La ausencia del presente

Guillermo Fadanelli

A mí me gusta oler a viejo, y no tener cabello y no formar parte de ningún concepto de juventud senil

Algo que ya sabemos: la tragedia del ciudadano actual en el mundo es llegar aislado intelectualmente a la urna electoral. Décadas atrás ya lo pensaba Bataille. Hace unos días, cierto amigo mío, algo viejo, se quejaba de que los jóvenes no mostraran capacidad alguna para llevar a cabo una crítica profunda de la democracia y de que incluso quienes se ven a sí mismos como rebeldes sólo siguen patrones, conductas o consignas ya desactivadas. Al escuchar lo anterior yo sonreí (¿o fue una mueca?), y exclamé, cínicamente y sólo con el afán de provocarlo: “¿No te da gusto que la mayoría de los jóvenes se asemejen a ancianos manipulables, montados en su silla de ruedas? Ya puedes decir y vanagloriarte de que tú peleaste hasta el final para… ¿mejorar?” Luego de un silencio prolongado me respondió, escéptico y obteniendo provecho de las conocidas coplas de Jorge Manrique: “Sí ya sé a dónde vas: todo tiempo pasado fue mejor.” No entraré en detalles de la conversación, como tampoco le hice notar a mi amigo que si uno lee la citada elegía completa se dará cuenta de que en palabras de Jorge Manrique el hombre y su mundo (tanto en pasado como en presente) le parecían viles y, además, compadecía a Dios de haberse echado encima a la escoria humana.

“La juventud es dolorosa para quien no la tiene”, solía decir mi amigo José Luis Alonso, pintor cubano. Yo no le creía del todo y más bien recordaba la opinión de Thomas Bernhard: “Las mujeres no traen niños al mundo; lo que hacen es parir ancianos medio ciegos que se orinan en la cama, apestan y no pueden caminar”. ¿Y los adolescentes? Esos ruidosos y molestos signos de interrogación, ¿quién es capaz de soportarlos? ¿Y después?, los adultos se convierten en niños, la mayoría incapaces de comprender la complejidad del mundo en que los parieron. Jóvenes, adultos, futuro, pasado: medidas absurdas para aquel que mira el mundo desde cierta prudente soledad y adivina que casi nada se mueve, sino de forma imperceptible e incluso inesperada. A mí me gusta oler a viejo, y no tener cabello y no formar parte de ningún concepto de juventud senil. Los jóvenes no representan el futuro; quien les diga algo semejante los quiere timar, o explotar, o sacar ganancias de tan extraordinaria mentira. Todos y a cualquier edad merecen un presente, no una esperanza: ¡Un presente! Y no es necesario viajar a la historia para darse cuenta de que las promesas de futuro, sobre todo en el aspecto social, se transforman, al nunca cumplirse, en el lastre del pasado. Recuerdo a Morris Berman afirmando que no fue, sino hasta mediados de sus años sesenta, cuando comenzó a adquirir cierta comprensión de su vida; y a tal confesión añadía una opinión: que antes de llegar a los cuarenta años nadie sabe nada de nada.
    
Hace doscientos años nació el escritor ruso, Fedor Dostoiewski, en cuyas "Memorias del subsuelo" escribió: “Vivir más de cuarenta años es indecoroso”. “Sólo viven hasta esa edad los tontos o los pícaros”. Como es sabido, él vivió más tiempo (1821-1881), puesto que a los escritores nos estorba la realidad, no la necesitamos, y las palabras son la soga al cuello que anuda al suyo quien escribe. Sin embargo, de esas palabras se obtiene provecho y se construye mundo. En "Crimen y Castigo", el personaje central, Raskólnikov, exclama: “¿Quién me manda erigirme en protector de desvalidos? Que se devoren unos a otros, ¿qué me importa?” Palabras escritas por un hombre que hizo del sufrimiento, el libre albedrío, el bien y el mal, su mayor tormento; ya desde su primera obra "Pobres gentes" (1846), el joven escritor se mostraba sensible a la desgracia humana, hasta que comprendió que la libertad se contraponía a la felicidad. Se vive libre para ser desgraciado. ¿Todo tiempo pasado fue mejor? No se puede responder a pregunta tan absurda; pero, y es necesario insistir en ello, los crímenes cometidos en el presente continúan su camino sólido e inmutable, igual que en el pasado. Tal parece que la desgracia común consiste solamente en el sencillo hecho de que nuestro presente es nuestro pasado.  

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