Quiero narrarles una historia que me sucedió hace casi ya un cuarto de siglo. Salía yo de La Puerta del Sol, una cantinucha en el centro de Coyoacán. Iba acompañado por una joven de 16 o 18 años, llamada Greta, belicosa, gentil, maliciosa y bella. Habíamos bebido algunos litros de cerveza, pero ya desde aquel entonces yo era un “animal” y las cervezas no me afectaban de ningún modo; sin embargo, mi joven amiga no tenía la misma resistencia que yo —es comprensible— y se emborrachó. La cuestión crucial de esta anécdota es que era ella quien conducía, pues habíamos llegado a Coyoacán y viajábamos en su auto. Se ofreció a llevarme a mi casa y yo acepté gustoso con tal de gozar unos momentos más de su compañía. Esa decisión fue mi perdición, mas eso lo supe unos momentos después.

Pese a mis advertencias, mi amiga Greta se obstinó en conducir ella misma el automóvil con el firme propósito de dejarme justo en la puerta de mi departamento, a un costado de Calzada de Tlalpan, en la calle Miramar, cerca del metro Ermita. No puse demasiadas objeciones al respecto y tomamos Río Churubusco rumbo al departamento en el que yo vivía con mi querida Yolanda desde un par de años atrás. Durante el camino charlamos, Greta y yo, rebosantes de algarabía y gozo, escuchamos música, y también me hizo partícipe del dilema que vivía con sus padres. En su caso, el decoro familiar no ocultaba la incertidumbre y el desgarre anímico de los hijos. Todo marchaba conforme a lo esperado, no obstante, la conversación al respecto de su familia y de sus paradojas filiales. Repentinamente, mi joven amiga enloqueció un poco más allá de lo que podría considerarse un comportamiento sensato. La hecatombe se presentó cuando en el estéreo de su automóvil hizo sonar música de los Butthole Surfers, uno de mis grupos preferidos de punk. Greta no pudo soportar la intensidad, emoción, el desquicio de un grupo como éste y piso al fondo el acelerador. La cuestión es que no logró frenar y tomar con oportunidad la curva que nos conectaría a Calzada de Tlalpan desde Río Churubusco, y nos estrellamos contra las barras de contención de la propia curva. El automóvil quedó destruido en su parte anterior y, además, ocasionamos grandes daños a esta hermosa y honrada nación. Una barra de contención destruida y varios árboles despelucados.

Luego de vanos intentos por poner el vehículo en marcha nuevamente, llegó al lugar del accidente una patrulla cuyos conductores llamaron de inmediato a una grúa. El policía a cargo, un hombre siniestro y detestable, nos dijo sin más preámbulos lo siguiente: “Tenemos que irnos en chinga antes de que llegue la policía” ¡Eso dijo el mismo uniformado! Una menor de edad, quien además acababa de dañar seriamente el patrimonio nacional y cuyo aliento alcohólico era evidente, resultaba un botín jugoso para estos patanes. Se hallaban dispuestos a exprimirnos hasta la última gota de nuestro dinero, extorsionar a los padres de mi querida Greta y hacernos pagar por vivir en el Distrito Federal. La grúa remolcó el automóvil, nosotros temerosos y amedrentados ya dentro del mismo, hasta un hotel cercano donde pudimos llamar por teléfono a la madre de mi querida amiga. Y, sin embargo, los gendarmes no tenían la más mínima idea de que la madre de esta niña era la directora del tutelar para menores del DF. Cuando hablaron con ella, vía el teléfono de aquel hotel andrajoso, la madre de Greta no tuvo empacho en regañarlos, afrentarlos y exigir que le llevaran sana y salva a su pequeña, a su lindo retoño, a su sutil creación. Los policías obedecieron sin chistar y en seguida se pusieron a las órdenes de la funcionaria. Antes de cumplir las órdenes dictadas me miraron como si fuera yo responsable de la insania de Greta y del cargo público de su madre. Sólo me dijeron: “Y usted, señor, lárguese a su casa. Se salvó por esta vez. Ya nos encontraremos en otras condiciones. Nos hubiera dicho que la pinche escuincla era influyente”. Desde entonces, amo a los Butthole Surfers.

Cuando llegué a casa Yolanda me preguntó: “¿De dónde vienes?” Le respondí, un tanto agotado y ebrio: “Acabo de dejar atrás la curva del diablo”. Este fue un acontecimiento real y ya cada lector obtendrá las conclusiones que pasen por su mente.

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