Celebré que la presidenta Sheinbaum cancelase una gira por Zacatecas, y desee que lo aprovechara para descansar. Creo (sin mayor ánimo crítico) que está agotada, pero existe esta idea de que guiar a la Patria exige ahogarse en sudor para demostrar energía inacabable y coleccionar admiración popular.
La ostentación de la energía tiene algo de narcisismo. Ella parece pensar que los fines de semana existen por capricho y no por sensatez. Es una herencia perversa de la fantasía medieval que ordena al rey visitar vasallos cada tanto; una ficción mítica del héroe, pero con un adarme de clasismo: a diferencia de ustedes, obreros mexicanos, su líder no descansa nunca.
Exigirse descanso supone elemental prudencia. Descansar como lo ordena el sentido común exige rebasar esa mitología que mira en el líder a un ser dispuesto a inmolarse. Reconocer que existen el músculo y los órganos indica respeto al cuerpo fatigado y que es menester descansarlo, pues sólo así se preserva el equilibrio del discernimiento y la anexa claridad intelectual. No se puede inaugurar una fábrica de chile piquín en Cholula y pensar en el TMEC al mismo tiempo.
No se trata de ser una militante cosechando simpatía, sino una presidenta inteligente. Hay quienes encuentren encomiable su voluntad de pasar tanto tiempo en “territorio”, como se dice ahora, muchas veces entre el caos, los empujones, la besadera, las selfis y las agresiones de la CNTE, regalando bienestar al Pueblo a costa del suyo propio.
Que deba trasladarse durante horas por aire y por tierra para hacer felices a 100 beneficiarios del Infonavit en Tabasco tendría mérito de no ser contraproducente. No sólo es complicado sino muy costoso. El Pueblo podrá alegrarse de verla en persona, derramando cariño y carisma, pero el tiempo invertido en halagar a 100 personas supone quitárselo a los ciudadanos que querríamos verla descansada, en control cabal de su mente, lista para enfrentar con energía renovada la cotidiana sobrecarga de adversidades. Preferir a los beneficiarios sabatinos es una injusticia social contra los millones que tenemos derecho a una presidenta descansada.
Sheinbaum está rodeada de secretarios de Estado rodeados de subsecretarios y directores y subdirectores de decenas de dependencias, agencias e institutos (y desde luego su partido político) que, en vez de representarla en esas giras, tienen que acompañarla y agotarse solidariamente con ella y, claro, perder su propio tiempo a cambio de emanar sonrisitas gélidas. ¿Qué caso tiene?
La semana pasada la miré por casualidad en YouTube instalando el “Centro Integrador de los Trabajadores Agrícolas de San Quintín”. Sheinbaum ocupa el presidium meneando la manita mientras el maestro de ceremonias anuncia que la acompañan la secretaria de Desarrollo Agrario Territorial y urbano, Edna Vega Rangel; el secretario de Infraestructura Comunicaciones y Transportes, Jesús Antonio Esteva; la secretaria de Bienestar, Leticia Ramírez; la aecretaria de Agricultura y Desarrollo Rural, Columba López; el director General del Instituto Nacional de Suelo Sustentable, fulano, y la mengana subsecretaria del Derecho a una Vida Libre de Violencias Invisibles (sic) entre otros funcionarios. Sólo la presentación presidiaria nos costó a los ciudadanos 10 minutos de eficiencia presidencial y 20 oficinas inoperantes.
Cada “personalidad” anunciada recibe sus aplausos y se palpa el pecho humildemente. Al final, la presidenta improvisa un discurso sobresaturado de bienestar y besa uno por uno a su subordinados.
Es obvio que está exhausta, pero lo más cansado de todo es que no puede decirlo.

