El clamor del Nemzeti Atlétikai Központ, estadio donde se celebra el Campeonato Mundial de Atletismo 2023, en Budapest, Hungría, no es muy distinto al suscitado en el Estadio Jesús Martínez Palillo, en la Magdalena Mixhuca de la Ciudad de México, donde —al mismo tiempo— ha tenido lugar el Abierto Warrior de Para Atletismo.

Si bien, el primero se encuentra a las orillas del esplendoroso Río Danubio, y el segundo a un costado de Río Churubusco, en ambos estadios, el público anima a los corredores de igual manera: con gritos vehementes que impulsarían a cualquiera.

La diferencia es que, en el Palillo, algunos de los atletas no escuchan esa algarabía ni sus nombres pronunciados a todo pulmón desde la grada, pues en esta justa —igualmente internacional— compiten deportistas sordos, mudos, ciegos, débiles visuales, con Síndrome de Down, parálisis cerebral, amputados y con movilidad limitada.

Entre el público, también hay invidentes, los cuales podría parecer que van exclusivamente a acompañar a los suyos, pero no.

“Vengo a ver lo que no puedo ver”, me cuenta mi esposa que dijo uno de ellos, al lado suyo, en una de las competencias del domingo. Yo no estuve ahí, pero ella nos narró con detalle a mis hijos y a mí lo que tuvo el privilegio de presenciar: verdaderas hazañas, inexplicables proezas, milagros.

Cuando Sifan Hassan cayó a escasos metros de la meta en la final de los 10 mil metros femeniles, casi simultáneamente, a 10 mil kilómetros de distancia, un corredor ciego y su guía tropezaron. Los reflectores y las cámaras de televisión enfocaban a la estrella del atletismo de mujeres de Países Bajos, mientras —a la sombra de lo desapercibido— ellos trataban de levantarse ante la confusión de quienes no distinguían lo ocurrido en la pista del Estadio Palillo.

En ese lado oscuro de nuestro mundo, es difícil apreciar las epopeyas.

A veces, ni sus protagonistas alcanzan a percatarse de sus gestas y prefieren ser más bien irónicos: “¡Córrele, Vicente, que no te veo!”, animaba el mismo de la frase profunda a su amigo, que corría con lentes a la Ray Charles.

No me imagino cómo describirles el tono arcilloso de ese tartán que los vuelve felices, pero me consuela saber que la emoción es incolora y que ellos, de cierto modo, están acostumbrados a lo indescriptible.

Lo que me sorprende es que todos, incluso los que nunca han visto nada, volteamos al suelo cuando perdemos, y festejamos con los brazos en alto si ganamos, como si alguien nos lo hubiera enseñado.

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