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23/09/2019
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El escritor francés Roland Jaccard ha escrito en su libro Cioran y compañía, refiriéndose al filósofo rumano, lo siguiente: “Que Cioran haya sido seducido en su primera juventud por la lógica demente de un cierto Adolf, puede comprenderse. Después de todo, en el género nihilismo apocalíptico kitsch, Hitler no era carente de encantos. Sin embargo, el hecho de que Cioran se consagrara a la grandeza de Rumanía puede parecer simplemente grotesco. ¿No era acaso el autor de aquella frase copiada cuidadosamente en mis cuadernos de adolescente?: Un hombre que se respeta no tiene patria. La patria es un chancro.” (Bataille llegó también a experimentar una atracción lúdica por la figura de Hitler, no por sus acciones, sino por su desmesurada extravagancia). Pero la adolescencia es un problema, vaya si lo es. Y más cuando podemos comprobar que la sociedad en su conjunto es como un niño camino a la adolescencia, caprichoso, terco, analfabeta, embebido en la parafernalia trivial de la tecnología, atrapado en una rebeldía bruta, inconsciente de la historia y demás. Un ser humano es muchas personas a lo largo de la vida. Dice Jaccard, como ya antes lo había sugerido Ernest Mach: “Ningún hombre sabe quién es, nadie es en verdad alguien.” Y decir que somos el resultado o consecuencia de nuestras decisiones o acciones pasadas no es más que una frase extraída de la ciencia lógica que no ayuda a nadie a la hora de preguntarse: “¿Cómo he llegado a ser esto?” “Cómo es posible que me haya convertido en la persona que soy ahora?” “¿Quién fue ese rotundo imbécil que tomó las decisiones que me han llevado a ser quien soy en la actualidad?” Ninguna de las preguntas anteriores tiene sentido, basta con modificar la concepción del yo, del tiempo, de la duración y continuidad para anular su pertinencia. Bastaría leer o revisar a Bergson, por ejemplo, para modificar el sentido de todo este cuestionamiento arbitrario e inútil.

Temo confesarles que siendo un adolescente de 15 o 16 años, los oficiales o alto mando de la escuela militarizada en donde fui recluido, me enviaron a desfilar al Zócalo en una celebración de la independencia mexicana. Armaron a una compañía de alumnos de la misma edad, nos pertrecharon con un mosquetón 7 milímetros y nos lanzaron a realizar esa trayectoria de la ignominia. Todavía logro recordar los ejercicios de entrenamiento, la incomodidad del traje de gala, el tiempo invertido en mantener impecable el uniforme y el calzado, el olor a cuero y sudor de los contingentes militares entre los que el grupo de cadetes desfilábamos, el paso ante el balcón presidencial, mi honesta y furibunda atracción por el cuerpo de bastoneras que marchaban a 50 metros de nosotros. Durante mucho tiempo me avergoncé de un hecho semejante y lo oculté pacientemente, hasta que me hice mayor y comprendí que era sólo carne en movimiento, cosa, costra animada de vida e indefensa ante la manipulación. Incluso escribí una novela al respecto, una metáfora de hechos que no me parecen reales, pues considero que ese joven que llevaba mis apellidos no es más que producto de una imaginación incapaz de concebir un tiempo no lineal, discontinuo, misterioso y fuera de cualquier comprensión sensata o mecánica del devenir humano. Miro la fotografía de un joven Charles Bukowski vestido de militar, cargando un rifle, marchando, y siempre atado a esa mirada de sorna tan propia de él; y ello me reconforta. Nada posee sentido en nuestra vida, ramifificación anárquica de quien sabe qué acontecimientos hilados por pura inercia y contingencia inevitable. No obstante, me incomoda saber que marché para celebrar la independencia de un país que comenzaba a desmoronarse en la década de los 70 y que no ha podido tomar camino; un país que aún no logra convertirse en una casa o un refugio que arrope a quienes habitan dentro de sus límites geográficos (sin seguridad no hay país). Mi memoria se hace de estas remembranzas motivada por el espectáculo reciente de la celebración innecesaria y necrófila de la independencia. No obstante la nebulosa consistencia de los hechos del pasado, me alegra no recordar aquellos acontecimientos de adolescencia con placer o alegría, sino con azoro y cierto pesar. Y vuelvo a Jaccard: “Ningún hombre sabe quién es, nadie es en verdad alguien.”

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus obras destacan Lodo, Educar a los Topos, Mis mujeres muertas, El hombre nacido en Danzig y Hotel DF (novelas); Plegarias de un inquilino (crónicas); Insolencia literatura y mundo...