Ya sea, estimado lector, que como es probable esté usted feliz por la victoria electoral de Joe Biden y Kamala Harris o, por el contrario, con el ánimo ponchado, pues deseaba usted la reelección de Donald Trump y Mike Pence (porque todo es posible), se podrá imaginar el entusiasmo o decepción que sienten sus respectivos partidarios en los Estados Unidos de América.

Lo que tal vez no visualice usted es el profundo distanciamiento, la intensa animadversión que existe en estos momentos entre ambos bandos. Si normalmente para estas alturas del proceso electoral estadounidense hay un sector de fiesta y otro de luto, ahora tenemos a unos que festejan mientras que los otros se niegan a reconocer su victoria. Llueven insultos, agravios y acusaciones: malos perdedores, dicen unos. Tramposos, les responden. Y mientras que el abanderado de los unos aboga por el espíritu de reconciliación y unidad, el otro, desde su todavía poderoso despacho, incita al desconocimiento de lo que más enorgullece a los estadounidenses: eso que consideran su impoluta e impecable democracia.

Pero eso apenas y raspa la superficie de lo que muy probablemente sea la más profunda crisis política, social y constitucional que enfrenta la todavía más poderosa nación del mundo.

¿Cree usted que exagero?

Veamos: EU tiene un sistema político/electoral basado en la premisa de la igualdad y la independencia (dentro de la Unión) de sus entidades federativas. Como tal, cada una tiene sus propias reglas y mecanismos para llevar a cabo los procesos electorales, incluidos aquellos que son nacionales. Tienen también sus propias normas para decidir a qué candidato proponen para llegar, cada cuatro años, a la presidencia: cada estado tiene su propia delegación al Colegio Electoral, que es el que elige al ganador, ya que no es el voto popular el que lo determina.

El sistema funciona, o funcionaba, casi como relojito, incluso en aquellas ocasiones en que, como en 2000 o 2016, el ganador del voto popular no resultaba ser el que se llevaba la mayoría de los delegados al Colegio Electoral. Y es que más allá de las barrocas con frecuencia confusas normas estatales y federales, subyacía siempre un fundamento: el del que los estadounidenses llaman el Honor System, un código de conducta que parte del principio del buen ganador y, sobre todo, del buen perdedor.

En prácticamente todas sus contiendas presidenciales modernas el anuncio oficial se hace partiendo, primero, de los estimados de los medios de comunicación (que se han ido perfeccionando con el paso del tiempo) y después de la elegante y graciosa concesión del candidato o candidata que perdió. Excepción hecha de la confusión generada por el estado de Florida en el año 2000, la misma noche se da el reconocimiento de la derrota y el anuncio de la victoria y toda la tramitología se vuelve irrelevante: se cumple, pero nadie la espera.

Pero, ¿qué pasa cuando el presunto perdedor se niega a aceptar el resultado? Y ¿qué pasa cuando ese presunto perdedor es al mismo tiempo el “incumbent”, es decir el presidente en funciones?

Pues pasa lo que ahora, queridos lectores: el proceso de transición se traba: el perdedor se niega a iniciarlo y se va a tribunales. El ganador lo es para sus partidarios, para los medios, para el resto del mundo (o casi), pero no puede comenzar ni siquiera a enterarse del estado de las cosas porque el presunto vencido se rehúsa a autorizar siquiera los presupuestos para ello contemplados. Y mientras no se resuelvan los reclamos e innumerables recursos legales interpuestos, la única superpotencia sobreviviente del globo vivirá en el limbo político y jurídico. Y, con ellos, el resto del mundo.

Analista político. @gabrielguerrac

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