Idolatría y derechos

Guillermo Fadanelli

Mis pensamientos malsanos y parciales se revelaron como una necesidad, no para imponerse a nadie, sino como prueba de que era yo capaz de tener ideas malvadas e incluso compartirlas

He tenido malos pensamientos. Me confieso como un pecador, amargado y horrorizado a causa del comportamiento de mis contemporáneos, de sus hábitos, sus miedos y sus gustos. Soy un pecador, señor, llévame cuanto antes a dormir en las nubes serenas y en el cosmos silencioso. He sido fatuo y arrogante, e incluso he llegado a pensar que ciertos criminales no merecen ni siquiera la bondad de los derechos humanos, y que tampoco me causaría gran pena que media humanidad expirara. Tuve la franca osadía de imaginarme un mundo sin la mayoría de la población y respiré aliviado; un viento de tranquilidad se instaló en mis pulmones ante la idea de tan confortable escenario.

Fue entonces, como si alguien hubiera escuchado la letanía de mis arrepentimientos, que encontré un libro publicado hace exactamente veinte años, y que se hallaba escondido en un rincón de alguno de los libreros que me persiguen cuando camino de una pared a otra de mi departamento. Y leí: “Sostendré que los derechos humanos son mal interpretados si los vemos como una religión laica. No son un credo; no son metafísica. Pensar eso es convertirlos en una especie de idolatría: el humanismo adorándose a sí mismo.” El autor de tales palabras es Michael Ignatieff y el título de su obra: Los derechos humanos como política e idolatría. Recordé que de este escritor había ya leído Isaiah Berlin, su vida, y me sentí en confianza para continuar royendo páginas, y afirmando mi relativismo al respecto de ciertos valores humanos que se nos intentan imponer como si fueran el manto sagrado, la purísima neta a la que todos debemos rendir pleitesía, como si estos valores hubieran caído del mismo cielo. El libro me hizo pensar en lo necesario que es proteger la clase de vida que uno desea llevar, aunque tratando de no ofender demasiado la moral pública: “El individualismo moral protege la diversidad cultural, porque una postura individualista debe respetar los diferentes modos que los demás individuos escogen para vivir sus vidas”. “Los derechos humanos podrían ser menos imperialistas si fueran más políticos, es decir, si fueran vistos como un lenguaje; no como la proclamación y promulgación de verdades eternas, sino como un discurso para la mediación en los conflictos”. Sin embargo, escribió Ignatieff: “Es difícil representar los intereses de una comunidad oprimida cuando sus líderes malgastan sus energías luchando entre sí”.

No voy a negar que, después de leer los párrafos anteriores, me dije: “pero si esto yo lo escribo todo el tiempo”, así que no debo sentirme culpable de creer que los derechos humanos son una convención, una manera de conversar y convencer a los vecinos de que es mejor que no nos impongamos verdades absolutas, eternas, o venidas de la mano de la diosa Ilustración. “Los derechos humanos representan aquello que es correcto, no lo que es bueno. Las personas pueden no estar de acuerdo en por qué tenemos derechos, pero sí pueden coincidir en que son necesarios”. De inmediato arribaron a mi mente algunas proclamas progresistas, genéricas, culturales y referentes a la identidad, que se ven a sí mismas como palabras bíblicas en vez de comprenderse como relatos de individuos libres que buscan la corrección política y el entendimiento mutuo para no vivir como depredadores. Y fue entonces que me sentí aliviado y mis pesares desaparecieron. Mis pensamientos malsanos y parciales se revelaron como una necesidad, no para imponerse a nadie, sino como prueba de que era yo capaz de tener ideas malvadas e incluso compartirlas, de que tal era justamente mi identidad, no la dictada por una agrupación, comunidad o secta, sino la capacidad individual de pertenecerme y creer que los derechos se discuten y se ganan, se confirman, no se diseminan desde las redes sociales, el poder o la santa ignorancia. El recuerdo de las últimas líneas de El gran Gatsby se tornaron todavía más claras:

“Y así vamos adelante, botes que reman contra la corriente, incesantemente arrastrados hacia el pasado”.

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