Oposición

Guillermo Fadanelli

Hay que aprender a no tener razón, a escuchar, a hacerse a un lado si ello procura un bien civil, pero también a pelear cuando sea necesario si uno tiene suficiente corazón para que la política no termine de pudrirle el alma

Una pregunta esencial en política o en cualquier asunto ético que ponga en peligro la tranquilidad, es bastante sencilla de hacer: “¿Cómo van las cosas y qué podemos hacer para remediarlas?” Cuando algún amigo desea enemistarse conmigo o le molestan mis opiniones, o mi persona, sólo hace falta preguntarle: ¿Qué sucede y cómo lo remediamos? Sin embargo, imbuidos y un tanto obsesionados en complots, misterios, guerras de intereses, cavilaciones profundas, análisis del presente, sociología periodística, chismes de salón y rivalidades banales, es difícil hacerse a un lado, aislarse, hacer preguntas sencillas y ponerse a trabajar con el propósito de no hacer más pesada la hazaña de vivir. Claro que uno debe aprender a no tener razón, pero algo así resulta muy difícil de conseguir. Uno desea a toda costa tener razón, aunque ni siquiera posea un concepto o una idea más o menos clara de lo que significa la racionalidad y esta se confunda con la imposición de nuestros juicios subjetivos, deseos, o simplemente con el hecho de poner en marcha el poder.

Si uno deseo alcanzar algunas gotas de felicidad, lo más pertinente es alejarse de la política profesional que tan malas cuentas ha entregado durante las últimas décadas. Antes pensaba que no requeríamos de esa política para vivir y que bastaba con ser buenas personas y construir un mundo aparte en la medida de lo posible. Sin ese mundo aparte uno quedaría prisionero de los peores ejércitos y de las personas más desagradables que uno pueda imaginarse. Hoy sé que ser una buena persona es insuficiente, puesto que el estar todo el tiempo temeroso de ser vejado, humillado supone una caída social y un deterioro persistente de la convivencia pacífica. Hegel, fue el primer pensador que hizo de la filosofía reflexión de su tiempo, que consideró la creación de instituciones como alivio en la confusión de la época moderna e hizo de la razón el hilo conductor para resolver los problemas sociales. No ha pasado mucho tiempo desde entonces, cerca de 200 años. Sus ideas, como las de Nietzsche, influyeron en el siglo veinte de manera excepcional y dramática.

Cuando se habla de oposición política —la cual parece ser la palabra más citada en estos días— ¿a que se refiere uno? Hay dos oposiciones que, de inmediato, sobresalen; la que se enfrenta a un poder que sojuzga y oprime, o, en segundo lugar, las ideas, proyectos ideológicos, civiles, etc... que se oponen a otros que le son desagradables o insoportables. La segunda clase de oposición no prevalece en este momento, y ello representa una desgracia puesto que es, en esencia, constructora de mundo. (La alianza entre esas tiendas departamentales llamadas hoy partidos es hoy en día reveladora). Comprendo que el hecho de que el señor presidente y quienes le son incondicionales hayan intentado imponer sus ideales de la noche a la mañana, cancelado el diálogo con la inteligencia, despreciado el valor aun endeble de las instituciones, abusado del populismo y convertido las conferencias del ejecutivo en actos de propaganda y descalificación constante, son formas autoritarias que ninguna población urbana mínimamente moderna podría pasar por alto (tanto tiempo perdido y dedicado a criticar la institución del INE cuando su acción demostró eficacia e imparcialidad excepcionales).

Hay personajes que deberían alejarse de la política, Fox, Calderón, por ejemplo, que tuvieron la oportunidad de ser estadistas y la desperdiciaron de una manera lamentable. No conozco personalmente a estos señores, y además no acostumbro citar nombres propios, pero sospecho que sólo traerán más dolores a este país que no termina de construirse. Hay que aprender a no tener razón, a escuchar, a hacerse a un lado si ello procura un bien civil, pero también a pelear cuando sea necesario si uno tiene suficiente corazón para que la política no termine de pudrirle el alma. Para Schiller, a quien se lee demasiado poco, la razón estaba ligada a la comunicación y al arte. Él confiaba en el arte como una forma de restablecer la armonía. Eso sucedió hace 200 años; apenas ayer.

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