4T: ¿fin de la cleptocracia?

Francisco Valdés Ugalde

En la más reciente encuesta de Buendía y Laredo la calificación al Presidente por el combate a la corrupción aparece declinando agudamente

En la más reciente encuesta de Buendía y Laredo la calificación al Presidente por el combate a la corrupción aparece declinando agudamente (https://bit.ly/2TEf749). Pasó de un diez por ciento que hace un año consideraba que el combate a la corrupción era lo que mejor AMLO había hecho, al mes pasado en que ese porcentaje de creyentes cayó a la mitad, o sea, al cinco por ciento. Claro que esto significa solamente que muy pocos consideran que el combate a la corrupción haya sido lo mejor que el gobierno haya hecho. El Barómetro Internacional de la Corrupción 2019 consigna que el 61 por ciento opina que el gobierno está “haciendo un buen trabajo” (https://bit.ly/2wBXaLs). Erradicar la corrupción fue una de las principales medidas prometidas por AMLO en su campaña electoral y uno de los motivos por los que levantó tanta esperanza. La corrupción y la impunidad son dos de los más importantes problemas percibidos por los mexicanos después de la inseguridad. También fue uno de los motivos de ambigüedad al arrancar su gobierno hace más de un año. Cuando dijo que no emprendería investigaciones sobre gobiernos previos, a excepción de las investigaciones ya iniciadas quedó en entredicho su compromiso. El contraste entre ambos datos y dichos es elocuente.

Sin embargo, las acciones anticorrupción han sido calificadas como “un arranque imponente” por algunos medios como Forbes (https://bit.ly/3asJ3H4). Ataque al robo de combustible, reformas de prisión preventiva y extinción de dominio, encarcelamiento de la ex secretaria de desarrollo social y persecución del exdirector de Pemex; congelamiento de las compras de medicamentos para eliminar supuestas redes de corrupción y un discurso presidencial que insiste machaconamente que “no somos iguales” y que con su gobierno “se acabó la corrupción”. Estas parecen ser buenas noticias para el país, y el presidente podrá tener en estas acciones un banco de popularidad inagotable. Si agarra un pez gordo al mes, la pesca se puede prolongar indefinidamente.

Pero también hay motivos para el pesimismo. La centralización de las decisiones en un solo hombre es una de las pautas de trabajo del presidente. Es un secreto a voces que nada importante se hace sin su aprobación y que cada vez hay más miembros del gabinete que se convierten en floreros. Es público y notorio que en vez de continuar impulsando y completando el Sistema Nacional Anticorrupción, el gobierno tomó en sus manos el tema con tres instrumentos principales: la FGR, la UIF y la SFP. Salvo la primera que ahora es “autónoma,” aunque su independencia aún está por demostrarse, las mejores “garras” del ejecutivo son la UIF y la SFP pero, ojo: ambas dependen directamente del presidente. Lo único que las protege de la complicidad con la corrupción es lo que disponga el titular del Ejecutivo.

Sabemos que en México la corrupción es sistémica, por eso existe una cleptocracia formada durante varios siglos. Por mucha voluntad política que haya, el gozo se puede ir al pozo si no se refleja en medidas también sistémicas; en anticuerpos incorporados al régimen real de poder. Qué diferencia marcará la 4T con el pasado si todo va a depender de la voluntad y caprichos de quien ocupe la silla del águila. Aquí y ahora, si no se avanza en la consolidación de un sistema anticorrupción, la podrida estructura del régimen seguirá garantizando la impunidad. Lamentablemente, la desconfianza hacia las “instituciones” justifica la duda razonable de que el jefe del Estado cree más en milagros que en realidades y, de ser así, me temo que la historia le dará un gran mentís y a México otra decepción.
 

Académico de la UNAM.
@pacovaldesu

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