Una vez que se asentaron las transiciones democráticas de fin del siglo XX comenzaron a surgir inquietudes sobre la estabilidad de las nuevas democracias, al tiempo que empezó el rumor subterráneo de fallas sustanciales en las de vieja data. En las primeras se extendió el sinsabor de los magros resultados de la gobernanza medidos contras las esperanzas desmesuradas que se depositaron en esa forma de gobierno, como si fuera una fórmula que da resultados por sí sola. Según lo registran los barómetros del temperamento público en el mundo las curvas de preferencias en pro y en contra de gobiernos democráticos o “de mano dura” se empezaron a invertir desde hace una década en favor de los segundos, en la creencia de que pueden “mejorar las cosas” que aquella no resuelve. Poco a poco, la decepción y el desapego han ido capturando el ánimo de electorados que esperaban demasiado de sus élites sin tener el talante ni los medios para sostener un edificio que inevitablemente se agrieta cuando pierde los cimientos en el ánimo compartido.

En las democracias “avanzadas”, el entusiasmo por el triunfo del capitalismo sobre el socialismo real facilitó el abandono irresponsable y facilón de las fórmulas de intervención estatal que primero habían servido para salir del colapso de los años treinta, que luego hicieron posible (a duras penas) la derrota del fascismo y después sirvieron para hacer la vida menos insatisfactoria en el capitalismo que en el socialismo. Una vez que este último fracasó en su intento de reforma, las élites se desbocaron en pos la ilusión del predominio del mercado.
En donde se llevó al extremo, ese último produjo una polarización económica jamás vista que redujo los márgenes de la acción pública para hacer frente a las carencias de las mayorías. El descontento larvado en este caldo de cultivo fue expresado por todos los medios: manifestaciones, revueltas, organización social, actos disruptivos y vandálicos, crítica política, y un raudal de expresiones que exhibieron los malestares de un mundo con girones intolerables de pobreza y desigualdad en una espiral de reclamos que se toparon mayormente con la intolerancia del poder y la complicidad o la impotencia de quienes se ofrecían como remedios.

Si asumimos que las decisiones electorales recientes de la ciudadanía a favor de alternativas populistas o francamente autoritarias se originaron en las formas de gobernar, que se identificaron como la causa de los males, no podemos llamarnos a engaño. Retrocesos democráticos como los encarnados en los populismos son el resultado perverso de una combinación de mayorías conversas y personajes que ofrecen redención; nuevas fórmulas mágicas del viejo mecanismo que consiste en depositar el poder y la esperanza en un líder carismático al que se hace presidente, y que lleva tras de sí un respaldo popular implícito o explicito para hacerlo todo sin la concurrencia de los órganos representativos del Estado.

Los comentaristas de este fenómeno suelen fijarse o muy poco o demasiado en una de las raíces del problema: el malestar social del que no pudieron encargarse las instituciones representativas. Su mal diseño, la pereza e incompetencia de sus operadores y funcionarios y el ataque deliberado a la democracia. Sin embargo, en ese malestar hay una incógnita por despejar: ¿por qué en una época en que la sociedad se muestra efervescente, inquieta, intolerante y aguerrida frente a los numerosos disgustos que la aquejan ocurre también que la carga de la responsabilidad de hacerles frente se desplaza hacia los otros? ¿Por qué los grupos de la sociedad que conforman esas mayorías prefieren culpar a las élites que voltear sobre sí mismas? Hay algo más profundo que la podredumbre de los políticos y que concierne a una sociedad que no quiere mirarse en el espejo. Para decirlo con los clásicos, si la democracia perdura es porque la gente la acepta, la sostiene y esta dispuesta a sacrificarse por cumplir con su finalidad: la buena gobernanza. Tengo para mi que estas tres condiciones huyeron de la escena pública y que solo su regreso apartará los nubarrones. La degradación populista es el síntoma, pero nunca será el remedio.

Académico de la UNAM. @pacovaldesu

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