Rebelión y astrofísica

Guillermo Fadanelli

La incapacidad de adaptación a los ejércitos de la globalización pareciera ser una tara o arritmia que provoca incertidumbre en los reclusos puestos a bregar en el camino

La rebeldía despierta a la risa. Rebelarse ante lo que nos es impuesto, o tratar ser autónomo y más ágil dentro de una atmósfera que casi no permite el movimiento del ser libre —aquel que eligió no pertenecer de manera definitiva a ninguna secta productiva que lo reduzca a cumplir sólo una función— da la impresión de ser una gran tontería. Ir a la contra de lo impuesto es una especie de delito sicológico, o simplemente un crimen a secas. ¿Es así? ¿Qué importancia tiene? La incapacidad de adaptación a los ejércitos de la globalización pareciera ser una tara o arritmia que provoca incertidumbre en los reclusos puestos a bregar en el camino. Gritar en público, reclamar, alzar la voz contra el abuso de los emporios, corporaciones, instituciones o centros de poder (de cualquier clase) se asemeja en la actualidad más a un acto de locura, ingenuidad y mala educación; esto porque en realidad no sabemos a quién o a qué, exactamente, van dirigidas las quejas, los golpes, la amargura de saberse inquilino de una soledad social demasiado ruidosa: los culpables no existen, son invisibles, desaparecen bajo el humo creado por una burocracia virtual ajena a sí misma y por corporaciones ocultas detrás de unas siglas ambiguas (nuevos símbolos religiosos). En caso de que el arte fuera —como pensaba Schiller— promotor de cierta armonía social y de una comunicación más genuina y solidaria entre los seres humanos, se enfrentaría a una insuperable paradoja, pues un arte dirigido sólo a cumplir una función (social, por ejemplo) pierde su capacidad lúdica, inesperada, beligerante e inductora de la inteligencia. Resulta, al menos más emocionante, que tal arte carezca de una función delimitada y de un estar allí, de un lugar calculable, hecho que le garantiza, además del misterio necesario para vivir, la posibilidad de no ser asimilado, succionado, y de lograr mantener todavía una mínima dosis de rebeldía en contra de la desmemoria histórica y del amansamiento extremo. La cultura es una lucha contra la desmemoria, he llegado a exclamar. ¿Lo es? 

Las querellas que se producen en las plazas cibernéticas (redes, aplicaciones, etc...) entre usuarios o entes virtuales –no la lucha de uno contra el espejo, sino la del espejo contra el espejo– pareciera ser el legítimo debate de la actualidad. Es más común y realista ceñirse a la novedad tecnológica, como si cualquier novedad no viniera fraguándose desde tiempos remotos e indefinibles a partir de un complejo tramado de relatos biológicos, históricos, literarios, técnicos, etcétera; como si la novedad no fuera el más común de los estímulos del yo que sufre su propia curiosidad por conocerse: nada hay más viejo que lo nuevo. “En realidad sólo puede llevarse a cabo lo que ya es”, escribió Martin Heidegger al principio de "Carta sobre el humanismo". Veo la televisión. Una serie sobre ciencia. Miro y escucho a un científico hacer patente su deseo de que los seres humanos habiten otros planetas o lunas y se transporten a millones de años luz de distancia cuando, a unos escasos kilómetros o metros, probablemente, emerge la suciedad, el deterioro intelectual, el crimen y los humanos que allí habitan se encuentran hacinados, aunque virtualmente comunicados: ¿no deberíamos considerarnos más bien desterrados o exiliados para siempre del mundo estelar? El progreso científico debe seguir, sí, aunque es un tanto hipócrita que lo haga en nombre de una supuesta humanidad. La precariedad económica, detestable para cualquiera que se considere a sí mismo un ser ético o político, es caída de la inteligencia, del arte y de la imaginación misma. Paul Feyerabend exclamaba, en "¿Por qué no Platón?", que los expertos buscaban llegar muy alto a costa del desarrollo equilibrado y que, en cambio, los diletantes, al inclinarse por la imaginación y el juego conseguían que la ciencia diera algunos pasos hacia adelante. ¿Habitar otros planetas? Carajo; ante un sueño así, quejarse por el crimen o la pobreza resulta de una inocencia bárbara o primitiva. Me disculpo. Esperemos pues, lograr subirnos algún día a la nave espacial, habitar otro planeta y comenzar de nuevo. 

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