Como cientos, tal vez como miles, buscaron un hotel para pasar la noche en las cercanías del Azteca y llegar a tiempo, en medio del caos previsto para ese día, a la inauguración del Mundial. Encontraron uno en Tlalpan. Bien calificado, con 4.9 estrellas, a solo 600 metros de distancia.

Pero no llegarían a la inauguración del Mundial. Por el contrario, pasarían en ese lugar la peor noche de sus vidas.

Le habían llamado un día antes a la esposa de Carlos (el nombre es ficticio, la historia no) para confirmar su reservación, alegando que había gran demanda de habitaciones. Ella confirmó la llegada de su esposo y sus dos hijos, de 15 y 17 años, para las 9 de la noche del miércoles 10 de junio.

Ese día la ciudad estaba hundida en las horas de locura y anarquía y todos padecimos. La esposa de Carlos llamó al hotel desde su celular para avisar que su familia llegaría a las 11 de la noche. Le dijeron que no había ningún problema.

Carlos pagó con una American Express y llenó la hoja de registro. Entró con sus hijos a la habitación. Se fueron directo a la cama. No habían pasado 30, 40 minutos, cuando tocaron la puerta. Preguntó quién. No le contestaron. Decidió que no iba a abrir.

Minutos después sonó su teléfono celular. Le dijeron que tenía que abrir. Que abajo había un operativo y que, por su seguridad, tenían que darle instrucciones. En el pasillo estaban cuatro hombres con pasamontañas, armas largas y chalecos con las siglas del Cártel Jalisco Nueva Generación. Uno de ellos le puso un arma corta en la cabeza.

--No te equivoques. Pórtate bien, si no, vas a ver cómo les va a ir a ti y a tus hijos.

Afuera, en tres kilómetros a la redonda, había miles de policías y elementos del Ejército. Adentro, en el Quinta Tlalpan, Carlos y sus hijos estaban solos.

Los muchachos dormían ya. Todo pasó de manera confusa. No es exagerado decir que cuando se dieron cuenta, los tres estaban tendidos en la misma cama, con la espalda apoyada en la cabecera y las piernas extendidas. Les habían ordenado que bajaran las cortinas y pusieran celulares y dispositivos en la mesilla de noche. A través del celular de Carlos les hicieron una videollamada. Desde ahí, les dijeron, iban a vigilarlos. No podían cruzar palabra entre ellos, tenían que estar visibles en la pantalla, y si acaso querían ir al baño tenían que alzar la mano para pedirlo.

Fue pasando el tiempo. A Carlos lo interrogaron. Qué hacían ahí, a qué se dedicaba. Les dijeron que habían localizado, estacionado abajo, un Jetta cargado con drogas y armas de otro cártel (ellos iban en un Jetta). Les dijeron que tenían que confirmar si era cierto “que eran gente bien, buenas personas” y que solo iban al partido.

Los mantuvieron despiertos hasta las tres de la mañana. Cada tanto les lanzaban amenazas con un lenguaje que Carlos describe como aterrador, brutal.

No saben cuántas horas pasaron. Los despertaban si los vencía el sueño. Cuando se les cerraban los ojos, a los muchachos los dejaban dormir solo 15 o 20 minutos. Les repetían que solo querían comprobar que iban al partido y no a comprar drogas.

En algún momento de la noche los obligaron a eliminar frente a la cámara sus redes sociales, sus contactos, su historial de llamadas. Les hicieron bajar, desde los tres celulares, la aplicación WhatsApp Bussiness, para comunicarse también por esa vía.

Hacia las 4:30 les dijeron que ya habían localizado a los que andaban en el Jetta. Que los habían agarrado con fentanilo y con cristal. Que iban a ver qué hacían con ellos. Que se quedaran quietos. Que no se fueran a equivocar. Que se portaran bien porque el operativo se podía poner mal. Que si escuchaban tiros se metieran al baño o debajo de las camas.

Para entonces, uno de los hijos de Carlos había escuchado durante la videollamada que detrás del hombre que les hablaba había otras voces, no sabe si cuatro o cinco. También a esas voces les oyó decirle “que no se fueran a equivocar, que se portaran bien, que tenían que averiguar si de verdad iban a ir al partido o si iban a comprar droga”.

“Hasta entonces tuvimos claro de lo que se trataba. Lo estaban haciendo todo desde un verdadero Hubb de extorsión”, me dice.

La esposa de Carlos cuenta que el día del partido despertó a las 7:30 con un nudo en el estómago. Le marcó a sus familiares varias veces. Ninguno contestó. Ellos veían entrar las llamadas. Sabían que era el número de su madre y una ansiedad que no habían sentido los quería enloquecer.

Serían tal vez las 7:30 cuando le ordenaron a Carlos que llamara a su esposa. Debía decirle que al salir del hotel “los habían visto sospechosos” y los habían “levantado” en unas camionetas. Que los llevaban a otro lado. Él uso entonces la palabra clave que la familia había acordado como protocolo de seguridad. Su esposa entendió lo que estaba ocurriendo.

A partir de entonces, comenzaron a hablar directamente con ella. No debía llamar a la policía. Debía juntar lo más posible y llamarles desde la puerta de un banco. “Dijeron que fuera a un banco, que juntara lo más posible, que les llamara desde un teléfono nuevo, que el mío lo destruyera, que depositara 150 mil pesos repartidos en tres cuentas”.

Les habían dicho que cuando todo terminara y pudieran irse, les avisarían con una palabra: “Hey”. La palabra llegó cerca de las 11 de la mañana. Habían pasado prácticamente 12 horas. Tlalpan vivía a todo lo alto la euforia de un Mundial al que ellos ya no pudieron asistir.

¿Cuántos más habrán vivido lo mismo? ¿Cuántos más irán a vivirlo?

En la danza de las cifras alegres, ¿de cuántos casos no hay registro?

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