Cínico: Recuerdo a un personaje de novela, era una mujer que trabajaba muchas horas al día, y sólo hasta que llegaba a casa y estaba a punto de dormir comenzaba a sollozar. Y es que durante el día no había tenido tiempo de hacerlo. Posponer las lágrimas, caray. Los pobres o más necesitados no tienen tiempo de llorar ni de poner atención a ciertas enfermedades hasta que se van a la tumba. El presente es su futuro.

Prudente: Es triste sí; pero trabajar mucho y cuidar de la salud no está reñido. Trabajar duro es bueno, mientras no sea para echarle a perder la vida a los otros. Pero ya sé qué traes entre manos, tú que eres un holgazán, por cierto. Quieres hablar del virus que ha trastocado la vida de todos. Mejor ve directamente al grano.

Cínico: Nunca he sabido ir al grano, no soy una gallina hambrienta. Y no me interesa gran cosa hablar de ese tema; hoy en día cualquiera tiene una opinión y está dispuesto a echarnos encima sus teorías, sus estadísticas,
su moral desquebrajada y parcial. ¿O crees que hay ciencia sin moral? No tengo deseos de hablar al respecto, sólo si tú insistes. A fin de cuentas, soy una persona gentil. Pero mis conocimientos acerca de la enfermedad son casi nulos; no conozco personalmente a
nadie que haya muerto a causa de
ese virus. Y para mí la muerte no es
abstracta; tiene rostro y pasado; dolor físico.

Prudente: No se trata de un tema, es una contingencia mundial; las personas en todos los países mueren a causa del SARS-CoV-2. Tenemos que prepararnos y estar alertas para evitar el contagio y no contagiar a nadie. Es una suerte que hoy en día podamos saber lo que sucede en el mundo gracias a la tecnología. Podemos saber si alguien muere de coronavirus en un pueblito en Baviera.

Cínico: ¿Así se llama el virus? Caray, con razón las personas se espantan; abreviaciones, números, lenguaje tecnocrático. Al menos las bombas que destruyeron Hiroshima y Nagasaki se llamaban Fat Man y Little Boy.

Prudente: ¿Y para qué esperar a que deje de ser un dolor abstracto y pase a ser realidad? Los bocones como tú hacen daño a la sociedad. No se trata de nombres, sino de efectos. ¿Cómo puedes ser tan banal?

Cínico: Tengo experiencias con los economistas, que te hablan muy elevadamente y de forma compleja para decirte lo que ya sabías. Que te robaron, que tienes que seguir trabajando toda tu vida; en fin. Los lenguajes técnicos se han convertido en cunas y cobijo de ladrones y timadores. Podrían haber nombrado este virus como el “temible aniquilador de rucos”. Sólo te doy mi opinión, a la que creo tener derecho; ya me has llamado “holgazán”, “banal” y “bocón”. A este ritmo...

Prudente: Los expertos son necesarios y el lenguaje común no les basta para progresar en el conocimiento. Son asuntos complejos, no cháchara literaria.

Cínico: Pues parece que los expertos son medio inútiles. Ya se están cargando la economía y la tranquilidad de las personas comunes.

Prudente: ¿Acaso no ves las estadísticas? Lo qué sucede en Europa y USA es alarmante.

Cínico: ¿Te refieres al miedo global? ¿A la pandemia de la comunicación? Sí, sé que ha habido muertos. En Europa no están tan acostumbrados como nosotros a la sangre, pese a que en sus guerras mundiales y genocidios han llevado la muerte a todo el mundo; aquí, en México, la muerte tiene permiso, como rezaba aquel cuento de Edmundo Valadés. Y no me hables de cifras; estoy harto de eso. ¿Te das cuenta de que hablan de la enfermedad cómo si fuera el índice Dow Jones? Como si se tratara de la Bolsa de Valores en donde los rumores y las triquiñuelas pueden hacer colapsar a una empresa.

Prudente: Y de qué otra manera vas a medir el número de víctimas. Las estadísticas son fundamentales en cualquier ciencia, lo sabes. No hay otra manera de medir los avances de la enfermedad, de controlarla y erradicarla. Las estadísticas se interpretan y de acuerdo al diagnóstico se toman medidas.

Cínico: ¿Interpretar? La muerte se interpreta de muy diversas maneras. ¿No crees que existen personas que desean que la mitad de la humanidad pereciera? Hipócritas. A fin de cuentas, todos quieren mayor espacio para vivir.

Prudente: No expongas tus fobias personales, tu misantropía, y tu ausencia de solidaridad humana. Somos miembros de una especie y los individuos de esa especie desean que ésta sobreviva. Y quienes no lo hacen son como yerba mala. Algo que debe erradicarse.

Cínico: Ya comienza a sonar la música fascista. Siempre sucede así: los más tiránicos y autoritarios comienzan a levantar la voz, pontificar y a acusar a los demás de criminales apenas sucede una desgracia. Ya lo veo venir. Somos una reunión de hombres libres y, para mi mala fortuna, estamos todos relacionados de alguna forma. En fin; debo irme a dar un paseo.

Prudente: Quédate en casa y usa tapabocas; sólo sal a la calle si es necesario, pues nadie te obliga a hacerlo; debe ser tu conciencia y tu capacidad crítica. Los suecos, por ejemplo, no han cerrado escuelas ni cerrado restaurantes o bares y apelan a la responsabilidad que les da su libertad de ciudadanos.

Cínico: ¿Y que han hecho los kenyanos o uruguayos? No me interesa mucho. Piensa en otra cosa; y si no estás enfermos no te atrevas a usar esa máscara ridícula. Déjala para los más feos o los ladrones. Ah, y por favor, ya no hablemos de este tema o terminarás denunciándome con alguna clase de policía, y terminaré en la cárcel, no en la tumba.

Prudente: Tú eres el virus, en realidad. Por mi parte haré lo que sea necesario para conservar la salud y cuidarme de no contagiar a nadie.

Cínico: Adelante. Es tu libertad. Yo voy a dar un paseo antes de que la economía me obligue a quedarme paralizado en verdad.

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