La calle

Guillermo Fadanelli

La comunidad no tiene voz: posee representantes que a partir de una estructura burocrática administran esa supuesta voz

¿Qué es la calle? Puede llegar a pensarse que es un albañal, o una tubería de desechos, una vía para transitar o un punto de encuentro entre vecinos de una colonia o de una ciudad. También puede ser un lugar maligno: allí donde no sabes qué pasará y podrías encontrarte con tu asesino, y con hampones o personas insoportables que te harán todavía más pesada la vida. Además, allí el ruido se agita y ensordece; la suciedad de las aceras te hace sentir como un puerco; pero también la calle representa la posibilidad de caminar libremente, poder mirar, aprender la convivencia o hacer amigos. A la calle uno sale a ganarse la vida; uno emerge del simulacro de vientre que representa su casa. Se libera, sí; pero queda atrapado en una red social impredecible. La calle es la más compleja de las redes sociales. A la calle, se le concibe como o denomina espacio público. Y aquí, en este espacio común, uno no puede hacer lo que le venga en gana, puesto que no le pertenece individualmente, sino en la medida de que no lo degrade, no lo denigre o lo considere suyo de tal manera que lo deforme haciéndolo inhabitable para otros.

Una de las constantes lacras del espacio público es el ruido que atormenta a quienes lo transitan; como si el ruido desmedido no fuera similar a un trozo de excremento que llega y se extiende en todos los oídos que son sus víctimas potenciales. Los automóviles representan otra aberración urbana: contaminan, ocupan demasiado espacio, son peligrosos y además causan tráficos sólo imaginables en la mente de un loco. Los edificios altos, además de ser una metáfora elemental, grosera diría yo, empañan el horizonte, se entrometen en medio de la vista como una estaca, o una jeringa en la epidermis. Aún así, nos quedan algunas zonas, una minúscula porción de parques públicos, algunas casas, árboles, edificios bellos y… los monumentos públicos o piezas de arte que implantan los diversos gobiernos en plena calle o vía pública. En ocasiones son afortunados, pero en la mayoría de los casos son imposiciones; y de una mañana a otra las ciudades amanecen tatuadas por un enorme grano artístico que afea la piel citadina. ¿Quién decidió implantar una verruga sin ninguna calidad estética en plena calle? ¿La comunidad? La comunidad no tiene voz: posee representantes que a partir de una estructura burocrática administran esa supuesta voz. Lo que sí existe es un grupo de artistas de toda clase que podrían formar un parlamento que auxilie a otros representantes políticos, vecinales, etc… a no llevar a cabo esta clase de despropósitos.

El espacio público no le pertenece a ningún gobierno: su obligación es mantenerlo habitable, y si además del ruido, los mamotretos inmobiliarios, los automóviles y otros rasgos de la barbarie humana, nos imponen obras que no han pasado por el escrutinio y la conversación de los artistas y otros representantes del espacio público, pues la calle se torna inhabitable. Si no son los artistas, aún opuestos entre sí, aún dueños de propuestas y perspectivas distintas quienes deciden, o hagan sentir su influencia, en la oportunidad, ubicación, símbolo y cuerpo estético de los monumentos públicos, entonces puede caerse en la milenaria costumbre de los poderosos o emperadores cuando han deseado lacrar de monumentos sus reinos, para dejar así la vanidosa constancia de su presencia: los soportamos en el presente y también debemos soportarlos en el futuro.

Los parlamentos a los que me referí, o consejos coercitivos, o como quieran llamarles, de artistas de diversas tendencias es indispensable para que no nos sigan llenando de ocurrencias pasajeras que sólo hacen peor la vida en comunidad y afean el recorrido callejero. Ciudad Universitaria ha sido el ejemplo más claro y afortunado encuentro de opiniones en la Ciudad de México, pero no entraré en ello.

Yo soy farol de la calle y oscuridad de mi casa; siempre lo he sido. Sé lo que les digo.

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