El 12 de junio de 2026, Elon Musk levantó, en un solo día y tras una colocación bursátil, 75 mil millones de dólares para su empresa SpaceX. Con ello, la compañía alcanzó una valuación cercana a los 2.8 billones de dólares.
¿Qué significa esto?
México recibió 23,591 millones de dólares de inversión extranjera durante todo 2025. De ellos, solo 1,705 millones —el 7.2%— correspondieron a nuevas inversiones. Es decir: una empresa recibió 44 veces más inversión en un día que México en todo un año.
Hay más: una sola empresa vale más que todo lo que produce la economía mexicana en un año. SpaceX está valuada en 2.8 billones de dólares; el PIB de México ronda los 2.2 billones.
¿Por qué?
Por una percepción de futuro.
Nadie cree que SpaceX valga hoy más que la economía mexicana. Lo que creen es que llegará a valerlo. Y esa es la apuesta.
Elon Musk visualiza que el futuro de la humanidad estará, literalmente, fuera de este mundo. Es una visión revolucionaria, intrépida y atractiva. Pero no es una locura. Musk ha ido convirtiendo en realidad muchos de sus proyectos: de la electromovilidad a la movilidad autónoma; de una red de más de 10 mil satélites que proveen internet desde el espacio a desarrollos en energías renovables, robótica e implantes cerebrales.
Ahora ha diseñado los primeros cohetes espaciales reutilizables, cambiando la lógica de toda la industria aeroespacial.
Apuesta por colonizar Marte y fundar una ciudad auto creciente. Ve una humanidad interplanetaria.
Y los inversionistas le creen a esa visión de futuro.
En contraste, México está invirtiendo masivamente en trenes y refinación. Son proyectos del siglo XIX. El país no tiene un proyecto serio para impulsar la inteligencia artificial, la biotecnología o la robótica. La electromovilidad se resume en Olinia: ese es el tamaño de nuestra ambición. No hay mucho más que agregar.
Dejemos de lado, por un momento, la destrucción institucional, el deterioro del Estado de derecho, la corrupción, la violencia y la cada vez más frágil gobernabilidad.
Tenemos una grave carencia de visión y de aspiración.
Ser un país influyente requiere una condición previa: querer serlo.
México está sumido en el conformismo, en la nostalgia del pasado y en el encono estéril de un presente que nos consume.
SpaceX es un mirador. México, un museo.
El dinero busca dinero. Lo que ocurrió el 12 de junio fue la convicción colectiva de que habrá retornos de inversión importantes. Que vale la pena invertir y esperar. Es decir, que hay confianza.
México también ha ido perdiendo seriedad y credibilidad. Salvo quienes ya estamos aquí, no son muchos los que quieren seguir poniendo sus fichas sobre el lienzo tricolor.
Las políticas públicas mexicanas actuales —desde 2018— son tan anquilosadas que, si estuviéramos en 1492, hubiéramos rechazado el viaje en las tres carabelas de Colón y nos habríamos empeñado en reconstruir —y perpetuar— el oscurantismo.
@fvazquezrig

