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El vino y la distancia

Guillermo Fadanelli

La crítica consiste en tomar la distancia correcta. Sin esta distancia las opiniones y juicios sobre cualquier tema se confunden con la cosa juzgada. Mientras se mantenga esta distancia es posible adoptar un punto de vista. Sin embargo, ¿puede uno guardar una sana distancia cuando los acontecimientos nos golpean como una piedra en la cabeza? No estoy seguro, ¿en qué lugar debe uno situarse para que su punto de vista no sea una grosería o un simple garabato? La ciencia, la experiencia propia, la Teoría Crítica, la ideología, el cinismo, el consenso, la sospecha, la duda, los intereses del placer, el estado económico, el yo amansado, el sexo, la autoridad y el poder. ¿Quién sabe? Todo anda un poco disgregado y la coherencia teórica o ética no le pertenece a nadie cuando se trata, como hoy en día, de asuntos íntimos o de supervivencia: “¿Qué debo pensar al respecto? ¿Existe una perspectiva correcta para juzgar las cosas que me afectan tanto a mí como a los demás?” Ya me he hecho esta pregunta, claro, y no logro responderla del todo; así que luego de darle mil vueltas a un problema termino expresándome con cínica seriedad —por medio de un garabato, o un relato subjetivo—. Después de todo, creo, sólo estoy lanzando los dados para que sea lo que tenga que ser. Levanto los hombros y sigo adelante. “Ser tonto y tener trabajo; he allí la felicidad”, escribió Gottfried Benn. Es algo grosero citar esta consigna, pues, además, la inteligencia (responsable de la distancia crítica) anda por los suelos, no se ha logrado imponer ni marcar camino. “Ser tonto y tener una opinión, he allí el placer”. Una frase así, propia de la era de las comunicaciones, además de que también es insultante, podría parecer una crítica y lo que menos importa a mediados de mayo del 2020 es ejercer una crítica estricta: los oídos han volado hacia otras latitudes.

Estos pensamientos ocupaban mi mente, cuando paseando por la calle Puebla me encontré de frente con dos mujeres delgadas y rubias. Por su aspecto deduje que eran extranjeras y en ese momento me vi trasladado a Europa. Las miré, como si intentara recordar algo, pero antes de apartar mi vista una de ellas me hizo un gesto grosero, invitándome a cubrirme la boca; primero se señaló la cabeza cubierta de una cabellera dorada y después el cubre bocas. La señal podría interpretarse como: “Piensa, pendejo, y cúbrete la boca”. Me ruboricé; si eran extranjeras pensarían seguramente que en México su regaño poseía gran autoridad. Me detuve en una vinatería para comprar un ánfora de Johnnie Walker antes de ir a casa de un buen amigo. El vinatero parecía feliz pese a que su establecimiento se encontraba a solas y sin clientes.

—Parece que todo marcha bien por aquí; ni rastros de la enfermedad —le dije al hombre que bien podría tener un papel secundario en una película de mafiosos italianos. El bigote tímido y la mueca que deja la vida de una familia numerosa, le adornaban el rostro.

—Claro que ha llegado, hay poca clientela. Pero mire —señaló los anaqueles plenos de botellas—, aquí tenemos vino para combatir cualquier enfermedad. Todas estas botellas mejoran el estado del alma. Soy experto en esas cuestiones.

—Del cuerpo, quiere decir.

—El cuerpo es un error del alma, un tumor —dijo aquel hombre, sonriente y amable—. Aquí sólo espíritu, y la materia la utilizamos para hacer licores. La cerveza falta, y eso que es pura agua. ¿Quién ordena dejar de producir cerveza? Debe ser alguien muy infeliz.

Me alegra que usted no se encuentre abatido por el virus. Dos extranjeras —me detesté a mí mismo por llamar extranjeras a aquellas dos mujeres—acaban de regañarme por no cubrirme la boca.

—No se preocupe, la colonia se ha llenado de gringos locos. ¿Qué le parece este tapabocas?

El tendero extrajo de algún rincón del mostrador un tapabocas con una abertura en medio, justo donde debían cubrirse los labios y la boca.

—Muy bueno; eso remedia todo... —dije.

—Se puede beber a pico de botella, y además está uno cuidando la salud del mundo entero, ¿no?, hay que saber adaptarse y sobrevivir. Hasta los animales saben eso.

Al salir, pensé que aquel hombre era sabio y tenía un trabajo en el que parecía feliz. Me causó envidia y también alivió mis pensamientos. Su ánimo me había obligado a tomar una sana distancia respecto a la gravedad de las cosas.

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