Jonathan Barbieri y La Pierde Almas

Guillermo Fadanelli

Cuando me refiero a Jonathan aludo a inteligencia visual ligada a los impulsos vitales y al conocimiento

He escrito acerca de medio centenar de artistas plásticos, pintores o creadores visuales, o como se les antoje nombrarlos. Lo he hecho por dos razones: la cantidad es debido a mi edad; y he escrito sobre su obra porque han logrado desterrarme de mi propio estar en el mundo. En palabras menos intrigantes: porque me conmovieron e incluso iluminaron o jodieron alguna parte de mi espíritu. Alguna vez Raquel Tibol pronosticó mi suicidio. “Lo veo venir; usted se va a suicidar”, me dijo. Como no tenía previsto un acto de esa naturaleza sólo sonreí amablemente. No me interesa el suicidio mientras lleguen a mis manos algunos buenos libros que leer y me encuentre con expresiones del arte que me hagan dudar de la estabilidad terrena. Uno de los pintores a quien he tenido la fortuna de conocer es Jonathan Barbieri. No sólo lo conocí, sino que practicamos el libre albedrío en varias cantinas o ergástulas lúdicas de Oaxaca donde él ha vivido la mayor parte de su vida. 

La pintura de Barbieri, su crudeza anímica, su color como personaje y mancha metafísica nos empujan a ver y a considerar la interpretación como secundaria. Primero es la alucinación de una realidad presentida, después el diálogo, la mentira, el verbo: lo primordial es la inmovilidad eterna del averno. Mi lirismo no es tal, sólo es descripción del espejo, auto misericordia y pasos perdidos. Nunca he albergado dudas acerca del poder que, en mi memoria, los cuadros de La Pierde Almas (el libro que reúne sus obras más emblemáticas) han tenido sobre mi temperamento. Allí estoy yo, el invitado asiduo, completando el grupo, uniéndome a la pelea, al canto moribundo y a la pasión. ¿Cómo podía yo faltar y dejar a los heridos, mis hermanos, atrás, regados en lontananza? 

 Vuelvo a definir la inteligencia como la capacidad que tenemos de comprender el mundo que nos afecta, envuelve o martiriza: un mundo que también creamos a partir de nuestros reflejos y nuestra gimnasia reflexiva. ¿Cuantos panzones intelectuales conocen? Sólo requieren asomarse a la ventana o entretenerse en los medios. El caso es que cuando me refiero a Jonathan aludo a inteligencia visual relacionada o ligada a los impulsos vitales y al conocimiento. A ambos, a Jonathan y a mí, nos atrae la noche y el alma vagabunda.   

La afección ante su pintura es inevitable; la conmoción o emotividad de una obra es personal y no se descifra desde una óptica argumental, aunque pueda insinuarse a partir del testimonio de un sufrimiento cotidiano, o de una flema genealógica que podría expresarse así: “Somos padres de nuestros padres y de las semillas”. ¿Hasta dónde, por ejemplo, se remontan los sueños de Goya, su aura tenebrosa y sus obsesiones por la carne viva y gesticulante, sus perros y ancianos, sus reuniones enloquecidas y bestiales; el dolor y sufrimiento humano concentrado en la teatralidad o la mueca (El Aquelarre; Dos Viejos Comiendo Sopa; Las Parcas; Corral de Locos; El Perro; El Tiempo y las Viejas, etc...). ¿Uno camina hacia lo podrido o vuelve de las larvas y de la carroña? ¿Hay metáfora que nos dé noticias sobre lo real o sólo se impone en nuestras vidas la química, la gravedad y el azar? La afección que me causó desde sus principios la obra de Barbieri y, en especial, los cuadros de La Pierde Almas, me devuelve a Goya a través de esa niebla de familia y vena compartida; y no me importa gran cosa si existen amplias diferencias entre las vivencias del aragonés o las confabulaciones sanguíneas de Barbieri: el tiempo se mide en dolor y en gracia, en obsesión, huesos y símbolos. 

 No se discute que los óleos de Jonathan Barbieri, las piezas y objetos expuestos en su superficie parecen provenir de una meditación que no es raíz, sino consecuencia. El sentido más profundo en estos cuadros se ofrece desnudo; es el fenómeno mismo el que perturba, el símbolo que más que interpretado es sufrido. De allí toda la fuerza, el impulso y la realidad expresiva, romántica, simbólica y, sobre todo, personal, humana, mitológica y extremadamente descarnada que emana de su creación. De allí los vasos, el mezcal, las botellas, presentes en estas pinturas como las balizas con que se mide el alma, el reloj sin manecillas, la noche que se adivina como espectadora y útero. Las almas perdidas comprenderán lo que intento expresar aquí.    

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