Marinos y una sirena

Guillermo Fadanelli

“Si morimos, es que algo como la muerte está en nosotros”, escribe Pascal Quignard, en sus Pequeños tratados (Sexto Piso; 2016). Y hasta que leo estas palabras comprendo lo que sospechaba, pero no lograba descifrar en mi imaginación.

El libro es un ambicioso compendio sobre la nada y el lenguaje: ¿Cómo es posible, en realidad, decir algo y pensar que los otros nos comprenden? Algo como la muerte está en nosotros, ella es nosotros. No saber eso me descubriría como un ser amedrentado y temeroso de que la muerte que habita en mí se exprese. A fin de cuentas, somos el abecedario de la enfermedad, el muro en el que ella traza sus oscuros ideogramas.

Recuerdo de pronto, ahora mismo, que en El pan a secas (Cabaret Voltaire; 2012), Mohamed Chukri, ese marroquí atormentado, escribía que la conciencia de la propia aniquilación es una de las formas en que uno le agradece a la vida.

La enfermedad es más vulgar que el dolor, puesto que del dolor no sabemos nada y es como si una mano simiesca apretara una región oculta de la mente para entregarnos un recordatorio y hacernos chillar. Y luego se va, el dolor, se va a dar una vuelta por allí, como decimos, antes de regresar a chingar.

La enfermedad, en cambio, es como la ropa, uno se viste de cierta u otra forma y a veces hasta nos sentimos elegantes o ligeros según el atuendo. Y si tenemos porte sabemos vestirla y cuando las prendas se acaban, pues las tiramos y buscamos un overol o una camisa que reparen la ausencia.

Yo he perdido una considerable cantidad de amigos durante esta enfermedad populosa, no porque hayan muerto o enfermado, sino porque han expuesto una especie de moral incompleta y un desamor a la vida que es difícil soportar en alguien a quien se quiere. Ello sí que provoca dolor.

Quignard, citando a Tácito, dice que “no hay más que una tumba: el corazón del amigo”. Así comienza sus tratados. ¿Qué pasa cuando uno va quedándose sin tumbas que visitar? Viene la melancolía, el exilio obligado.

A finales de los años setenta, o por allí, decidimos, cierta tarde templada y adormilada, una amiga y yo, besarnos y acariciarnos dentro de su automóvil. Ella tomaba clases en el colegio Olinca y su posición social la hacía propietaria de un flamante Volkswagen verde último modelo. Elegimos un rincón del estacionamiento del Canal de Cuemanco que, en aquel entonces, se hallaba bajo custodia de la Marina Nacional. Éramos, ella y yo, tan pequeños como las lunas de júpiter.

La mala fortuna cayó sobre nosotros y seis marinos nos descubrieron, se aproximaron sigilosamente al inesperado escarceo y, de inmediato, nos ordenaron salir del vehículo. A mí me apartaron a empellones y me hicieron trepar a un jeep en el que me inmovilizaron, mientras dos de ellos intentaban manosear y aprovecharse de mi amiga que, paralizada a causa del miedo, no oponía ninguna resistencia a los flamantes vigías de los mares de la nación.

¿Qué podía yo hacer? Ellos tenían el poder absoluto; estábamos en su territorio y ninguna policía o autoridad se atrevería a enfrentárseles. Los marinos se alzaban dueños de aquel pedacito de “mar” en el que también almacenaban varias embarcaciones. Di un grito que se escuchó hasta los confines del Gran Canal y exclamé que conocía a los hijos del almirante Santos Degollado.

Al escuchar el nombre de un superior al cual temían los marinos se apartaron de mi amiga, y el de mayor autoridad me pidió una disculpa e incluso me propuso que continuáramos en nuestros menesteres amorosos. Había yo mencionado a gritos el nombre de un poderoso a quien, por cierto, no conocía.

Lo que siguió a esta arbitrariedad fue que salimos huyendo del estacionamiento, atónitos, atrapados en una telaraña de silencio y vergüenza. Habíamos penetrado las oficinas del infierno, y solo la casualidad y mi imaginación desesperada lograron evitar la vejación que jamás habría tenido castigo. ¿Por qué relato este pasaje? No tengo la menor idea.

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