Estados Unidos tiene un problema de asesinos por imitación en escuelas o en espacios públicos que comenzó en los últimos años del milenio pasado: Pearl, Misisipi (octubre de 1997); West Paducah, Kentucky (diciembre de 1997); Jonesboro, Arkansas (marzo de 1998); Edinboro, Pennsylvania (abril de 1998); Springfield, Illinois (mayo de 1998); Richmond, Virginia (junio de 1998). Todos estos tiroteos, que provocaron muertes lamentables, fueron anteriores a la terrible masacre en el Instituto Columbine, Colorado (20 de abril de 1999), que parece sigue generando crímenes por imitación. Ahora en nuestro país ya que, por la fecha en la que ocurrieron los hechos (20 de abril) y los indicios hallados entre las pertenencias del agresor, existe un evidente vínculo con la tragedia de Columbine.
Es complicado entender las motivaciones que llevan a una persona a realizar actos de violencia que solo en apariencia son irracionales y carentes de toda lógica. Al respecto, Hediany de Andrade Melo, profesora investigadora del Departamento de Psicología de la Universidad del Atlántico Medio, España, fue líder de proyecto de un valioso estudio que examinó la motivación de los autores de 197 tiroteos masivos ocurridos entre 1966 al 2023. Sus resultados mostraron que en el 98% de los casos los autores fueron sujetos del sexo masculino; y en el 48.2% de los casos, los perpetradores tenían como principal motivación la búsqueda de reconocimiento social, problemas psicóticos, laborales o misoginia (los autores refieren que los datos deben tomarse con cautela).
Entre otros de sus hallazgos, el grupo lidereado por la doctora Hediany encontró que son actos en los que los tiradores actúan, las más de las veces, en solitario; en espacios públicos que tienen gran visibilidad (como en Teotihuacán); y sus acciones se dan en un solo evento, no dando oportunidad de un «enfriamiento emocional», es decir, el espacio de tiempo que trascurre entre un asesinato y otro, cuando el tirador vuelve a su vida diaria antes de cometer su siguiente crimen. No existe por tanto intención de repetir los crímenes y como se trata de un asesino totalmente determinado en su obrar, los hechos culminan, generalmente, con su muerte, reducido por la policía; o en suicidio, como en el lamentable caso que nos ocupa.
En mi consideración, jurídico penal/criminológica, subrayo que la motivación en este tipo de asesinos no surge de la nada, muchas veces es desencadenada por acontecimientos previos muy puntuales. Por eso sería importante realizar una autopsia psicológica al agresor para identificar con claridad su estado emocional inmediato a los sucesos, que incluya fuentes humanas (Humint): entrevistas con familiares, compañeros de trabajo, amigos, vecinos, novia o esposa (pasada o presente); pláticas con los testigos para obtener alguna palabra clave que haya mencionado durante los hechos (que denote odio selectivo, sentimientos de frustración, ira, etc.).
Y recopilar otras fuentes de información como posibles notas de suicidio; manifiestos en redes sociales (Osint); videograbaciones o fotos (Imint) antes de los hechos; e intercambio de textos en mensajería rápida o correos electrónicos. Máxime que hay evidencia de que no fue un hecho espontáneo, sino que hubo toda una ruta de la violencia que siguió el homicida (ideación, reconocimiento del lugar, planificación, preparación y ataque).
En suma, aunque comparte la opinión que se trata de un hecho aislado, no se debe minimizar lo ocurrido y, para no dejar cabos sueltos, investigar si el asesino de las pirámides actuó en solitario o fue motivado a actuar por algún autor intelectual; existe detrás otro partícipe en la planeación; o bien, fue inducido o manipulado por un grupo fundamentalista (xenofóbico), antifeminista (INCEL) o algún otro grupo radical al que pudiera haber pertenecido.
Lo ocurrido en la Zona Arqueológica de Teotihuacán, Patrimonio Cultural de la Humanidad y referente de México ante el mundo, no puede volver a pasar, sobre todo a 50 días de que arranque el Mundial de futbol.
Miembro de Número de la Academia Mexicana de Criminología.

