Imagina una cata a ciegas, pero de párrafos en lugar de vinos. Dos versiones del mismo cuento, idénticas salvo por una etiqueta al pie: “escrito por un humano” o “generado por una máquina”. Nadie prueba el texto, prueba el nombre. Y ahí empieza un problema que la ciencia cognitiva lleva un par de años documentando con una insistencia incómoda: leemos con los ojos, pero calificamos con los prejuicios.
En Villanova University, la psicóloga Deena Weisberg reunió a 1,682 lectores y les pidió calificar seis relatos cortos, tres de autoría humana y tres redactados por ChatGPT. El resultado desmintió cierta vanidad literaria contemporánea: los cuentos de la máquina obtuvieron seis por ciento más de calificación en calidad y ocho por ciento más en capacidad de absorber al lector. Peor todavía, cuando los participantes creyeron que un texto lo había escrito una persona, aunque en realidad fuera obra de la IA, su calificación subió otro tres por ciento. La detección real de autoría, en experimentos posteriores, apenas rozó la mitad de los aciertos: entre 40 y 52 por ciento, casi lo mismo que tirar una moneda. No distinguimos, y cuando creemos distinguir, premiamos la etiqueta equivocada.
Weisberg lo resume sin rodeos: las suposiciones sobre lo que la inteligencia artificial puede o no puede hacer están cada vez más desfasadas de lo que realmente hace. Cameron Jones, de Stony Brook University, ofrece una explicación de por qué la prosa de las máquinas conquista con tanta facilidad: los modelos de lenguaje aprenden a comportarse como un personaje anodino que le agrada a todo mundo, mientras que los humanos reales somos raros y torcidos. La corrección amable vence a la voz propia, y eso también dice algo de nosotros como lectores entrenados por plataformas a preferir lo que no fricciona.
Pero el giro más inquietante llegó después, cuando otro grupo de investigadores repitió el experimento con textos de Raymond Queneau, el escritor francés que dedicó buena parte de su obra a jugar con la variación y el estilo, y sometió los fragmentos tanto a lectores humanos como a modelos de IA actuando como jueces. El sesgo hacia lo “humano” no desapareció al quitar a las personas de la ecuación: se multiplicó. Los lectores humanos favorecieron el texto etiquetado como humano por 13.7 puntos porcentuales; las máquinas, entrenadas con millones de textos escritos por nosotros, lo hicieron por 34.3 puntos. La IA no solo heredó nuestro prejuicio: lo exageró, como una fotocopia que oscurece los márgenes cada vez que se repite.
Queda entonces una pregunta incómoda para cualquiera que alguna vez pagó más por un cuadro con firma reconocible que por uno anónimo igual de bueno: ¿qué compramos exactamente cuando compramos literatura? ¿El texto que entra por los ojos o la garantía, casi religiosa, de que detrás hubo una conciencia sufriendo cada palabra? La máquina ya escribe historias que nos conmueven. Todavía no logra fabricar la certeza de que alguien más, tan mortal como nosotros, decidió contarlas, y quizás por eso seguimos pagando por ella.
herles@escueladeescritoresdemexico.com
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