Una vida sin aplausos

Guillermo Fadanelli

El que prefiera el ruido que hacen los aplausos al que hacen las motocicletas posee la enfermedad del reconocimiento, mucho más grave que la novena ola viral que aqueja a nuestras sanísimas sociedades

Veamos; creo que existe una diferencia entre una habitación sin una jirafa y la misma habitación sin un oso. Y ambas habitaciones son distintas porque yo las he imaginado, sólo eso: me he imaginado al oso no estando, y a la jirafa ausente. Sin embargo, ambos animales continúan en mi mente, aunque no se hallen en el cuarto citado. Durante un tiempo imaginé también países sin ardillas y sin cucarachas, y me atraía más el país sin cucarachas. Era un idealista, claro. Y los idealistas se quiebran la cabeza contra un muro que parece no admitir diferencias sutiles. Después de idealista me convertí en un perro, en referencia a Diógenes, e incluso publiqué un libro en referencia a ambos personajes, el idealista y el perro. Procuro no citar mis libros, puesto que pese a escribir en primera persona no estoy hablando de mí.

Los aplausos aturden los oídos, son horrendos, y es a raíz de eso que uno debe huir de ruido semejante. El que prefiera el ruido que hacen los aplausos al que hacen las motocicletas posee la enfermedad del reconocimiento, mucho más grave que la novena ola viral que aqueja a nuestras sanísimas sociedades. Nuestras sociedades actuales son extremadamente sanas, de lo contrario no cultivarían tanto temor a la enfermedad. John Cage llegó a decir que no había escuchado en toda su vida un ruido que le fuera molesto. El extraordinario artista sonoro se refería a una abstracción, ya que no estoy seguro si soportaría el ruido de una sierra rebanando el cuello de un ser humano. Lo soportaría; sólo basta imaginarse la sierra sin el humano. Una acrobacia mental de esa magnitud no la podría llevar a cabo un criminal cortador de cabezas, como tantos que existen en el país.

Escribo ahora desde un hotel en el que suelo hospedarme desde hace veinte años; los hoteles son mi debilidad, mientras no sean demasiado ruidosos y no se aplauda dentro de ellos a nadie. Por curiosidad he encendido la televisión en donde transcurre el entretenimiento de buena parte de la sociedad absolutamente sana en la que vivimos y me he aterrado ante lo que he observado en la pantalla. Nadie, más o menos cuerdo, creo, desearía vivir en una sociedad en donde existen películas que se llaman Kung Fu Panda-3; Rápido y Furioso 14; Guardería Jurásica 22; o filmes lamentables e interminables en los cuales millones y millones de balas se estrellan contra cuerpos, muros y toda clase de objetos físicos. Estoy seguro de que nadie me creerá si afirmo haber visto un comercial en el cual un actor mexicano de amplia riqueza económica y conocido en el medio de la farándula (ese mundo rosado como el trasero de un mandril), hace el anuncio de unas papitas y las declara la herencia del pueblo de México. No ha expresado nada nuevo; las papas fritas han sido la herencia de ese “pueblo” al que se refiere, papas y refrescos para beneplácito de la sana sociedad que tal parece lleva enferma un par de años y se encuentra a la espera de un tsunami de gripas maquiavélicas. El remedio a tu espanto es sencillo, se me dirá, “sólo imagínate una habitación de hotel sin televisión”. Lo he tenido que hacer, sólo después de encontrarme de forma inesperada con Casablanca y transportarme de la mano de Ingrid Bergman a los tiempos de la resistencia ante los nazis y su mesianismo destructor. Cada quien espera a su mesías y el suyo es el legítimo e indiscutible redentor. No se siguió el ejemplo de Manuel Lacunza, quien a finales del siglo XVIII intentó conciliar a los extremistas afirmando que el mesías judío y el cristiano podían encarnar en una misma persona. No tengo dudas de que la pandemia se ha interpretado para los nuevos milenaristas como una época de apocalipsis y los ha desquiciado más allá de lo normal. En 1492 tres acontecimientos dieron seguridad a los españoles de que llegaba una nueva época: la conquista de Granada, la expulsión —y conversión— de los judíos y el descubrimiento del Nuevo Mundo. Sucesos extraños acecen hoy en día. Hace unos días recordé y cité de memoria un libro de ensayos escrito en alemán (yo leí la traducción). Alguien me preguntó si lo había escrito un hombre o una mujer. Yo sólo respondí; “no tengo idea, sólo sé que era un buen libro y eso, en mi caso, es
suficiente”.

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