“Nuestra historia no es de obediencia, es de dignidad”, declaró enfática la presidenta Sheinbaum en su dominguera arenga, poniendo de ejemplo a su MoReNa, que es obediente y digno a la vez (igual que la Suprema Corte de Justicia, presente en el festejo, también obediente y digna).
Luego hizo saber al Pueblo obediente que es necesario conocer y amar a nuestra historia digna vista por el MoReNa, pues los partidos hipócritas “no conocen la historia de México ni a nuestro pueblo”.
Obediente que soy, acudí a una fuente de la que mana, incesante, nuestra historia reciente: los informes presidenciales del siglo XX, cuyos líderes heredaron al MoReNa su íntegra dignidad y obediencia. Veamos:
El presidente Ávila Camacho dijo en 1944: “Que se aparten de nosotros los mensajeros de la disolución y de la discordia. Hay en la historia horas como ésta en que la prevaricación, la pereza, el egoísmo y la crítica negativa merecen un solo nombre: el de traición.”
Díaz Ordaz dijo en 1965: “No deben participar en el Gobierno quienes sólo saben entorpecer la tarea de gobernar. Las grandes masas nunca serán convertidas en instrumentos de propósitos ajenos.”
Luis Echeverría, en 1971: “México ha vivido tres grandes revoluciones a las que debe su estabilidad, su progreso y su carácter nacional. Por ello, no confundimos los motines intranscendentes ni la política subterránea con la auténtica transformación del país, cuya paz interna es la mejor defensa de su soberanía.”
López Portillo en 1981: “Hemos manifestado nuestra oposición a todo tipo de injerencia. Al estrechar los lazos de amistad con las revoluciones de Cuba y Nicaragua, hemos subrayado la libre determinación de los pueblos. México, por simpatía y afinidad con la esencia de su lucha, la justicia social, las ha apoyado y lo seguirá haciendo.”
El mismo en 1982: “No incurro en el delirio persecutorio de hacernos víctimas de conjuras internacionales. No es hora de denuncias apocalípticas, pero sí de llamar a mi pueblo a mantenerse serenamente alerta contra toda forma de agresión y de injerencias extranjeras.”
Salinas de Gortari en 1989: “Lo fundamental es la soberanía de la nación: la facultad de la organización política de los mexicanos de conducir, por nosotros mismos, el camino de nuestra vida pública entre las demás naciones del mundo. México ha escogido el camino de la modernización nacionalista y popular. Esa es la mejor defensa de la soberanía para elevar el bienestar del pueblo mexicano.”
Y sigue Salinas: “En México, el Estado se aleja de dogmas para poder acercarse al pueblo. Atrás se queda la anquilosada opinión que confundía ser progresista con ser estatista. Hoy ser progresista se mide por la capacidad de defender la soberanía de la nación y por llevar la justicia al pueblo. Ser progresista se mide por las prácticas y los resultados, y no por la retórica. Ser progresista se mide por la capacidad de crear un Estado democráticamente fuerte, que garantice la independencia nacional. Ser progresista se mide por el aliento a las libertades individuales y, al mismo tiempo, por la participación popular organizada, para que por esta vía democrática se logre la distribución más justa de la riqueza y el bienestar de la población.”
Cierro con esto de López Portillo en 1980: “Es satisfactorio y ejemplar en estos tiempos de traiciones y desviaciones que, una vez más, como todos los años, podamos expresar la confianza, admiración y agradecimiento de la Nación a sus Fuerzas Armadas.”
La historia digna y obediente, ¿dijo quién?, la escriben los que ganan...

