La anciana y el tapabocas

Guillermo Fadanelli

Fuera del hotel donde se había recluido a escribir desde una semana atrás, de pie en la esquina entre Puebla y Orizaba, a las puertas de la antigua Imprenta Universitaria, Mario Stevenson oteó en todas direcciones y le pareció que las calles estaban más vacías o solitarias de lo habitual. Un puesto de fritangas y otro de jugos permanecían abiertos, pero los restaurantes habían cerrado; algunas personas llevaban cubre bocas y el cielo se había tornado de un azul estelar que no recordaba haber visto en años. Era una sensación agradable, excepto por la exhibición de los cubre bocas que hacían parecer a las personas temibles, aunque no por la máscara misma, sino porque uno sabe que detrás de esa máscara no hay nada. La máscara es temible por principio, pensaba Stevenson, aunque sea la de un ángel o la de un diablo, y es aterradora, sobre todo, porque la máscara sí que es real y uno jamás termina de tomarle la medida o acostumbrarse a que la realidad sea algo, una cosa, un pedazo de una cosa. ¿Quién puede aceptar que exista una realidad, y habituarse a ella, así como si nada? Si te quitas la máscara no habrá nada, un mono de mirada extraviada, o algo así decía Camus, en La caída: encontrarás la cara de tu padre o el mismísimo trasero del universo. Stevenson observó a una anciana sentada en su desvencijada silla de ruedas y notó su caja de chicles y golosinas reposando sobre sus rodillas. ¡Ella también tenía un cubre bocas de color azul cielo! Y Stevenson no resistió el deseo de atravesar la calle y comprarle alguna golosina, sólo con el propósito de preguntarle:

—¿Por qué trae usted cubierta la boca, señora; acaso está enferma?

Ella le respondió, amable, pero su jerigonza propiciada por el amordazamiento de la tela sanitaria resultaba incomprensible. La anciana misma se percató de la confusión y, de plano, se bajó el tapabocas para decir:

—Uso esta cochinada por el virus. ¿Qué?, ¿no sabe usted lo que está pasando?

—No, señora. No me asuste. ¿Qué es lo que sucede? Llevo casi una semana enclaustrado en un hotel.

—Qué fortuna la suya, joven. No saber nada... es el coronavirus, una enfermedad que está matando a todo el mundo.

Stevenson la observó y alargó la mirada a su alrededor. ¿Qué podría significar —caviló— “todo el mundo”, para aquella mujer?

—No lo sabía señora. Hace una semana que no pongo atención en las noticias. He estado, digamos, de vacaciones.

—Bendito sea usted que puede tomarse unas buenas vacaciones. Este virus ataca sobre todo a los ancianos como yo, y mis nietos insisten en que salga a la calle, así, con la boca sellada, pues ¿quién va a querer comprar la mercancía de una vieja que está probablemente contagiada del mal? No sé de dónde viene el virus, pero yo digo que aquí en esta ciudad todos los virus se mueren apenas comienzan a sentirse cómodos. Somos hospitalarios, pero no tontos. Lo sabré yo, a mis setenta y nueve años.

A Stevenson le intrigó que la anciana inclinara la cabeza al pronunciar estas palabras, como si de esa manera evitara contagiarlo del virus. Él se conmovió y le compró tres barras de chocolate y unos chicles. Le alargó un billete de cien pesos y añadió:

—Señora, quédese con el resto del dinero. Y no utilice ese tapabocas, yo confío en usted, y no creo que se halle enferma del virus. Soy médico —mintió Stevenson, quien, en realidad, era economista—. Váyase a casa y descanse.

—Dios lo bendiga, en verdad, hijo mío. ¿Es usted médico? Qué alivio. No sólo me ayuda comprando mis postrecitos, sino que además me regala la consulta.

—Sí, soy médico, pero éstos son mis días de descanso y no he ido a mi consultorio desde hace tiempo.

—¿Y es religioso?

—No, pero envidio a quienes lo son.

—Rezaré por usted; ¿Cómo se llama?

—Mario Stevenson... ¿cómo dice que se llama el virus?

—Coronavirus, es un nombre raro, ¿verdad? Como si a los reyes se les hubiera podrido la corona. Y ahora están infectando a las viejas jodidas como yo. Vaya usted a saber.

Stevenson cruzó la calle y se sentó en las escalinatas de la Parroquia de la Sagrada Familia. El edificio, pese a ser un salpullido de estilos, o precisamente por eso, le daba tranquilidad y sosiego a Mario. Lo habían tramado, a principios del siglo XX, un ingeniero, Miguel Rebolledo, y un arquitecto, Manuel Gorozpe. El mentado Gorozpe había estudiado en la Academia de San Carlos y también había ideado el edificio de la Imprenta Universitaria que, ahora, Mario observaba a contra esquina de la iglesia. La anciana, solía recitar esta información, de modo que, si alguien le preguntaba sobre alguna dirección, ella le ensartaba estos datos para que no pensara que sólo era una inválida vende chicles, sino que podría ser una historiadora o, al menos, una guía de turistas caída en la ruina. Por otra parte, darles tal información obligaba a los extraviados a comprarle mercancía. Con Mario no había sido necesario, pues él se había comportado generoso con ella. ¿Quién sería aquel hombre tan extraño?, se preguntó. ¿No tendrían que estar todos los médicos atendiendo a los millones y millones de víctimas del virus? La anciana levantó los hombros, se calzó de nuevo el tapabocas y se bendijo dos veces con el billete de cien pesos.

 

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