El pasado 7 de agosto asumió como presidente de Colombia Abelardo de la Espriella, un millonario abogado caribeño cuya vida ha transcurrido entre lujos y excesos, y en donde su fortuna está fuertemente ligada a la defensa de clientes vinculados a grupos paramilitares, políticos muy cuestionados y personajes involucrados en grandes escándalos de corrupción. Ha tenido que enfrentar diferentes acusaciones de organizaciones por persecución a esos medios que han denunciado muchas de sus acciones como abogado.
Su proceso electoral comenzó con un fuerte cuestionamiento desde diversos actores políticos, quienes señalaron que una gran parte de las firmas con las que inscribió su candidatura no fueron auditadas por la Registraduría, que, dicho sea de paso, el titular de este órgano electoral era un férreo opositor del presidente en turno, Gustavo Petro. Inició su campaña con un discurso violento, lleno de odio, mentiras y miedo, contando con el apoyo de todas las élites económicas y políticas del poder colombiano, así como del gobierno americano, el más interesado en su triunfo. Con alusiones como la de “destripar a la izquierda”, asumiendo intrínsecamente la validación de la eliminación física de la oposición, así como la supuesta defensa de la Patria acabando con la violencia con la fuerza militar, e incluso por encima de la ley, fueron narrativas que validaron una parte de la población, que inconforme con el gobierno en turno terminó dándole su apoyo.
Fue una elección marcada por graves denuncias de fraude desde la presidencia y distintos sectores. El hecho de que la Registraduría contratara un software electoral con los hermanos Bautista, curiosamente los mismos a quien el presidente Petro les quitó el multimillonario contrato de pasaportes, y que dicho software no tuviese ningún tipo de validación técnica, claro que deja serias dudas. No se debe olvidar además que estos señores en los años 80 fueron procesados penalmente en Estados Unidos por una estafa a 25 bancos. A las anteriores quejas se suma la falta de mecanismos de protección de las actas electorales emitidas en formato pdf.
“Haiga sido como haiga sido”, diría un expresidente mexicano; lo cierto es que por una diferencia menor al uno por ciento, de la Espriella se posesionó como presidente, y en su investidura, con toda la presencia de la nueva extrema derecha latinoamericana, habló en un tono con fuerte sesgo religioso de lo que hará su gobierno, sustentando políticas e ideas del siglo XIX.
Habló del fin del diálogo, lo que implica más violencia, como si no fuera suficiente la que hay y el fracaso que han demostrado este tipo de prácticas, al igual que pasó por alto lo que dice la ley de orden público, instrumento jurídico para gestionar negociaciones de paz; habló de construir megacárceles, desconociendo que no se hacen de un día para otro, que pueden tomar hasta 4 años, es decir cuando ya no esté en el gobierno, las que además requieren mucho presupuesto y siempre terminan en corrupción. Mencionó la garantía judicial para que no sean perseguidas las fuerzas militares, lo que implicaría una mayor impunidad en su ejercicio, como ya vimos con Álvaro Uribe y los falsos positivos. Implicará por tanto mayor violación de derechos humanos y de acuerdos internacionales. Olvida que esa decisión requiere un nuevo marco jurídico que reforme la justicia penal militar y el marco de seguridad jurídica para los militares; propuso una reforma fiscal que parte de la premisa de que los ricos no la pagarán, quedando esa obligación a las clases medias y pobres, con ello más pobreza y desigualdad, y es de preverse mayores movilizaciones y conflicto social; propuso una reforma cultural que no es otra cosa sino afectar los derechos de las mujeres, minorías étnicas y población LGBTIQ+, además de que se busca desde la escuela vender otra idea de patria, de historia, ahora desde los intereses de los sectores ricos y conservadores; como la mayor parte de los presidentes latinoamericanos actuales, mostró una sumisión total a los intereses de Estados Unidos a través del vínculo al grupo del Escudo de las Américas.
En Colombia hay un nuevo presidente con ideas políticas de hace dos siglos, que habla de la Patria Milagro, como quien dice que Dios resolverá los problemas, que sostiene que la fuerza militar solucionará la violencia que han creado por décadas los gobiernos, que cree en un gobierno para los ricos a costa de los pobres. Alguien que, como él, siempre ha usado las leyes a su favor para sus negocios y sus amigos gobernará un país en donde, ya iniciando, una tragedia de la naturaleza muestra que hay que empezar desde abajo para construir un nuevo país.
Investigador CIALC-UNAM
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