“Yo soy como esa casa”, escribió Ramón López Velarde (RLV) en una crónica que describe la de su infancia en Jerez. Esa casa sobrevive, ojalá no amenazada por “los vientos de fronda” de la 4T ni por el narco. En cambio, la casa en que murió en la colonia Roma, que se llamó “La Casa del Poeta”, rindió en cambio su soberanía y ha sido tetratransformada. ¿Por qué? Misterio. ¿Lo aborrecerán por haber sido “reaccionario”?

Cuando en 1988 se cumplió el centenario de su nacimiento, José Emilio Pacheco, Gabriel Zaid, Monsiváis y otros jefaturaron una causa noble: restaurar la casa en que murió RLV y dedicarla a su memoria y a la de otras dos generaciones (pues acogería luego las bibliotecas de Salvador Novo y de Efraín Huerta). La petición fue escuchada por Alejandra Moreno Toscano, entonces secretaria de Desarrollo Social, quien la hizo valer ante el regente Manuel Camacho Solís. Nació así “La Casa del Poeta” como “Institución de Asistencia Privada” y miles de personas del Pueblo y la burguesía la visitaron durante 33 años.

Alejandra nos invitó a Hugo Hiriart y a mí a imaginar qué hacer con el viejo edificio. Creamos una réplica de la habitación en que murió el poeta, en la que un viejo armario se abría para ingresar a un ”museo imaginario” velardiano. Junto con Juan Villoro y Myriam Moscona constituimos el imperativo patronato honorífico que administró siempre Mari Carmen Férez. (Un rabioso perro de presa de la ”agitprop” obradorista me acusó años después de haber cobrado, robado y abusado de ese cargo...)

Quienes sí prestaron sus servicios como asesores culturales fueron poetas importantes como Elsa Cross y mis buenos amigos David Huerta, Antonio Deltoro y Eduardo Hurtado que hicieron de la casa un organismo vivo. En fin, es una larga historia. Recomiendo leerla en la cabal crónica que escribió Hurtado en la revista Liber, o la que acaba de publicar, ya cargado de “queja y nostalgia” Daniel Saldaña París.

De nostalgia, sí, en tanto que el gobierno soberano de la Ciudad de México votó democráticamente que “La Casa del Poeta” carece de tradición y de mérito popular y que es mejor llamarla “la casa de las palabras”, un apelativo tan bobo como llamar “utopías” a las ocurrencias de la mandamás potente, Clara Brugada.

Esta funcionaria cursi ha dispuesto que el trabajo que durante décadas hicieron aquellos poetas quede, de ahora en adelante, en manos de un señor llamado Andrés Carreño que se anuncia como especialista en “los géneros, la diversidad sexual, los micromachismos y las masculinidades hegemónicas”. Su curriculum lo identifica como “cabaretero”, cercano a una señora Ana Francisca Mor, también cabaretera y secretaria de cultura de la CDMX que, a su vez, es alumna destacada de Jesusa Rodríguez, alguna vez mujer de teatro que acabó como animadora de los mítines zocalares de la 4T, sus mejores piezas de cabaret.

No extraña pues que, como pregonan orondas las nuevas dueñas populares de La Casa del Poeta, las bibliotecas, el museo y el cuarto en que murió RLV, serán convertidos en lo que llaman un “cabaret público”, sea eso lo que sea, pero que seguramente estará relacionado con las enseñanzas de nuestras culturas originarias que nos dieron soberanía y grandeza y humanismo mexicano.

Adiós, Casa del Poeta Ramón López Velarde. Hicimos lo que pudimos durante 33 años, la misma edad prematura que tenías al morir en esa casa. Te fallamos. “Yo soy como esa casa”, podrías haber dicho ahora, ante esta segunda muerte. Pero no hubo forma de meter siquiera las manos. Ya no eres como esa casa. Ojalá que tu fantasma disfrute el cabaret popular.

Ni modo.

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