Cansancio y Metro

Guillermo Fadanelli

Los vagones en sí son ataúdes, carne atada a preguntas que jamás se hicieron, obreros de la ciudad amordazada y medrosa; cadáveres que aplauden un desfile de utopías

En las ciudades centrales de la globalización se trabaja demasiado y uno apenas si se distrae del impulso productivo. El hacerse a un lado, relajarse, vacilar, interrumpir las labores, invocar al aliento del desasosiego, son acciones extrañas e incluso mal miradas en sociedades desbocadas por el impulso ciego de rendir cada vez más en el trabajo, subir peldaños imaginarios, bromas evolutivas, alicientes para que uno no se entregue a la holganza. Cuando reflexionar acerca de la circunstancia que rodea y sitúa nuestro trabajo, rendimiento o eficacia en la producción ya no es posible, entonces se labora a ciegas, en soledad, afectado por un impulso que va más allá de la explotación y se convierte en auto explotación o esclavitud bienvenida e impuesta por uno mismo. En vista de que el pensar implica cierto conocimiento del pasado y presente, y algún vislumbre de lo que será el futuro, el ser humano incapaz de ello, ensimismado y guiado por su propio impulso ya no puede medir su rendimiento, sino a través de un agotamiento solitario, un aburrimiento del ser, un sentimiento de fracaso aceptado. El fracaso propiamente dicho no existe porque es difícil que los habitantes de las sociedades globales comprendan a profundidad qué significa el fracaso a largo plazo, y lo han reducido a representar sólo alguna falla en el rendimiento. El filósofo coreano Byung-Chul Han (a cuyos libros me ha acercado el arquitecto Eduardo Terrazas, amigo y lector esmerado de filosofía) expresa algo similar en su libro La sociedad del cansancio (Herder; 2012), e inspirado en un ensayo de Peter Handke escribe: “El exceso del aumento en el rendimiento provoca el infarto del alma. El cansancio de la sociedad del rendimiento es un cansancio a solas que aísla y divide”. En algo el filósofo coreano tiene razón: el cansancio ya no es comunal puesto que no despierta la rebelión, ni la queja pública de gravedad. Más bien invita a la resignación y a la orfandad o soledad individual que carece de voz y de relación con otras soledades.

El Metro de la Ciudad de México es una ciudad inmensa. La he habitado la mayor parte de mi vida. La detesto tanto como odio a mi propio cuerpo y a mis rodillas fisuradas por el tiempo: me pertenece y he sufrido el acaecer de sus desastres y accidentes. La antigua ciudad de ríos y canales convertida en cementerio de venas sepultadas. Sus pasajeros, podría decir, encarnan la aporía del rendimiento. Son un privilegio y también una masa ensimismada, entretenida y maltratada por las peores excrecencias de la industria de la producción y el entretenimiento. Es un acto cruel y siniestro no mantener al día su mecánica, su seguridad, ni fomentar la comodidad de sus trenes. Se engaña a sus pasajeros; deben trabajar anclados a un futuro invisible, vivir en la mentira de su libertad, ser rentables y anónimos. Los vagones en sí son ataúdes, carne atada a preguntas que jamás se hicieron, obreros de la ciudad amordazada y medrosa; cadáveres que aplauden un desfile de utopías. Y se les escatima el presupuesto, la inversión, el mantenimiento propio de cualquier máquina que debe continuar funcionando, aunque desconozca su rumbo.

Los accidentes suceden porque la suerte tiene un exabrupto, o porque la riqueza en su descuido u olvido imperdonable no pone atención en el dilema y mecanismo subterráneo. El Metro se muere todos los días; a veces de forma escandalosa, discreta en otras. La cháchara de la responsabilidad técnica, política, religiosa dará alimento a quienes, incluso ni siquiera usan el Metro, pero aquellos que sabemos de su cuerpo y no sólo de la comunicación virtual estamos al tanto de su constante derrumbe. El Metro rezuma un cansancio de solitarios, un olvido y desprecio por parte de la riqueza confortable y mimada por cualquier clase de gobierno. Tiene razón Chul Han al apuntar hacia la auto explotación, pero México todavía no encarna plenamente esa metáfora de la modernidad convertida en cansancio y rendimiento; en cambio, la pobreza, la explotación maquillada por la tecnología y la ausencia crítica es un dibujo triste de nuestra realidad. Un verdadero infarto del alma.

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