Hasta hace poco, sonaba muy romántico escuchar que el aire que respiramos entró antes en los pulmones de alguien más, y que fue exhalado para viajar miles de kilómetros de distancia —incluso a través del tiempo— o desde casa de nuestros vecinos, para luego introducirse de una bocanada en nuestro sistema respiratorio.
De adolescente, me inspiraba saber que podía aspirar el aliento de la persona que me gustaba; no importaba si lo hacía con la imaginación. Hoy, las cosas son diferentes: La gente se esquiva en los caminos. Los corredores cambian de banqueta, y los que se ven obligados a pasar al lado de otro se tapan las narices para no compartir oxígeno.
Y es normal, después de todo lo que estamos viviendo, del bombardeo informativo y —sobre todo— de lo que desconocemos. Porque, seamos sinceros, nadie sabe nada sobre el virus.
Que si resiste cuántas horas en las superficies, que si a quien le dio se vuelve o no inmune, o que si se contagia por el aire o en las albercas.
Pero esa sensación de que el aire está envenenado no se percibe en todos lados. En la playa La Saladita, ubicada en la costa guerrerense, la máxima de que “en el mar la vida es más sabrosa” —convertida en canción por la Sonora Matancera—, aún persiste.
En este pequeño santuario de la tortuga marina, y del surf para principiantes, no se ve a nadie con tapabocas. Bajó la afluencia de visitantes, sí, pero los hay.
Los surferos
chocan las manos, comparten los cigarros y seguro vive por ahí algún despistado, ni enterado de lo que ocurre. La pandemia, como sucede con las noticias en La Saladita, tardará en llegar.
Pero lo hará, igual que esas olas aparentemente pequeñas que rompen de lado con una fuerza a veces casi invisible, aunque capaz de llevar a los aprendices del surf desde la mitad de la bahía hasta la rocosa orilla, donde —de repente— se escucha una que otra pieza de los Beach Boys, representantes supremos de la música del mar, el sol y las tablas.
La enfermedad de 2020 se vive distinto en cada ser humano, en cada casa y cada comunidad. En ciertos lugares, se esparce rápido y acelera a las personas.
En otros, las cosas transcurren lentas, tanto que no es necesario detenerse a pensar si el aire que respiramos contiene partículas de Julieta, de Einstein, de Buddha o de Brian Wilson y sus Good Vibrations: “I'm pickin' up good vibrations. She's giving me excitations (Oom bop bop)”.
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