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Un mundo para Said

Guillermo Fadanelli

Es posible que para afrontar la década que se aproxima uno tenga que responder a preguntas como: ¿qué clase de personas habitan sobre la tierra?

Es posible que para afrontar la década que se aproxima uno tenga que responder a preguntas como: ¿qué clase de personas habitan sobre la tierra? ¿En qué ha cambiado el concepto de transformación del mundo? Sé que al tratarse de un cuestionamiento tan amplio o general las mismas preguntas tienen que parecer ociosas. Se me ha ocurrido plantear esta cuestión de modo sencillo y sin rodeos, puesto que cada día tengo la impresión de que ya no habito en un lugar que pueda progresar o modificarse humanamente y que el trastorno de los viejos paradigmas morales y modos de convivencia es más que evidente. Cuando en febrero de 1994, Edward W. Said participó en las Conferencias Reith —inauguradas en 1948 por Bertrand Russell— tenía claro cuál debía ser la posición de los artistas, pensadores o intelectuales ante los problemas comunes de su época y de la sociedad que habitaban. En palabras de Said una de las tareas del intelectual era romper los estereotipos y las categorías reduccionistas que limitan el pensamiento y la comunicación humanos. Afirmaba no tener ninguna duda de que el pensador estaba en el mismo barco que el débil y el no representado; se encontraba a favor del sentido crítico; se oponía al autoritarismo de cualquier poder, y se negaba a aceptar fórmulas simplistas acerca de los problemas que atañen a las personas. Said expresó en sus conferencias que el intelectual, pensador o artista no deben descuidar del todo la realidad social y limitarse sólo a los problemas abstractos, además de que tienen que poseer una “energía racional casi atlética” y estar dispuesto a luchar para mantener un equilibrio entre los problemas del propio yo y aquellos que conciernen a la vida pública. No se trataba en aquel entonces de un problema nuevo —pues ya Julien Benda, George Orwell, Sartre y otros se habían manifestado al respecto—; lo que creo es que las palabras de Said, pese a que simpatizo con ellas en casi todos aspectos, carecen en el 2020 ya de un mundo en el cual ser practicadas. Said habría acusado de holgazanes a todos aquellos que renunciaran a mantener la crítica de la situación social y la defensa de los más débiles justo porque la sociedad ya no puede modificarse (Lyotard, etc..) y parece haber tomado un camino sin retorno posible hacia donde la conduce la moral tecnológica y la renuncia a la crítica, los libros o el discernimiento individual. ¿Qué clase de mundo es uno en el que cualquier gobernante asumido como gran autoridad es capaz de inmiscuirse en la vida cotidiana de la gente, en sus creencias y en su autonomía para decidir cómo quiere actuar ante determinada situación? Si las personas se muestran incapaces de ser influidas por las ideas, los conceptos, las teorías y la crítica de quienes poseen mayor conocimiento sobre tal o cual asunto es que han perdido el hilo del progreso intelectual y se han instalado en el centro de una comunicación paralizadora. Perder la capacidad de informarse por cuenta propia es un problema en verdad mayúsculo y que deja muy por detrás dilemas sanitarios (por demás exagerados y ambiguos) que actúan más en contra de la salud mental colectiva y del ámbito de la libertad que en contra de la salud corporal. Actuar por propia decisión y buscar en los pensadores respuestas o aclaraciones acerca del entorno es una práctica en desuso. El hombre y mujer derrotados como entidades pensantes, manipulados por empresas transnacionales, informáticas y de comunicación; ordeñados hasta el paroxismo como consumidores; atemorizados y despojados de la posibilidad de poseer una concepción sobre la vida y la muerte; atenidos a las directrices histéricas de las redes sociales; condenados a ejercer trabajos basura de ínfima remuneración y vacuo futuro. ¿Qué clase de mundo común podrían formar estas personas? Ninguno que a Said se le habría ocurrido. Los artistas e intelectuales (incluyo periodistas, profesores, analistas sociales, etc…) ya no parecen ser un eslabón hacia el progreso. Su importancia es menor y muchos de ellos carecen de espíritu crítico y racionalmente atlético. Un mundo decepcionante.

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