La decepción de Kropotkin

Guillermo Fadanelli

La ingenuidad, desconocimiento del entorno propio, banalidad y ausencia de reflexión parece no abandonar la política en casi todos sus terrenos

Hoy justamente, 8 de febrero, se cumplen cien años de la muerte de Piotr Kropotkin. Las imágenes más socorridas de su persona lo delatan luciendo una enorme barba que parecía cubrirle el pecho. Como si le hubiera nacido el extremo de una profusa escoba en su mentón. Los retratos de su juventud denotan a un hombre de mirada y semblante apacibles. Escribió tanto que podría hartar incluso a un santo; lo hizo principalmente en periódicos y revistas de su época, aunque es autor de varios libros, entre los cuales el más consultado es La conquista del pan, y que cualquiera puede encontrar en la red. Acaso fuera el más reflexivo de los anarquistas rusos, y también el más rico, además de educado en la realeza. Prefería el efecto bélico de la palabra a la violencia, pese a que no desaprobaba ésta si su acción era necesaria para debilitar a un poder represor o totalitario. Fue un príncipe que renunció a sus bienes para pregonar una distribución justa de las propiedades: “Todas las cosas son para todos los hombres, puesto que todos los hombres las necesitan y todos han trabajado en la medida de sus fuerzas para producirlas”, escribió convencido y animado por la fuerza de sus ideales, sin imaginar que la revolución bolchevique terminaría decepcionándolo, como después lo haría con tantos pensadores a lo largo del siglo veinte. Si bien la coherencia o la relación estricta entre nuestros actos e ideas es imposible, resulta sorprendente encontrarse con la figura de un anarquista proveniente de amplias riquezas y de cuna noble. En nuestros tiempos es más común que se predique la santidad del socialismo y se increpe o ataque ásperamente al liberalismo desde el confort económico vitalicio, sin renunciar a las bondades de la opulencia.

El príncipe Kropotkin creía que al anarquismo podía llegarse desde la maduración de la opinión pública y de la solidaridad entre los seres humanos, lo que revela su creencia en la evolución de la masa por medio de un humanismo crítico. No en vano su decepción y su intención, al final de sus días, de intentar escribir un libro sobre ética. Después de toda una vida tratando de reconciliar la teoría con la práctica y la acción revolucionaria, se percató, tal vez, de que la solidaridad humana no era más que un idealismo ingenuo y de que los líderes de cualquier revolución terminarían convirtiéndose en príncipes, como él mismo lo había sido de nacimiento. Lenin se entrevistó con Kropotkin varias veces e incluso, pese a disentir en ideas trascendentales y estrategias de acción, aceptó que después de su muerte se le rindieran homenajes y que un cortejo de cinco kilómetros siguiera su ataúd a lo largo de las calles de Moscú. Una línea de George Woodcock, tomada de la fobia que Kropotkin profesaba hacia las conspiraciones, se impone en este momento: “Los revolucionarios no pueden hacer las revoluciones. Solamente pueden relacionar y orientar los esfuerzos que se originan entre las mismas personas insatisfechas”. Para la razón de un hombre que siempre se expresó honrada y abiertamente, las conspiraciones terroristas y políticas apartaban a las ideas y a la educación del pueblo. No deseaba tomar el poder para conducir al pueblo ruso a la salvación; deseaba, empero, que ese pueblo llegara por conciencia propia a solucionar su situación miserable. Su candidez al respecto, no le resta una virtud: la esperanza de que los hombres y mujeres dejaran de formar parte de un rebaño guiado por un grupo poderoso que pensara en su nombre. Fracasó, como seguramente lo hará cualquiera que, incluso en el siglo XXI, piense de esa manera.

La decepción que afectó a Kropotkin es una moneda común en todo aquel que albergue propósitos revolucionarios en nuestros días. Y para quien no logre adaptarse al estado de cosas actual parece más conveniente desinteresarse de él. De esa manera se intercambia el sufrimiento por la indiferencia. A cien años de la muerte del príncipe anarquista me entero de que un diputado badulaque propuso que el famoso cubre bocas se hiciera obligatorio amenazando con detención o multas enormes a una población miserable en su mayoría. La ingenuidad, desconocimiento del entorno propio, banalidad y ausencia de reflexión parece no abandonar la política en casi todos sus terrenos. Mas no quisiera entrometerme en ello para no lacrar la intención de esta nota funeraria dedicada a Piotr Kropotkin.

TEMAS RELACIONADOS
Guardando favorito...

Comentarios