México, cada vez que juega, decepciona. Es triste que, a cinco meses de su Mundial, este equipo no mejore.
La Selección Nacional está estancada, transita por los mismos túneles de la ineptitud. No genera, no produce, no es capaz de llevarle el balón a sus delanteros.
Es un equipo muy echado para adelante, pone el corazón en cada jugada, pega, intimida, se golpea con el puño el pecho en el lugar donde está el escudo —como le gusta al entrenador—, se desvive por la playera y los colores patrios —esto también le encanta al actual técnico—, pero no hay nivel ni calidad de juego para realmente competir y tomar un rol protagónico en el campo.
Hoy, la Selección Mexicana es una de tantas que estará en la próxima Copa del Mundo, lo único que la distingue es tener la sede.
Cuando falta tan poco para debutar en el Mundial y, por lo que ha mostrado Javier Aguirre con sus decenas de convocados, no podemos esperar grandes cambios para el 11 de junio en el Estadio Azteca, contra Sudáfrica; sería bastante ingenuo esperarlos.
El Vasco y su gente deben aferrarse al empuje de la afición en los partidos mundialistas; ese apoyo va a ser esencial para no hacer el ridículo, porque —mágicamente— no van a encontrar todo lo que les hace falta.
Javier Aguirre no cambiará sus formas y costumbres de juego. Si no lo ha hecho en 30 años como técnico, menos ahora, pues ya no tiene tiempo para innovar.
Cargamos contra el técnico, pero los jugadores también son culpables de la situación, porque no dan para más, son limitados.
¿Quién en su sano juicio apostaría ahora por México para meterse entre los mejores ocho en la Copa del Mundo?
No, todo hace suponer que esta Selección se va a quedar corta de su gran objetivo: “La mejor en la historia de los Mundiales”.
Partido a partido, alineación tras alineación, el técnico y los futbolistas lo confirman.
El camino lleva a una gran “decepción nacional”.

