No existe un momento ideal para visitar Washington DC cuando tu anfitrión se llama Donald Trump y te convida a la Casa Blanca. El presidente de los Estados Unidos de América no es precisamente un hombre mesurado ni predecible, sus pronunciamientos en casi todo lo que a México respecta suelen ser ofensivos o incendiarios, y su situación actual frente a los grandes desafíos que enfrenta simultáneamente (la pandemia, la crisis económica, las protestas masivas contra el racismo institucional y sus prospectos electorales) es de extrema fragilidad.

El sentido común y la lógica indicarían que el presidente de México no debería haber aceptado la invitación de su contraparte estadounidense, pero esos dos conceptos no aplican a la relación con el presidente de la todavía nación más poderosa del mundo. Y es que Trump es impulsivo, rencoroso y dado a palabras y acciones intempestivas, pero ha establecido una relación de aparente amistad y respeto con el presidente de México. En parte por sus propios méritos y los de su Canciller, en parte por el contraste con su antecesor (a quien Trump no soportaba) y en parte por buena suerte, Andrés Manuel López Obrador puede presumir que ha logrado sobrellevar la relación más difícil y compleja con un inquilino de la Casa Blanca desde los gélidos tiempos de la desafortunada visita de James Carter a José López Portillo.

El discurso oficial y oficialista se han centrado en la importancia de la entrada en vigor del TMEC como una razón suficiente para llevar a cabo la visita. Otros aducen la importancia de la relación bilateral. Discrepo: el TMEC no requiere de esta reunión para arrancar (tanto así que el Premier canadiense, Justin Trudeau no estará presente) y la relación bilateral es igual de importante ahora que hace seis o dentro de seis meses.

Los críticos de la visita se enfocan en dos temas serios y en una sarta de superficialidades que no merecen atención: el momento electoral que vive EU (tienen razón) y las múltiples ofensas proferidas por DT a México. En este segundo punto se dividen las opiniones de varios de los críticos de la visita, entre quienes opinan que no debería ir y quienes argumentan que tendría que “decirle sus verdades” y responder con dignidad. En ese punto debo, muy a mi pesar, discrepar, pues la brutal asimetría de la relación entre México y su vecino haría casi suicida un acto de ese tipo. No lo hizo Peña, no lo hará López Obrador. Por fortuna. El heroísmo tuitero de muchos se queda, por fortuna, en eso.

No por conocido sobra recordar algunas cosas: EU es por mucho el principal socio comercial de México y su primera fuente de inversión extranjera. Las remesas que envían mexicanos trabajando allá es ya la mayor fuente de divisas para nuestro país. La economía mexicana representa menos de una décima parte de la estadounidense y muchos millones de mexicanos dependen para su subsistencia de un comercio fluido y un flujo fronterizo ininterrumpido.

Nada de eso significa que los interéses y la dignidad mexicana deban someterse a los caprichos del inquilino de la Casa Blanca, solo que en una relación tan dispareja es mucho más lo que se logra en la mesa de negociaciones y con una buena relación entre presidentes que lo que se puede alcanzar en el retorno al viejo discurso patriotero del siglo pasado. Y el que la balanza de la relación se incline tan negativamente para nuestro país no es nuevo, solo que se ha venido acentuando en los últimos años.

Son muchos y muy importantes los temas de la agenda bilateral y espero, aunque no me hago ilusiones, que algunos de ellos se aborden durante la visita del presidente de México a Washington. Más allá de lo económico y comercial, que parecería ser el foco, hay asuntos de seguridad fronteriza, migración, cooperación internacional, que merecen atención.

Es una pena que el presidente mexicano no tenga contemplado un encuentro con representantes de las comunidades de migrantes, sus paisanos. Lo es también que no vaya a tener diálogo ni con el Congreso ni con representantes de otras fuerzas políticas distintas a la de Trump. Esto nos puede costar muy caro si los resultados electorales en noviembre favorecen a los Demócratas.

Pero estamos en el ahora, y en este momento no era plausible decir que no a la invitación y mucho menos lo sería llegar envueltos en la bandera de la retórica patriotera. Es triste, pero esa es nuestra realidad.

Analista político.
@gabrielguerrac

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