“La educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo”. Esta frase de Nelson Mandela contiene una gran verdad: la educación cambia vidas porque abre puertas y tiende puentes; nos vuelve libres, plenos y felices. Quiero contarles cómo la UNAM cambió mi vida, así como la de millones.
Era 1975, mi primer año de preparatoria. Álgebra, la primera clase. El profesor, Manuel Guerra, me pidió que pasara al pizarrón. El pánico se apoderó de mí.
—Le voy a leer un enunciado —indicó—. Tiene que traducirlo en una ecuación que solucione el problema planteado.
—No puedo —me disculpé.
Lo más fácil hubiera sido pasar a otro alumno, pero insistió:
—Pase, escuche el enunciado y razonemos juntos.
Después de consumir la mitad de la clase pude construir mi primera ecuación, un modelo que solucionaba un problema real, algo que jamás había hecho. El profesor transformó la ignorancia, la pena y la derrota en una gran lección para un joven de 15 años. Así conocí la UNAM, en la Prepa 5, donde comencé a forjar mi carácter.
Inicié mis estudios universitarios en 1979 como parte de la primera generación de ingenieros en Computación de la Facultad de Ingeniería. Ahí encontré profesores que dejaron una huella indeleble en mi vida, como el ingeniero Marco Aurelio Torres Herrera, quien siempre decía: “La inteligencia radica en nuestra capacidad de criticar nuestros más caros sentimientos” o “estudiar desarrolla el músculo intelectual”. Maestros como él me enseñaron que de las derrotas se aprende y que los triunfos se comparten con respeto y humildad.
Más tarde entendí que al agregar experiencia al estudio es posible dar solución a los retos profesionales. Me tocó, por ejemplo, crear los primeros modelos que permitieron a los bancos de nuestro país dejar de otorgar pocos créditos (a tasas variables altas e iguales) a ofrecer muchos créditos, reconociendo y premiando la calidad crediticia de las personas con tasas fijas bajas y a largo plazo, incluyendo el seguro de vida y desempleo. Esto ha permitido que muchas familias compren una casa o consoliden un proyecto, lo cual es un ejemplo práctico de cómo la educación crea fuentes de empleo y transfiere valor a los negocios, a la sociedad y a nuestro México.
Gracias a la UNAM y a las empresas en las que he trabajado pude hacer un MBA en el IPADE y me certifiqué como Risk Manager en la Universidad de Harvard. Sin sus becas no hubiera existido forma de que yo pagara estudios de posgrado en esas escuelas, por lo que estoy eternamente agradecido. Lo que me recuerda una frase de Derek Curtis Bok —que está grabada en los puentes de Harvard—: “Si piensas que la educación es cara, prueba la ignorancia”.
Actualmente me siento muy honrado y afortunado de colaborar con Fundación UNAM como jurado en la evaluación de proyectos de investigación e innovación de la licenciatura, la maestría y el doctorado del premio anual Fundación UNAM-Afirme. Tengo el privilegio de estar vinculado con la comunidad universitaria y aportar una pequeña contribución al revisar, junto con prestigiados profesores e investigadores de la Universidad, los proyectos postulados. Este premio es entregado por el rector, Enrique Graue Wiechers. Finalmente, agradezco a Fundación UNAM por darme esta oportunidad.
Director general adjunto de Administración de Riesgos y Crédito en Banco Afirme y presidente de la Comisión de Administración de Riesgos de la Asociación de Bancos






