Recuerdo como si fuera ayer cuando mi maestra de musicoterapia y meditación me habló de la posibilidad que tenemos de conectarnos con nosotros mismos hasta lavando los trastes.

“Ese pretexto de que el tiempo no nos alcanza, para justificar que somos unos auténticos desapegados y nunca dedicar un tiempo a hacer contacto, es la más grande de todas las falacias. Si nos permitimos fluir con la corriente del agua y nos entregamos a los círculos que tallamos en los platos sucios, donde explosionan las pequeñísimas pompas de jabón, ahí hay una puerta... ¿A quién le ha pasado?, ¿quién ha entrado de ese modo a sí mismo?”.

La charla vino a mi mente cuando una queridísima compañera de mi equipo de atletismo nos confesó a mi entrenador y a mí que su marido ya no meditaba y que su genio cada vez estaba peor.

“Él me responde que para eso corre, que así saca tanta cosa y de ese modo se reconecta. Pero yo cada día lo veo hecho más un energúmeno. Qué ocurrencia eso de que medita mientras corre, ¿no, coach?”, le preguntó.

“Difiero —le respondió contundente y empezó a platicarle lo que, a su vez, alguna ocasión le explicó su propia maestra, que nunca nos aclaró si le ayudaba a ser mejor persona o atleta, aunque quizá ambas, pues son dos prácticas que van de la mano—. Ella alguna vez me dijo que, en el mismísimo oriente, a veces se considera más importante la forma que el fondo, en la búsqueda del estado zen”.

En eso, pasó corriendo —a medio entrenamiento— otro compañero del equipo y el entrenador enseguida concentró su atención en él.

“Por ejemplo, mírenlo —enfatizó y lo apuntó con su mirada—, él ya se metió, está ahí dentro”.

Cualquier extraño que lo hubiera oído de refilón, habría dicho que estaba loco, pero bastaba con poner un poco de atención para entender que era cierto: El tipo, nuestro compañero corredor, se había metido en una especie de túnel, avanzaba a su ritmo, constante y continuo, entregado a la respiración, a la zancada, al tiempo, a una cadencia que, más allá de artística, hasta parecía sagrada.

“Es ese estado en el que entras cuando estás entregado, ya sea al movimiento, a lo que amas, al silencio o —incluso— a una pausa”, pensé, y hasta llegué a compararlo con el instante donde te metes en otra persona y los dos se vuelven uno, nada más que, a solas, en lo tuyo, trata de la integración con la nada y el todo.

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