No puedo escribir más allá de lo que soy, de lo que pienso, de mi desgracia y de mis sueños. Partir de uno mismo para narrar o expresar cualquier idea o sentimiento no es una decisión: simplemente es así y todo pasa ante mis ojos como si lo escrito no me perteneciera, como un ser vacío a través del cual es posible ver sombras; la mente y el cuerpo (que es sólo una extensión de aquella) son mi personal caverna de Platón. No existe en su interior más que confusión, distorsión y almas perdidas que andan en busca de su origen. No la pido a nadie que comprenda algo así, pero al menos me tranquiliza escribir que quien ha vivido no he sido yo, sino los otros, los piratas que han tomado la embarcación para izar su estúpida bandera.

Tenía 26 años y una pareja que estaba deseosa de ofrecerle pan y vino a la vida. Nos encontrábamos a las afueras de Pisa, en una especie de castillo, una inmensa casa de piedra que disponía de 30 habitaciones. La propietaria era una duquesa aficionada a la equitación. Su esposo, un científico connotado. Pasamos varias noches allí y comíamos de la pasta que preparaban los cocineros y bebíamos los vinos que se abrían paso hasta la mesa desde una oscura bodega. Días antes, en Roma, nos calentábamos el cuerpo al lado de varios pordioseros que tomaban los botes de basura y prendían fuego a su contenido; se frotaban las manos y nos abrían un lugar entre sus cuerpos, ya que apretados entre sí hacían florecer calor en aquel duro invierno italiano. Dos semanas después y luego de haber jugado sobre una cama mullida en Pisa y rodeados de sirvientes, dormíamos en la estación de trenes en Milán cuidándonos de que los gendarmes no nos echaran de la sala de espera en plena madrugada, ni que los crápulas callejeros intentaran robarnos nuestras bolsas y mochilas. Y así anduvimos meses, algunas puertas se abrían y otras se cerraban. Jamás tuve envidia de la riqueza, pero apreciaba la generosidad y la buena suerte. Después mi pareja y yo tuvimos que separarnos durante el viaje debido a que uno podía encontrar mayores esperanzas de habitación y hospitalidad vagando a solas: fue un hecho triste. Las noches en la costa azul francesa se combinaron con mis noches durmiendo en un parque de Marsella, o en una banca frente a la Gare de Lyon. No añadiré más; he sido testigo de la riqueza intimidante y de la pobreza que te astilla los huesos y mastica tu ánimo. La riqueza no me impresiona, pero deploro a la izquierda exquisita, esa farsa que soporta representar la justicia para el miserable mientras hace negocios millonarios desde sus puestos privilegiados. A los ricos se les llama al orden desde las instituciones, pero ¿qué hacer con el “pobre” millonario que desde su puesto público no hace más que impedir la marcha hacia ese cada vez más utópico bienestar inteligente y equitativo?

Hace unos días me reconvinieron por llamar “monos” a los participantes de una gresca en el estadio Corregidora durante un partido de futbol y proponer que los dejaran aniquilarse entre sí. Me disculpo por no haber llamado “gladiadores” a estas bestias apasionadas que defendieron su honor, su terruño, su orgullo ante el fiero enemigo que

amenazaba a su familia, a su plaza o no sé qué. Querellas así son la consecuencia de décadas de penuria económica, educación pública deficiente y de una fatal concentración de la riqueza que los dos consorcios de la televisión avivaron en pos de sus propios intereses. Un exceso de entretenimiento sonámbulo en vez de una programación interesante capaz de dar solaz y no atrofiar la capacidad crítica. En mi pasado hay un extenso número de peleas a golpes, y aunque nunca agredí primero terminé siempre avergonzado y deprimido. Sin embargo, un individuo no hace verano y aquellos fueron sólo episodios desafortunados. Lo volvería a hacer dadas las circunstancias en que ocurrieron los hechos. Pero la gresca masiva de esta reunión de solitarios en el estadio —como les llamaba Octavio Paz—, nos permite mirar la jaula que les han creado; son culpables como individuos, pero también se les ha escatimado la calidad humana. La televisión más los gobiernos carentes de estadistas y parlamento (en el sentido de la conversación entre diferentes) se han dedicado a arrojarles plátanos a la jaula; y ahora la quejumbre vana, seguida del olvido.

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