El arte y Dionisio

Guillermo Fadanelli

El arte pictórico de Daniel Lezama es ajeno a la moda, a la apariencia que edifica la especulación teórica o a la proclama popular ideológica

Tal vez, y recuerdo a Oscar Wilde, el arte guarda una virtud. Y es que “resulta ser menos vulgar que la realidad”. El arte es la expresión del uno mismo, del individuo, la llave de su propia cárcel, una llave que no siempre logra abrir la cerradura.

Y rememoro también a Friedrich Schiller, al decir que el arte puede ser una conversación y una búsqueda de armonía social, pero mientras se llegue a ella desde el individuo, a eso que el filósofo y escritor alemán concibe como fortaleza colectiva que nace de una “totalidad no forzada”. Es decir, el arte mantiene alguna clase de solidaridad humana, mientras no se le transforme en un libreto teórico escrito fuera de la vivencia y de la experiencia personal.

En realidad, el arte es inmoral por naturaleza. Mientras una tarde roja como sandía me digo que el arte es una mazmorra pese a la cual uno es capaz de transmitir emociones, efectos provenientes de la propia experiencia; otra noche negra como las uvas viejas me digo que lleva en sí la posibilidad de la conciliación entre las bestias, entre las miradas distantes y los hábitos estéticos más opuestos.

Pero cierta madrugada, fría como una paleta de grosella, me convenzo de que el arte es sólo una palabra de la que no se debe hablar demasiado ni extraer ningún dogma o látigo conceptual, histórico, crítico (las instituciones sí tendrían que hacerlo; pues deben dejar claro cual es su noción de lo artístico). El arte sería sólo un concepto que se alimenta de significados de toda clase; de habilidades diversas; de tradiciones incluso enfrentadas y desconocidas entre sí. Si la pintura, la literatura, la expresión visual, el video, o la danza, etc… pueden llegar a ser escándalos artísticos, mas en otro momento sólo se expresan como habilidad artesanal, oficio, destreza corporal, o como mera política que busca representar una tendencia plástica, ideológica, vanguardista o mercadotécnica. A veces ambas visiones (la de concepto y política) se entrelazan y dan lugar a la crítica y a la chorcha metafísica. ¿Qué puedo saber yo? Lo nuevo siempre fracasa, dado que lo que nace debe estar muerto a priori para que la función continúe.

Hace unos días Daniel Lezama, con quien presumo de buena amistad, exhibió una muestra de serigrafías en papel titulada Bacantes, en la Pulquería Insurgentes. Conozco desde hace buen tiempo su obra, ligada a la tierra, a la epopeya trágica y al relato popular. Ha sido fiel a su experiencia y, sobre todo, a la exclamación de sus intuiciones. Es pintura que se impone puesto que su presencia no es fantasmal; es tan real como el espectador lo permita. Un sueño de locos, o una alegoría de la vida; una alucinación mestiza o una versión maldita sobre lo popular y la raigambre indígena.

Ángel María Garibay, propone en su Mitología griega, que Dionisio (o Baco en la tradición latina), deidad del vino, es hijo de Deméter (regularmente se le presenta como hijo de Sémele) o hijo de la agricultura, la fertilidad, la tierra. En la exposición citada la relación es digna. Sin embrago lo común en la obra de este artista es el impulso primitivo, la perfecta hechura y la elaboración y cultivo de un terreno que se nutre de su experiencia, de su visión del drama popular y de la alegoría aldeana. En la obra de Eurípides, Bacantes, o amantes de Dionisio, una de ellas, Agave, confunde a esta deidad con un león y lo mata. El vino nos hace expertos en los estados del alma, pero también nos sume en un sueño de muerte prematura, de visiones fúnebres, festivas, terrenas y mitológicas.

Son inmensas las relaciones que guarda la obra de Lezama con pintores de todas las épocas o regiones del mundo; yo pienso en El Bosco, en Goya, en Julio Ruelas y Francisco Goitia, en Agustín Arrieta, el pintor poblano del siglo XIX, quien, de otra manera, nos mostró el rostro y la vida de los personajes populares de su época. El arte pictórico de Daniel Lezama es ajeno a la moda, a la apariencia que edifica la especulación teórica o a la proclama popular ideológica. Su obra me conmueve, aunque no logre esclavizarla en conceptos. Al menos, volviendo a Wilde, el arte en este caso es menos vulgar que la realidad.

 

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