La leyenda más famosa del Café de Tacuba dice que en una de sus mesas el antropólogo neoyorquino Oscar Lewis conoció al mesero que inspiró uno de los libros más descarnados y polémicos de cuantos se han publicado en México. Un libro tremendo, y hoy un poco olvidado, que mostró el rostro verdadero del llamado “Milagro mexicano”: Los hijos de Sánchez.
El Café de Tacuba tiene otras leyendas: que el músico poeta Agustín Lara le dedicó a Josefina García, la esposa del dueño, la canción “Señora Tentación”, y que por tanto, el indignado señor no volvió a permitirle la entrada al café jamás.
Ignoro de dónde viene esta historia. El centro está lleno de leyendas y la mayoría son falsas: Lara le dedicó “Señora Tentación” a su primera musa, Angelina Bruschetta, o a alguna de las mujeres que llegaron después: tal vez a la bailarina del Teatro Iris Clarita Martínez, por la que el compositor dejó a María Félix, y quien fue el amor que Lara tenía precisamente en los años en que “Señora Tentación” se convirtió en película.
Otra leyenda cuenta que ahí se celebró en 1922 la recepción de la boda entre Diego Rivera y Lupe Marín, aunque en realidad la pareja se casó en Guadalajara. Lo que sí me consta, porque se lo oí decir a Ernesto Alonso, es que en una de las mesas de ese café María Félix y él conversaron por primera vez. Ella no filmaba aún “El peñón de las ánimas”: el ingeniero Fernando Palacios acababa de descubrirla y La Doña tenía un defecto que el propio Palacios le ayudó a remediar: tartamudeaba.
Los cafés llegaron a la ciudad de México en los últimos años del siglo XVIII. El más antiguo del que se tiene memoria estuvo instalado en la esquina de Tacuba y Monte de Piedad. El cronista Luis González Obregón —a quien la historiadora Clementina Díaz y de Ovando llamó “hombre ilustre que revolvió papeles viejos”— cuenta que un muchacho que se hallaba en la puerta voceaba la llegada de aquella novedad e invitaba a los caminantes a tomar café y comer molletes “al uso de Francia”.
Los cafés cambiaron la vida de la ciudad. Fueron los mentideros por excelencia, en cuyas mesas se acodaban escritores, periodistas, militares, clérigos “y en general gente ociosa”. El periodista y escritor Alfonso Sierra Partida aseguraba que en aquel primer café “se ideó más de alguna conspiración en contra de la dominación española”, y que Miguel Hidalgo y Costilla llegó alguna vez “con intenciones que no fueron las de rezar el Padre Nuestro”.
En las crónicas del siglo XIX se habla de los “charlistas de café”. Humberto Mussacchio y Marco Antonio Campos han escrito crónicas deliciosas sobre los cafés más antiguos e importantes de México. De todo ese mundo no queda prácticamente nada.
Solo el Café de Tacuba, inaugurado en 1912, y La Blanca, en 5 de Mayo, que existe desde 1915.
Me gusta pensar que el Café de Tacuba continúa una tradición en la misma calle en la que el café llegó a la ciudad de México. Lo abrió el tabasqueño Dionisio Mollinedo, en cuyo zaguán tenía una lechería con expendio de pan de dulce. Sus enchiladas y sus tamales lo convirtieron en un clásico metropolitano entre los años 20 y 40.
Hallé en la hemeroteca la nota de un asesinato ocurrido en el Café de Tacuba. Hace 90 años, el 25 de junio de 1936, el gobernador electo de Veracruz, Manlio Fabio Altamirano, fue asesinado ahí.
A Altamirano, cuatro pistoleros del grupo paramilitar conocido como La Mano Negra, del cacique y empresario azucarero Manuel Parra, lo habían seguido hasta la ciudad de México. En el café hallaron la oportunidad.
El gobernador electo era visto como una amenaza por sus ideas radicales y su deseo de conciliar al Partido Nacional Revolucionario (el antecedente del PRI) con las tendencias que encarnaba el Partido Comunista –que un año antes había obtenido su registro oficial.
La noche del crimen, Altamirano cenaba con su esposa, algunos amigos y varios miembros del PNR. Uno de los asesinos se introdujo en el café, que a aquella hora se hallaba atestado de comensales. El pintor Diego Rivera contaría después que estaba en una mesa contigua, que al ver el asesinato quiso desenfundar la pistola que traía en la cintura, y que alguien que lo acompañaba se lo impidió. No hay manera de saberlo: Rivera fue otro incansable generador de fantasías.
Un testigo relató que el gobernador electo sostenía en la mano una copa de helado. Cuando vio aproximarse al asesino, apartó bruscamente a su esposa: se escucharon entre seis y ocho tiros.
En el café, todo se volvió gritos y confusión. La gente intentó esconderse bajo las mesas. El pistolero, Rafael Cornejo Armenta, apodado “El hombre de la silla” por la forma de matar a sus víctimas, disparó mientras caminaba hacia atrás. Salió del café y corrió hacia un Chevrolet negro que lo esperaban en la esquina de Motolinía. Alguien quiso llamar a la policía, pero la línea telefónica había sido cortada.
La investigación fue dirigida por el procurador Raúl Castellanos. Fueron señalados el candidato a senador Manuel Olmos Ruiz, los generales Pablo Quiroga y Guadalupe Sánchez y Gildardo Alemán Lobillo, uno de los gatilleros que aceptó que le habían dado 500 pesos de adelanto por el trabajo.
Sin embargo, el crimen quedó formalmente impune, sin condenas firmes contra los autores intelectuales. Todo se arregló por el camino de la política y el puesto de gobernador lo terminó ocupando Miguel Alemán Valdés, futuro presidente de México.
Al caer la noche todo es bullicio en el Café de Tacuba. Reinan los tamales costeños y oaxaqueños, las enfrijoladas y las tazas de café con leche y de espumoso chocolate.
Los meseros dicen que por las noches se aparece el fantasma de una monja —y no el de Manlio Fabio Altamirano.
También hay mucho ruido en la calle. Justo enfrente está la fachada de la iglesia de Santa Clara, lo único que queda del convento demolido por la Reforma en 1861. Me acuerdo que ese año un tal Porfirio García de León compró el convento, le echó un lazo a la escultura de San Antonio el Cabezón que estaba en el nicho, y la arrastró por varias calles.
Quién sabe. A lo mejor esto último es también una leyenda.

