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Amantes de la oscuridad

Guillermo Fadanelli

¿No es el actual amansamiento colectivo en el mundo una llamada a concentrarse todos en una sola dirección? ¿Quién desea una vida sin examen ni conciencia?

La siguiente no es la reseña de una novela. Prefiero pensar que se trata de un acto de especulación: la manera en que las cucarachas se han adueñado del Homo sapiens después de conocerlo: “Sus deseos están muy a menudo en pugna con su inteligencia, a diferencia de nosotras, que formamos una totalidad”, expresa la cucaracha más importante, a sus compañeras, y pasa a enumerar un conjunto de rasgos que hacen de la sociedad humana un espacio habitable para ellas, las amantes de la oscuridad: “La guerra, el calentamiento global, las jerarquías inamovibles, la concentración de la riqueza, las supersticiones arraigadas, la maledicencia, las divisiones, la falta de confianza en la ciencia, en el intelecto, en los extranjeros y en la cooperación social”. “Cuando fomentan la pobreza, la suciedad y la miseria, nosotros —los insectos— nos fortalecemos”, dice la cucaracha líder respecto a los seres humanos. La novela en cuestión es La cucaracha, de Ian McEwan (autor de El Inocente, Expiación, etc...), obra en cuyas páginas el escritor lleva a cabo una parodia del populismo político. Cierta mañana, en contraste con la novela de Kafka, una cucaracha despierta convertida en un ser humano, específicamente en el primer ministro inglés, quien es un hombre “inteligente, pero de ningún modo profundo”.

No entraré en la trama del libro ni en el talento del escritor británico, a quien he leído desde hace tres décadas. El asunto que está sobre la mesa es, en realidad, el fracaso de las democracias (comprendidas como horizonte moral) y su conversión a entidades sociales pobladas de seres que, como insectos, sobreviven a costa del supuesto “progreso” de la humanidad. El dilema que ha tocado a la puerta es el de prevalecer como cucarachas o el de sobrevivir como humanos. La segunda opción es, por supuesto, la menos sencilla, puesto que la sociedad humana no se reduce a ser simple comunidad tecnológica o mercantil, sino que requiere ser tratada con una profundidad política capaz de apreciar los diversos matices que poseen sus nociones o conceptos del bien y el mal: complejidad en vez de simplismo.

A magnates superficiales como Bill Gates les parece natural y conveniente que una mañana los humanos despierten convertidos en insectos que marchan todos en una misma dirección. ¿Acaso el populismo cibernético y la supuesta adaptación a un nuevo mundo o normalidad no es garantía de supervivencia? Lo es, sobre todo, si ese nuevo mundo es creado artificialmente y sus habitantes son reducidos a operadores de máquinas o a enfermos incapaces de pensar y de verse ante el espejo como entes singulares e irrepetibles. ¿No es el actual amansamiento colectivo en el mundo una llamada a concentrarse todos en una sola dirección? ¿Quién desea una vida sin examen ni conciencia? Al menos yo no la deseo, por mucho que respete a las hormigas.

La actual contingencia sanitaria no es despreciable, como tampoco lo son el progreso de la tecnología, ni la insistencia en promover a toda costa el bien de la mayoría. Lo que, en cualquier caso, me parece sombrío hasta la médula es lo contrario: la aniquilación de los matices éticos del individuo en pos del beneficio político, del autoritarismo, o de cualquier dogmatismo moral (o populismo sanitario) que aleje la crítica y la conversación entre seres libres y pensantes. Es sólo una especulación, la mía, que toma como pretexto la novela de McEwan. Creo que las medidas fanáticas, sean estas morales o sanitarias, que se apropian del temor a la muerte para ser impuestas a los “iguales” (ley seca, cierre de negocios, determinación unilateral de conductas sociales), pueden convertir a las personas en insectos o, como en la novela citada, a las cucarachas en humanos.

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