicará la economía que no deseaban dañar. Mejor dicho, la crisis ya existe y la solución es que el país vuelva a la calle.

La figura de Hugo López-Gatell se ha devaluado tanto que optó por perpetuar la estrategia del presidente. Ataca a la prensa, humilla a quienes no opinan como él, le gusta exponer a los periodistas y cuestiona la veracidad de los medios de comunicación que, al no encumbrarlo más como la voz coherente del gobierno, son medios tendenciosos que buscan desestabilizar a la opinión pública. Pero tanto a él como a López Obrador sólo hay que dejarlos hablar para que se desacrediten con sus propios argumentos.

Durante la conferencia de prensa vespertina del pasado domingo 16, López-Gatell en compañía de Jenaro Villamil, hizo una aclaración bastante fuera de lugar a un reportero que preguntó acerca de la Cruzada contra la comida chatarra. El doctor, rostro de la coherencia nacional contestó “nosotros nos abstenemos de utilizar la palabra Cruzada, así como de decir “misa”, porque estamos en un Estado laico. Afortunadamente Benito Juárez nos otorgó un Estado laico”, concluye su chistorete y se ríe con Villamil. Bastante común la actitud sobrada del epidemiólogo que se siente protegido. A este insulso ejemplo podemos sumar cientos de declaraciones mediocres, la Senadora Alejandra Reynoso podría dar cuenta de esto, de un personaje desgastado y devorado por la política que justo se le otorgará como premio por su zalamería el poder sobre la Comisión Federal de Protección Contra Riesgos Sanitarios además de otros once centros federales concernientes a la salud de los mexicanos.

El aparato crítico sobre el que se fundamenta la autoridad de Hugo López-Gatell es muy básico y, como a todo demagogo, es fácil moverle la corona que estiba sobre su cabeza. Al doctor no le gusta el golpeteo, pierde cabalidad al igual que su jefe. La sorna con la cual pretende menguar la capacidad de sus “adversarios” que cuestionan su proceder puede eliminarse de su rostro de una manera fácil. Basta con sentarlo frente a especialistas que no estén arropados por el manto de López Obrador y que no teman a las represalias del Conacyt, para eliminar de su rostro la sonrisa. No obstante la cobardía del subsecretario prefiere la salvaguarda del reflector, ese universo ficticio frente a las cámaras donde construye sus verdades funcionales.

A Hugo López-Gatell le ocurrió lo que a todo político hambriento, se le olvidó que su agenda no es la del presidente. Y el presidente, como los ricos, es voluble por naturaleza. Los muertos tienen nombre y apellido, aún como polvo los cadáveres pesan. La Cruzada religiosa del doctor terminará en la inquisición. Creo que es tiempo de pedirle al pueblo que tenga memoria, porque dejar morir a tantos miles de mexicanos es también alta traición… y hay dos culpables que se pelean el micrófono.
 

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