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Obligado a ser libre y sano

Guillermo Fadanelli

¿Y quién va a obligarme a ser libre? La fuerza nada menos, la fuerza desde su sabia, legítima y contundente brutalidad

Cada vez que releo el párrafo de "El Contrato Social" en el que se sugiere al Estado obligar a los ciudadanos a ser libres, me confundo. El libro de Rousseau ha sido importante en la filosofía política y en mi educación personal, pero ¿obligarme a ser libre? Parece un despropósito o una broma conceptual. Obligarme a ser feliz; a ser una buena persona; todo ello se antoja risible. ¿Y quién va a obligarme a ser libre? La fuerza nada menos, la fuerza desde su sabia, legítima y contundente brutalidad. Una fuerza que emana de nuestro acuerdo, pacto, contrato y que el Estado vigilará para que sea aplicada, para su bien, a todos aquellos que desobedezcan. Los desobedientes están actuando contra sí mismos e, incluso, si uno de ellos se suicidara estaría actuando contra la voluntad general, contra el pacto y dañaría el cuerpo social. Si te suicidas para conservar tu vida entonces puedes hacerlo, permitiría Rousseau. Gracias. De modo que uno debe tener los mayores cuidados de no ofender a los gobiernos que representan al Estado porque nos acusarán de estarnos haciendo daño a nosotros mismos. Debo caminar con cuidado por la banqueta, pues si me caigo estoy descalabrando nada menos que... al Estado. Carajo; lo más conveniente es no ejercer ningún movimiento y dictar un “estate quieto” indefinido. Aquí un párrafo espeluznante que escribió el ginebrino en un capítulo respecto al poder soberano. “Así como la naturaleza ha dado al hombre poder absoluto sobre todos sus miembros, el pacto social da al cuerpo político un poder absoluto sobre todos los suyos”. No me alargaré más, ya que todos tuvieron en algún momento que haber revisado ese libro. Por supuesto que Rousseau respeta la libertad individual, pero sólo si procura bien al cuerpo social: al hacerte bien le haces bien a todos; al hacerle bien a todos te haces bien a ti, hombre libre que vives en un estado soberano. Allí justamente se concentra el nudo que sólo puede desatarse cuando no se llega a los extremos fanáticos de ejercer el poder indiscriminadamente: la libertad individual es lo único que posee el ser humano, el "yo", la persona capaz de tomar decisiones por sí misma. El ser común, el pacto social, en cambio, son teorías para la supervivencia de la comunidad, el pueblo, etc... No es que yo le dé prioridad al individuo, más bien es lo único que tengo y debo cuidar, incluso para hacer bien a los demás.

Cuando me ubico en México y me entero de la clase de personajes embarazosos que quieren gobernar, o ya lo hacen; que desean ser candidatos de un partido, representar la voluntad general y obligarnos a ser libres y felices, ningún retrete es lo suficientemente amplio para vomitar. Hay desde enmascarados, hasta locutoras de televisión y cronistas de sociales. ¡Qué magnífico ejército salvador! ¿Quién merece tanta alegría y privilegio? David Hume, y Rousseau también, afirmaba que los verdaderos artistas de una sociedad eran los legisladores ya que su prudencia, imaginación y conocimiento lograrían edificar leyes para la bonhomía de su sociedad. Tal pretensión ha sido degradada y ridiculizada. De modo que ahora cualquier diletante que quiere poder, sin experiencia en el discernir o en la función pública, se postula para obligarme a ser libre. Ya en estos meses se ha sufrido en el mundo una desconcertante experiencia global: el extremo desprecio a la libertad individual en pos de obligar a la “masa” a estar sana. A estas diatribas y discusiones sin final, siempre digo: “Rousseau, pero no tanto”. Pensar, cuidarse uno mismo, respetar a los otros, informarse, desconfiar de los dogmatismos, preservar la autonomía ante gobiernos que obligan en vez de conversar y convencer: todos ellos son senderos para transitar un “relativismo inteligente”, uno que va en contra del absoluto bien común, del ser obligados a actuar contra la propia voluntad y ser tratados como corderos en nombre de nuestro propio bien. “Cuidemos a la población”, exigen tantos que jamás han puesto atención en ella, que ni siquiera saben qué es eso y sólo se les ocurren medidas drásticas tramadas desde una elemental y peligrosa concepción del bien público (ahora hasta los enmascarados quieren subirse a esta pobre democracia anémica). No cuenten conmigo. Y, por cierto, ayer fue “día del amor”. ¿Qué diablos es eso? Un intercambio de salivas, diría E.M. Cioran.

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