El niño curioso y el anciano decrépito que habitaron en mí durante la época de mis veinte años, se enfrentaron por primera vez a Peter Handke, a mediados de 1985. La novela se titulaba La mujer zurda (Alianza Tres; 1979) y, como cualquier obra de evidente valor artístico, causó en mí una sensación de extrañamiento. Cuando, dos décadas después, la leí de nuevo, me di cuenta de que durante mi primera lectura era yo un desconocedor flagrante del universo femenino, y de que no podía yo tampoco comprender que la frialdad, la precisión maniaca por el detalle en apariencia superfluo, y las observaciones aledañas a la trama, ponían también de manifiesto una incómoda relación entre el lenguaje y ese nido de tonterías que llamamos “realidad”. La mujer, protagonista de La mujer zurda, es más que un misterio o una metáfora de la confusión bestial de los sentimientos: es una presencia aterradora cuya inteligencia se expresa en los detalles que aluden a su vida cotidiana y a la teoría que ella misma construye de su propia intimidad: “Ayer pensé que de vez en cuando sería muy agradable que hubiera Dios”. “No me gustaría ser feliz. Tengo miedo de la felicidad”. “En compañía se hace todo tan anodino”. De hecho, un actor que la pretende le dice abiertamente: “Su rostro es tan dulce... ¡como si fuera usted siempre consciente de que tenemos que morirnos!”. No le faltó razón a W.G. Sebald cuando en su libro de ensayos Pútrida Patria (Anagrama; 2005) hizo notar que Handke profesa, como tantos escritores austriacos, un escepticismo hacia el lenguaje y que lo utiliza, más que para trascender la realidad, para rodearla.

La feminidad intrínseca del lenguaje, la opacidad de los sentimientos brutales y su estilo resistente a toda complicidad con el lector, fueron algunas de las impresiones causadas por mis primeras lecturas de Handke. El tiempo lo convirtió en uno de mis escritores de cabecera y así me di a la tarea de convertirlo en un misterio amigable. El personaje central de La mujer zurda considera que en cuanto las personas creen saber más acerca de ella, más libre de ellas está. Así también, Gregor Keuschnig, el protagonista y burócrata de El momento de la sensación verdadera (Alfaguara; 1981), sabe que se ha convertido en otra persona, en otros hombres; sin embargo, debe continuar edificando una vida normal. De esa manera podrá ser comprendido y aceptado. Habla sobre sí mismo sólo para distraer a las personas y alejarlas de su concreta ambigüedad. Es probable que la libertad absoluta se encuentre en el utópico momento en que todos los que nos rodean concuerdan en que somos una persona. El yo que construyen los otros no es el verdadero, pero es el único que puede poseer un papel y ser aceptado por el mundo. Claire Madison, personaje de Carta breve para un largo adiós, (Alianza Tres; 1976) hace algunas observaciones sobre su hija de dos años (“la niña”) que atizan un poco más el temor a vivir, constante en la obra de Peter Handke. Claire acentúa el hecho de que la niña tiene temor a las cosas que pueden cerrarse y que, sin embargo, continúan abiertas. Por esta razón exige que la cajuela del automóvil o el último botón de la blusa de Claire se cierren cuanto antes. Así también, concluye Claire, la niña siente un vacío insoportable cada vez que alguien le arrebata un juguete u otra cosa de las manos, no debido a un instinto o deseo de posesión, sino a que no logra comprender por qué aquello que tenía consigo, que era suyo, ahora ya no está. Es el miedo, no la posesión, lo que causa en la niña una angustia y una repentina y desconcertante orfandad. Todo lo que es abierto es una trampa, y nada de lo que uno posee lo tendrá eternamente.

Josef Bloch, el mecánico desempleado y alguna vez portero de futbol, se despierta en su hostal y siente como “si se cayera de sí mismo” (El miedo del portero al penalty; Alfaguara 1979). Había dejado de encajar en la realidad y sus instintos asesinos se le revelaban tan claros como si pudiera ir más allá de la mera iluminación. Y, sin embargo —aquí la destreza narrativa de Handke se transporta a la filosofía— no logra más que pensar a través de las sensaciones, o más que “pensar” lo que Josef Bloch hace realmente es resentir la gravedad de ese otro que lo ha tomado por asalto a medio camino del sueño. Y aquí acudo a la reflexión de Sebald acerca de Bloch y con la que yo estoy totalmente de acuerdo: “El hecho de que Handke no se permita en ningún lado la heroicidad de su protagonista es el primer requisito para un estudio literario que se propone menos la metafísica que una fenomenología concreta del comportamiento angustiado”.

La literatura quirúrgica y desquiciada, plena de demente tranquilidad de Peter Handke, puede despertar asociaciones con el existencialismo y la literatura y ciencia provenientes de Austria, mas no es este el lugar para ocuparse de ello. Ahora que la Academia Sueca retornó a la vieja costumbre de otorgar su manoseado galardón a un escritor real (al lado de la polaca Olga Tokarczuk) me he aprovechado para escribir esta nota. Si alguien desea conocer lo que Handke piensa acerca de su obra acudan a Pero yo vivo solamente de los intersticios (Gedisa; 1990), sus conversaciones con Herbert Gamper. Termino citando el epígrafe de Los avispones (Ediciones Versal; 1984) que dice: “Irás, volverás y no morirás en la guerra”. Siempre será peor volver.

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