Por Aleira Lara Galicia
Directora Ejecutiva de Greenpeace México
En un mundo en guerra adicto al petróleo, las energías renovables serán las que traigan paz y un futuro sano y justo para el planeta y los seres que lo habitamos.
La movilidad basada en autos privados, la agricultura de monocultivos, la comida rápida e industrializada están ancladas al modelo roto de combustibles fósiles. Casi todos los productos que están al alcance del consumidor están fabricados con petroquímicos y envueltos en plástico, y es aquí donde el poder los consumidores cobra relevancia. Demandar un modelo de producción distinto puede terminar con el círculo vicioso de los combustibles fósiles y los plásticos de un solo uso. El 99% del plástico se fabrica a partir de combustibles fósiles. El petróleo crudo se refina para obtener productos petroquímicos como la nafta; se craquea para obtener etileno y propileno, y se polimeriza para obtener las resinas que se convierten en botellas, empaques o ropa.
La acción ciudadana puede abrir un camino hacia un mundo verde y en paz. Las guerras del pasado y la dolorosa guerra actual de Estados Unidos-Israel contra Irán ponen de manifiesto el déjà vu de la disputa por el petróleo en donde la gente es la que pone los muertos y el planeta sus ecosistemas sumergidos en la crisis climática.
Un informe presentado por Greenpeace Alemania y Greenpeace Internacional denuncia el oportunismo de la guerra: mientras el conflicto arrasa vidas y territorios, las petroleras en toda la Unión Europea acaparan beneficios. Alemania, Francia y España encabezan la lista de ganancias extraordinarias, alimentadas por el aumento vertiginoso de los precios del combustible desde el inicio de la guerra: 81,4 millones de euros al día en beneficios adicionales, lo que representa unos 2.500 millones de euros solo en marzo.
En México no podemos ignorar los impactos del modelo energético. Es un sistema roto, sucio, obsoleto y con graves consecuencias para el medio ambiente y la salud de las personas.
Los mal llamados “accidentes” ocurridos en infraestructura de Petróleos Mexicanos (Pemex) son sucesos recurrentes, por mencionar solo los más recientes: el 5 de marzo de 2026 ocurrió un incendio por fuga de gas en el pozo Krem-1 de Pemex en Veracruz; el 17 de marzo se incendió la refinería Olmeca en Tabasco, con saldo de cinco personas fallecidas; y el 9 de abril se reportó otro incendio en la fosa de almacenamiento de coque de la misma refinería en Dos Bocas. En los primeros días de febrero, un grave derrame en el Golfo de México afectó más de 933 km de litoral, marcado por la opacidad y falta de respuesta oportuna de la institución.
La recurrencia de estas tragedias es evidencia ineludible de la urgencia de una transición a energías renovables: para democratizar el acceso a la energía, considerando que el 36.7% de la población vive en pobreza energética; y para combatir el cambio climático y reducir los impactos del petróleo, gas y carbón sobre los ecosistemas marinos y terrestres.
Resulta injustificable que el gobierno mexicano, que aún teniendo una presidenta que ha formado parte del Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), que ha hecho alertas sobre la urgencia de poner fin la explotación de combustibles fósiles, siga apostando por un modelo que nos ancla a un círculo vicioso que afecta a la gente y al planeta. La presidenta Sheinbaum ha reafirmado su apuesta por el gas fósil como pilar de su política energética, abriendo la puerta a su extracción mediante fracking, con graves impactos ambientales y en la salud advertidos contundentemente por especialistas.
La paz no es solo la ausencia de bombas, sino la posibilidad de coexistir en sistemas bioculturales sanos y justos. La energía renovable, con gestión del Estado y la participación de la gente en su generación, puede fortalecer la soberanía del país tan mencionada por el gobierno actual, así como impulsar la democratización energética.

