Fobias, muerte y amistades

Guillermo Fadanelli

La recién nacida de mi familia es mi fobia a los tapabocas y al ritual que los acompaña. No puedo remediarlo

Es una aversión exagerada, afirma algún diccionario acerca de la fobia. Mis aversiones no son exageradas, pienso. Por el contrario, son mi familia. Cada vez que sumo una fobia más a mi vida esa familia crece. Hablar en público es una de las más acendradas y antiguas, y ha tomado el lugar de la abuela de mis temores maniacos. Lo hago, claro, pero antes debo convencerme de que exponerse a la mirada de desconocidos no es un acto absolutamente absurdo. Se requiere un trago, al menos, antes de exhibirse frente al morbo colectivo. Otra de mis fobias es la de poner demasiada atención a la vestimenta. Cada prenda es como llevar un saco de arena en mis espaldas; tener que elegir el vestir adecuado para la ocasión; combinar el atuendo; imaginarse lo que pensarán de mi ropaje otras personas; cerciorarme de que la camisa no tenga arrugas o que los zapatos no se encuentren demasiado sucios; todo ello es un disparate, tiempo más que perdido, una verdadera calamidad y, en mi caso, fundamental en la familia de mis aversiones.

Siento ahora la mirada del pintor y artista cubano, Arturo Cuenca, fallecido en agosto pasado, quien solía reprenderme por vestir de manera tan espantosa. “No te das cuenta de que quienes sufrimos somos los que te miramos”. Se trataba de un sufrimiento real, el de Arturo, siempre dispuesto a llevar el arte hacia el vestido y, al mismo tiempo, practicar la crítica mordaz, activa e inclemente en el arte o contra la tiranía de la burocracia. Lo conocí en Cuba a finales de los años ochenta, como a varios artistas cubanos con quienes trabé una amistad que continúa en mis recuerdos hasta la actualidad: Consuelo Castañeda; Pedro Vizcaíno; Gustavo Acosta; Carlos Rodríguez Cárdenas; Glexis Novoa; José Luis Alonso; Fernando García y tantos más. Vienen a la memoria dos enmiendas que me hacía Fernando cuando charlábamos o caminábamos por alguna calle de la Ciudad de México. Le molestaba que respondiera “mande” cuando él me llamaba o preguntaba algo que yo no había logrado escuchar. Le parecía una palabra y una actitud dócil, de indio colonizado. “Tú no puedes responder así, chico, tú, sobre todo, que eres un rebelde”. Y durante alguna caminata llegó también a cuestionarme el porqué andaba yo siempre con la vista en el suelo. “Estoy acostumbrándome al futuro”, le respondía yo antes de que él soltara su risa contagiosa. La muerte de Arturo Cuenca me ha transportado hacia aquella década cuando llevamos, Yolanda y yo, la revista Moho a Cuba y pasamos un buen tiempo merodeando en el Taller Portocarrero y conociendo a los artistas que allí se reunían, comenzando por Aldito Menéndez. Mi fobia hacia el teléfono, el zoom y los aeropuertos ha impedido que me reúna o hable con mis amigos. Debo conformarme con leer sus epitafios y atizar los recuerdos. “Cae la noche buscando su corazón en el océano”, reza una línea de Altazor que todos conocen.

Hace apenas unos días ha fallecido, en Guadalajara, Martha Pacheco, artista y amiga mía durante los años salvajes. Su presencia resultaba para mí dulce e intimidante; sus dibujos una obsesión compartida. Ella hizo el dibujo de portada para mi libro de crónicas,

Regimiento Lolita, hoy impresentable al ojo inquisidor de la corrección. Podría decir que el tema de Martha era el acecho constante de la muerte, la consagración de la carne sin vida, pero ello no significa más que una opinión. Como Martha Pacheco, dos amigas más, Estrella Carmona y Teresa Margolles, han dado vida a las artes, cada una a su manera, reuniendo vestigios de la debacle, la parábola funeraria y la expresión indecorosa. En mayo se cumplió una década del fallecimiento de Estrella, con quien solía yo pasar largas noches en su estudio. Ella pintaba; escuchábamos música; conversábamos sobre sus gatos, Spinoza y la pintura alemana. La recién nacida de mi familia es mi fobia a los tapabocas y al ritual que los acompaña. No puedo remediarlo. Tendría que haber estado en Guadalajara hace más de un año, en España, en Miami, abrazar a mis amigos, embriagarnos, y no esperar, como un desterrado, las misivas de muerte y adioses inconclusos.
 

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